Imbéciles

EL BLOC DEL CARTERO

Uno de nuestros lectores pone el dedo en una incómoda llaga: para demasiados de nuestros conciudadanos, comportarse con honestidad, entendiendo por esta cumplir con las propias obligaciones, actuar con transparencia y asumir las cargas que la ley y la vida en sociedad nos imponen, es lisa y llanamente ser un imbécil. Los innumerables beneficios y oportunidades concedidos a quienes, por el contrario, optan por la deshonestidad, ya sea desatendiendo sus deberes, ya engañando y defraudando la confianza recibida, conducen a muchos a creer que esa es la senda de la astucia y aun la de la inteligencia. Pero la sociedad que opta por premiar al deshonesto, dejando sin oportunidades a quien las merece, peca de imbecilidad ella misma. De esos absurdos polvos, estos feos lodos.


La carta de la semana

Dejar de cazar Pokémons

Son las 20.30 en el Reino Unido. Acabo de hablar por teléfono con mi hija, la noto desanimada. Todo el día en el laboratorio y aún le queda más de una hora de trabajo. Está cansada, añora a su familia, su tierra, su sol; allí siempre llueve. Tras obtener la licenciatura de Biotecnología en la Universidad de Valencia y hacer un máster, completa su formación, doctorándose en la Universidad de Cambridge. Aún no había cumplido 18 años cuando debió irse para estudiar fuera. Horas y esfuerzo con las pestañas pegadas a los libros, noches de estudio, no de fi esta; esfuerzo también de su familia para pagar su estancia fuera, apoyándola en los momentos de desánimo, muchos, sin un futuro claro: eso es aquí la investigación. Y en esas estaba cuando veo en la televisión a un chaval español que ostenta el dudoso honor de poseer el récord mundial como cazador de Pokémons, merecedor por ello de un espacio en todos los noticiarios, entrevistado como un héroe tras una labor ardua cuando su hazaña ha sido pasarse el día sin pegar chapa, jugando con un teléfono. Es hora de fomentar valores, de alentar a una juventud desmotivada con tanta injusticia y de dejar de una vez de cazar Pokémons. Cristina Carmona Sierra (Alicante) 

Por qué la he premiado… Por ayudarnos a iluminar ese ángulo oscuro donde, a menudo, olvidada, como cantaba el poeta, se halla el arpa


A continuación el resto de cartas de la semana.

Una oportunidad

Un calor horrible cae en la calle. Un chico camina cabizbajo con varios folios grapados bajo el brazo. Logro ver a duras penas la palabra ‘graduado’. Me imagino a ese joven en su casa, aguantando el sermón de su padre: «Estudia, hijo, que así mañana podrás ser alguien». ¿Cuántos graduados, técnicos superiores, maestros o incluso próximos premios Pulitzer estarán ahora siendo camareros en el chiringuito de playa donde usted está con su familia o sirviendo comida basura? ¿Cuánto futuro estaremos desaprovechando porque no nos dan la oportunidad de trabajar en lo que queremos? No, la culpa no es nuestra, ni me voy a molestar en buscar algún autor. Los jóvenes no queremos unas terceras elecciones para escuchar que hace falta repetirlas. Queremos poder por fin decir: soy lo que un día quise ser. Queremos una oportunidad. Jaime Vela Porrero (Málaga)


La próstata de Kalinin

En su libro La fiesta de la insignifi cancia, Milan Kundera cuenta una sabrosa anécdota sobre Mijaíl Kalinin, que llegó a presidente del Sóviet Supremo de la antigua URSS en tiempos de Stalin. Como a muchos, la próstata de Kalinin lo obligaba a ir frecuentemente al baño. A veces llegaba a interrumpir un discurso, para volver con nuevos bríos tras evacuar. Sin embargo, no se atrevía a hacerlo si el que hablaba era Stalin, que conocía su problema y se regocijaba viéndolo palidecer, y proseguía su parloteo hasta que la tensión en la cara del viejo bolchevique se convertía en expresión de alivio. Para entonces, Kalinin ya había mojado sus pantalones. Esta podría ser la metáfora de la relación del PP y el PSOE. Sánchez busca a un Rajoy nervioso, contraído, tenso. El resultado de la votación en la primera sesión de investidura sería, para el líder socialista, el lamparón que quieren ver en los pantalones del candidato. Es posible que en la segunda votación la abstención devuelva momentáneamente el alivio al rostro de Rajoy. Mientras tanto, los demás asistimos atónitos a esta fiesta nada insignificante, deseando que acabe esta función en la que uno de los actores se frotará las manos, satisfecho, y el otro, pasado el mal trago, sufrirá retortijones a lo largo de la legislatura, ocupado en ver quién le ayuda a ponerse una sonda. Antonio López López (Murcia)


