Referentes

EL BLOC DEL CARTERO

Coinciden desde diversos ángulos dos de nuestros lectores en señalar la falta de referentes que caracteriza estos tiempos afiebrados y saturados de información en que nos toca vivir. Uno de ellos justifica la abulia intelectual de muchos jóvenes, denunciada semanas atrás por otro lector, en la incompetencia y los modos inertes de los muchos docentes que, según su propia experiencia, han encontrado en la universidad un páramo donde acampar más que un frente donde dar la batalla de la enseñanza. Sea o no excusa bastante para inhibirse de aprender, ahí está su testimonio. Otro apunta a la alarmante falta de mentes lúcidas y audaces que lean los signos de nuestra época para proponer estrategias y desafíos que estén a la altura. Su hueco, a falta de algo mejor, lo ocupan los populistas temerarios.

LA CARTA DE LA SEMANA

El álbum

Tiempo ha, disfrutábamos viendo nuestro álbum de fotos y comprobábamos cómo pasa el tiempo. La curva de la felicidad aún no había aparecido; que nuestro hijo se parecía al abuelo paterno era comentario inevitable al ver al recién nacido y, como siempre, nadie estaba de acuerdo. Hacíamos las fotos y llevábamos corriendo el carrete a revelar para colocarlas por fecha en nuestro álbum. Ahora utilizamos el móvil y descargamos las fotos en el ordenador. Pasamos al papel alguna y el resto lo archivamos en un ‘penray’. Pasados unos años, nuestro álbum casi no habrá recibido fotos y, si aún conservamos el pendrive, lo podremos ver solos al ser imposible reunir a la familia para repasar nuestra historia. Llegará el día en que algún descendiente desempolvará el álbum, oculto detrás de unos libros de la arrumbada biblioteca y, lleno de júbilo, intentará poner nombre a aquel señor de abundante cabellera que sostenía en brazos a un recién nacido rubio, o a una joven en bikini en una playa desconocida. Y, al preguntar a su madre quién era la señora sentada en un balancín, no será capaz de reconocer a su propia abuela. ¡Cómo se nos va la vida! José Luis Monedero Gómez (Sevilla)

Por qué la he premiado…Por atestiguar cómo va diluyéndose nuestra memoria humana en la sopa de bytes que amenaza con inundarlo todo


A continuación el resto de cartas de la semana.

De parados y emoticonos

15:01, lunes 12 de diciembre de 2016. «ECYL, Selecc curso Servicios control plagas el 13/12/2016 a las 10.00h en Fundación (…), 609xxxyyy». En el tecnológico siglo de las comunicaciones y tras anonimizar los detalles de contacto, esta es la fidedigna copia del SMS recibido por un desempleado para asistir a lo que se intuye como una citación oficial de formación. Para el afortunado que ignore el funcionamiento de la oficina más popular del Estado. cualquier parado que no se presente a una citación tiene consecuencias. En general, una sanción. Pero qué se le va a hacer, son tiempos de economía y ahorro. Ahorro de formalidad, de respeto y de verbos. La ortografía, la gramática y la sintaxis son ya un esfuerzo titánico, una pérdida de tiempo, un derroche de caracteres. Así
que prepárense para la recepción del emoticono oficial. No queda tanto. M. P. Burgos.


Eutanasia intelectual

Me veo obligado a responder a la carta Ancianos jóvenes, que en el XLSemanal 1521 hablaba sobre la juventud y su falta de ambición, en contraste con los ancianos a los que el autor de la carta da clases. Creo que también hay otro factor en la ecuación: los profesores. No todos, sí aquellos que por desgracia abundan en las universidades, y que, lejos de estimular al estudiante, lo aburren, mientras leen diapositivas del Power Point, nuevas tecnologías que hacen tediosas las clases y las convierten en instrumentos de eutanasia intelectual. ¿Saben cuántos profesores tuve que promovían una enseñanza de verdad, usando el Power Point como guía, no como un sustituto de su discurso? Solo seis. Me pregunto quién controla a los profesores y si merece la pena salvar una universidad que, por culpa de esos esperpentos, no quiere modernizar su método. José Docio de Lera (Zamora)


Más que un tablero de colores

Un tablero para una partida de parchís, o dos o tres. Podíamos pasar horas desgastando el tablero, siempre los mismos colores y las mismas ilusiones. Se te veía feliz en cada inicio, a ver si llegabas la primera. Tarde tras tarde, en la huerta del abuelo, o cuando el otoño ya asomaba, en la cocina de nuestra casa. Ahí estábamos siempre en el mismo sitio, jugando, con el sonido de tu dado preferido al golpear con el tablero, porque elegías el dado, sí, cualquiera no te valía: siempre el mejor. Cuántos buenos ratos. Te dejaste hacer y lo que es más importante, te dejaste querer. Ahora la bolsa roja donde dejábamos el parchís sigue ahí, ‘esperando’ que alguien vuelva a colocarlo en la mesa de la cocina. Serán tus nietos, siete soles, los que jugarán en tu honor, pero, mamá, estoy segura de que allí donde estés siempre nos ayudarás a mover las fichas de esta difícil partida que es la vida, donde por desgracia unas veces se gana y otras se pierde, sin posibilidad de volver a la casilla de salida. Nos has querido mucho, nos has enseñado que del dolor también se puede aprender, y no dudes de que tu gran valentía y tus ganas de luchar se quedarán para siempre en la maravillosa familia que has formado. Maite San Román Goñi (Pamplona)


El sermón del valle

El prestigio de augures y profetas se ha medido siempre en su capacidad para anticiparse a acontecimientos venideros. En cambio, en estos tiempos tan agitados, parece más una cuestión de azar que de sensatez, lógica o moral. Diagnosticar qué está ocurriendo y pronosticar lo que en consecuencia nos espera es hoy, más que nunca, un ejercicio temerario o imprudente. Las certezas parecen haberse desvanecido. Y paradójicamente este ambiente de incertidumbre, que aconsejaría buen juicio y cautela, es terreno abonado para que irrumpan políticos de discurso plano y maximalista, agitadores iluminados, polemistas de 140 caracteres, voces altisonantes que nos recetan soluciones infalibles ex novo. Los viejos valores que parecían irreductibles han sido sustituidos por eslóganes biensonantes que desprecian el pasado como fuente de conocimiento. En esta llanura sin cumbres, hoy todos hablan y nadie sabe. José Ignacio Fernández Cifuentes, Gijón (Asturias)