Juventud

EL BLOC DEL CARTERO

Se duele un profesor de la abulia y la inercia que padecen sus jóvenes alumnos de dieciocho años, que contrasta con el empuje y la ilusión de los jubilados a los que también imparte clases. Se pregunta si los primeros reúnen aquellos rasgos que desde siempre se asociaron a la juventud, y si los segundos, pese a las vueltas dadas al calendario, pueden considerarse representativos del carácter que se presume a los que ya son ancianos. Aflora aquí el contraste entre dos modelos de educación. el de una generación que nació sin derechos y con hambre de todo, y el de otra que a veces parece que haya nacido sin obligaciones y con una saciedad que en cuanto se descuidan se torna hastío. Y surge la duda de si lo que atribuimos a la juventud va de veras con la edad o con cómo nos enseñaron a mirar la vida.

LA CARTA DE LA SEMANA

Lela

Lunes y miércoles me encuentro con ella, sentada, sobria y pensativa, en la marquesina del bus de la línea 6. Lela, ignoro su nombre, setenta y muchos, se dirige al mercado de abastos. Su vestimenta es una amalgama de prendas superpuestas cuyo único fin es el de mitigar el frío de las siete de la mañana; sus botas, raídas y descoloridas, han visto no pocos inviernos. La única concesión a la modernidad son unas gafas de grueso cristal de color marrón. La agilidad de Lela cuando, al subir al circular, se echa los fardos de verduras a la cabeza, mientras sus manos sostienen sendas bolsas, con igual mercancía, es un prodigio. Lela nunca ha usado el WhatsApp. Nunca ha visto Juego de tronos. Desconoce la dieta Dukan. Lela, lo que sí conoce, y sus manos lo gritan, es el trabajo duro, muy duro, para ganarse el pan. Lela, afortunadamente, es real, en un mundo cada vez más irreal. F. Javier Santos, Santiago de Compostela (Galicia)

Por qué la he premiado… Por devolvernos, con esa estampa de realidad, a lo que fuimos y somos, aunque cada día nos mantengan más distraídos


A continuación el resto de carta de la semana.

Ancianos jóvenes

Entre mis alumnos hay jóvenes que ya han cumplido los setenta años y ancianos de dieciocho. Jóvenes casi octogenarios que, pese a sus muchas ocupaciones, se incorporan al aula cada tarde, con puntualidad y demuestran vigor e interés por adquirir conocimientos de un nuevo idioma, conscientes de que deben ser pacientes, constantes y perseverantes. Aún esperan que se hagan realidad sus deseos, emprender viajes y realizar nuevas actividades. Por el contrario, los ancianos de dieciocho llegan a clase con retraso, arrastran sus pies, como si el paso de sus escasas primaveras hubiese ya restado fuerzas a su cuerpo, y bostezan, dejando ver su cansancio o su falta de motivación. Estas y otras actitudes que observo en el aula, un espacio que refleja la sociedad en la que vivo, me permiten constatar que juventud y ancianidad son términos relativos y no han de entenderse más que como periodos de la vida, sin ser identificados con comportamientos estereotipados. Pero, por suerte, me relaciono cada día con ancianos jóvenes y con jóvenes muy jóvenes. Vicente E. Montes Nogales, Avilés (Asturias)


Esteban

La primera vez que llegué a La Habana, en 2005, me llamó la atención una fila de niños (luego supe que eran haitianos) con una pierna o un brazo amputado. Rumbo al hotel, el taxista me preguntó: «¿Usted qué opina de Esteban?». « ¿De quién?», respondí. «De este… bandido que nos gobierna», sonrió. Luego me contó que era licenciado en Materialismo Histórico, pero que debía trabajar de taxista y que nunca podría pagar una vivienda. Reconocía que la sanidad y la educación eran gratuitas, pero llenas de carencias. Cuando le pregunté por los niños, me explicó que venían a operarse: «¡Aquí los niños son como dioses, vengan de donde vengan!». Años después reconozco cierta familiaridad en lo que el taxista me contaba, pero me resulta extraña aquella hilera de niños esperanzados. Supongo que a un viajero de hoy el taxista le preguntará por la muerte del hermano de Esteban. Y a su vuelta tendrá la misma sensación que yo. ¿Habrá podido ver a otros niños volver con sus nuevas prótesis? Luis Alfonso Iglesias Huelga, Sotrondio (Asturias)


Impotencia es…

Que de los políticos se comente su discurso y de las políticas su vestimenta; que cuando una mujer es violada se le pregunte si había bebido o iba ‘provocativa’. Es oír, por cada vez que dices que eres feminista, cuatro comentarios despectivos. Es que algún machote te grite obscenidades para reafirmar su ‘masculinidad’. Es cobrar menos que tu compañero por ser mujer. Es darte cuenta de que hasta tú tienes pensamientos sexistas, los que la sociedad ha tallado con firmeza en tu mente. Es que se rían de tu sobrino porque juega «como una niña». Es leer en el XLSemanal 1509 un reportaje sobre los neandertales y que solo analicen y hablen del sexo masculino, obviando a la otra mitad de la especie. Y que casi ni te des cuenta. Impotencia… y también machismo. Eire Solana Sánchez (Correo electrónico)