Felicidades, Artur

Hace tiempo que quería felicitar al expresident Artur Mas, autoproclamado «el Luther King o el Gandhi catalán», por el trabajo realizado como president de Cataluña y ahora como líder de no sé qué partido político (antes CDC). Te felicito porque, por real decreto, nos has cambiado la bandera catalana por una con una estrella y un triángulo que a la mayoría ni nos gusta ni nos representa ni la hemos pedido; porque has conseguido dividir al pueblo catalán por tus ansias de protagonismo con la independencia; porque te has cargado el CDC, un partido de gente del centroderecha catalán, empresarios, autónomos, profesionales liberales y trabajadores cuya única aspiración era que Cataluña prosperara a todos los niveles. Te felicito porque ignoras las resoluciones del Tribunal Constitucional, pero cuando te dejan sin grupo, en el Senado y en el Congreso españoles, recurres a él para ver qué te pueden resolver; porque has dejado una Sanidad de pena; porque has dejado una enseñanza sin recursos y con unas tasas universitarias imposibles de pagar. Haznos un favor, retírate de la política, que tienes sueldo vitalicio, coche oficial y todas las prebendas imaginables. Deja que otros arreglen tu ‘buen hacer’. Agustín Bessa Gaspar (Tarragona)


Los guerrilleros de nuestra sociedad

Hace unos días, de viaje para ver a unos amigos en la Alpujarra, oía en la radio a un famoso periodista experto en política y escritor al que entrevistaban a raíz de la publicación de una novela histórica sobre la vida de los maquis en España. Me llamó la atención por una pregunta que le hizo el entrevistador. Oyendo la respuesta me quedé verdaderamente apesadumbrado y pensativo. La pregunta fue: «¿Me puede decir cuáles son hoy los guerrilleros de nuestra sociedad?». El escritor respondió: «Las personas honestas que luchan diariamente por la verdad y la justicia». ¿Qué ha pasado con nuestra sociedad? ¿Por qué estamos aniquilando los verdaderos valores que consiguieron millones de personas con sus muertes? Las palabras perdiéronse, los diálogos son confusos debido al clamor de las pasiones instigadas… Los impugnadores de la democracia consienten que los derechos humanos sean para los criminales y ladrones y los deberes ilimitados solo para los ciudadanos honrados. Hoy, la actuación honesta, como pagar puntualmente las deudas, es cosa de imbéciles, pero no lo es la amnistía para los estafadores. Hay que encontrar de nuevo la honestidad. Rechazar la falta de ética y de respeto a los demás. Esto realmente sí sería entonces una democracia, y para conseguirlo necesitamos cultura, cultura y más cultura. José Ramón Talero


Los ‘cuantos’ positivos

Al oír que Mireia Belmonte obtuvo la primera medalla olímpica en natación para España en Río sentí por fi n una alegría estival. Me recordó el artículo de Carmen Posadas del 31 de julio sobre la importancia que damos a las cifras más materialistas. Los ‘cuantos’, según El Principito de Saint-Exupéry. En este caso, los dígitos del medallero olímpico patrio deberían ser muy tenidos en cuenta al equilibrar la balanza deficitaria de éxitos reinantes. Máxime cuando, detrás de esas medallas, hay un sinfín de brazadas, canastas, pedaleos, sesiones de gimnasio, series y horas de callado entrenamiento. La pasión, sacrificio y paciencia de nuestros atletas, lo mejor de nuestra sociedad, son un ejemplo de actitud ante la vida. Una sociedad que necesita de esa vitalidad para poner rumbo a buen puerto y, con propulsión natatoria olímpica, abandonar la deriva a la que vamos. Si no, que llamen a Mireia. Adela Dehesa Sánchez (Sevilla)


Cartas

Hay un número nada desdeñable de españoles, la mayoría de entre 30 y 40 años, cuyo resentimiento social es fácilmente manipulable. Basta con decirles que, cuando se repartieron las cartas de la partida de la vida, la mano que repartía fue injusta con ellos, y que ahora se trata de romper la baraja y volver a repartir, con la promesa de que ahora sí les tocarán los triunfos. Pero estos españoles no tuvieron mejor ni peor mano que otros de su edad; es solo que no supieron jugarla, quizá por la negligencia de quienes debían enseñarles. El resentimiento se extiende así hasta los españoles de entre 50 y 60 años, que, incapaces de aceptar su fracaso pedagógico, culpan de él a los políticos o a la sociedad. Existen, sin duda, casos de falta de oportunidades, pero que quienes en su día se esforzaron para labrarse un futuro tengan hoy mejores expectativas que quienes no lo hicieron no es una cuestión de suerte, sino de justa lógica. Y que quienes en su día descuidaron su tarea educadora perseveren en su error, no ayudará a sus hijos y perjudicará a sus nietos. Serafín Alcázar Cuesta (Ciudad Real)