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EL BLOC DEL CARTERO

El clamor llega una y otra vez a nuestro buzón, pero, vista la contumacia con que se ignora, damos nuevamente voz a quienes denuncian la hipoteca que sobre nuestro futuro impone el abandono de la investigación. Menos investigación supone menos desarrollo, menos riqueza y mayor dependencia (tecnológica, económica, intelectual y de toda índole) de aquellos que sí continúan apostando por innovar y que, ante nuestro desdén suicida, importan nuestro talento para explotarlo en su beneficio. Mucho hace ya del unamuniano y desafortunado «que inventen ellos» y, sin embargo, diríase que seguimos aquejados de la misma ceguera. Es una asignatura pendiente para los poderes públicos, pero también para el conjunto de una sociedad que, desde antiguo, se inclina por menospreciar la invención.

LA CARTA DE LA SEMANA

Los que fuimos investigadores

Soy de los licenciados en los primeros años de la década de 2000 y, como muchos compañeros, me dediqué a la investigación; dedicación, sobre todo, vocacional. Por entonces, la crisis no había llegado y había muchos grupos de investigación en nuestras universidades. Las becas podían alcanzar los mil euros, un sueldo hoy ‘digno’, pero en aquellos años no nos sentíamos del todo bien pagadas, considerando las horas que echábamos en los laboratorios. Con la crisis llegaron los recortes en I+D. desde 2009 se ha reducido un tercio la inversión. Para seguir investigando, había que irse de España. Los que se quedaron, o tenían ‘padrino’ o malvivían. Y los que intentamos entrar en el mercado laboral ‘descubrimos’ que, pese a haber trabajado años en laboratorios, no teníamos experiencia laboral. Los investigadores españoles han sido unos de los grandes damnificados de la crisis. Viendo que hay correlación positiva entre el gasto en I+D y el desarrollo económico, la solución a nuestra situación es más que clara. Y a todos mis compañeros investigadores, ¡suerte!
María Hermoso de Mendoza García. Cáceres

Por qué la he premiado… Por ofrecer un testimonio directo de este que viene a ser uno de nuestros más funestos e incomprensibles retrocesos.


A continuación el resto de las cartas de la semana.

Indefensión

Soy un jubilado de 92 años que cobra 635 euros de pensión. En mayo tuve un cargo inesperado en el banco de 251 euros; resultó ser de un impuesto de circulación que había mandado la Diputación de Valencia, de dos coches que no tengo; intenté aclarar el error en la Diputación y, tras más de media hora de espera telefónica, se me dijo que debía ir personalmente. Fue mi yerno. Vieron que en efecto había un error de ellos. Todos podemos cometerlos, pero -y esto es lo que me indigna- nos dijeron que pueden tardar seis meses en devolverme el dinero. ¿Cómo estamos tan indefensos? ¿No es esto un robo legal y un abuso absoluto de poder por parte de quien debería dar ejemplo de justicia? Victoriano Torres García. L Eliana (Valencia)


 Los ‘correbous’

Las declaraciones a favor de los animales de ERC o Convergència de los pasados días son un ejemplo de hipocresía. Estos fervientes defensores de los derechos de los animales son los mismos que blindaron los correbous en el sur de Cataluña para no perder votos. En la ley que aprobaron los alaban como «un evento extraordinario, propio de las raíces más profundas de Cataluña» y que genera un patrimonio «inconmensurable». ¿Un toro atado con cuerdas o con bolas de fuego sobre su cabeza es algo inconmensurable? Creía que era maltrato animal. Con el agravante de que, a diferencia del toreo, en los correbous no se respetan reglas. Hay menores, falta de estructuras, se lanzan piedras y, encima, al no morir, los toros repiten una y otra vez la experiencia «inconmensurable», aumentando su sufrimiento. Francisco Gombau (Gerona)


La resurrección de la carne

Recuerdo cuando las cosas eran como la Iglesia quería; nadie lo ponía en duda; era cuestión de fe, de la que el país y yo íbamos sobrados. Éramos católicos, apostólicos y romanos; a nadie extrañaba. Después el mundo evolucionó, la medicina avanzó, este país dejó la Edad Media y muchos empezaron a pensar por su cuenta. Pero la Iglesia permaneció inamovible, dejando que el tiempo la dejase cada vez más alejada de la gente. Un país con una tasa de divorcios del 61 por ciento difícilmente puede comulgar (nunca mejor dicho) con la normativa eclesiástica. Parecía que el nuevo Papa traería frescura a los rancios salones vaticanos. Por eso sorprende la nueva normativa retrógrada sobre la cremación y la conservación de las cenizas de nuestros seres queridos. Lo peor no es que prohíban, sino que traten de explicarlo con teorías basadas en la resurrección de la carne. Leonardo Martínez Expósito (Zaragoza)


Perdemos todos

Muchos jóvenes dicen: «Tenemos carrera y máster y somos becarios». Es cierto: disponemos de la juventud más preparada de la historia y, a la vez, la que tiene menos futuro. Tenemos unos jóvenes científicos excelentes que deben ir al extranjero para tener la oportunidad de desarrollar su trabajo y conseguir los éxitos que aquí no pueden por falta de financiación. En vez de invertir en I + D, nuestro Gobierno hace todo lo contrario, con la consecuente pérdida de grandes talentos. La universidad debe verse como una inversión, no como un gasto. Si la formación pierde calidad, también la perderán la innovación tecnológica y la científica. Sin conocimiento perderemos un arma necesaria para salir de la crisis. No perderá solo la universidad, sino todos. Como dice un rector de una universidad pública: «Dos años de retroceso son veinte de recuperación». Arturo Reyes Martínez (Barcelona)


El círculo de los ‘sapiens’

Hace miles de años, el Homo sapiens partió de África empujado por el instinto de supervivencia. Sufrió innumerables bajas, pero siguió adelante. Ni el viento helador ni el infierno del desierto lo detuvieron. Triunfó porque supo adaptarse. Conquistó la Tierra. Hoy otros Homo sapiens huyen de su hogar impelidos por la misma necesidad. Pero los riscos más inexpugnables son ahora de fino papel
-donde se escriben las leyes que frenan su camino- y los abismos más tenebrosos se esconden tras el miedo que alimentan la intolerancia y la xenofobia. Pese a quienes los condenan a morir o los confinan en míseros campamentos, están destinados a volver a triunfar porque son adaptables; completarán el círculo y crearán así un nuevo mundo de Homo sapiens. Esmeralda Ayape Zaratiegui (Pamplona)