Hambre

EL BLOC DEL CARTERO

Habría que recordarlo cada mañana, cada mediodía y cada noche: sobra a diario en nuestros platos el alimento que a otros nunca llega. El ser humano ha logrado extraer del planeta lo suficiente para que nadie pase hambre, e incluso más, pero lo que se traga la basura y el descuido, en cualquiera de sus formas, consigue que millones no tengan el pan que necesitan. Mientras porfiamos en perseguir sueños utópicos, o nos apremiamos para poder viajar a mil por hora en una cápsula confinada en un campo magnético o pisar Marte, dejamos una y otra vez pendiente la conquista factible y perentoria de no ver a ningún semejante perecer de inanición. Culpables somos todos, teme uno de nuestros lectores. Más allá de culpas, ya sería algo que nos exigiéramos la responsabilidad.

LA CARTA DE LA SEMANA

Un Cyrano del siglo XXI

El gentío en la céntrica Market Street de Mánchester no pudo evitar que lo viera. Sobre unos cartones viejos y cubierto con una manta, o lo que quedaba de ella, aquel mendigo atrajo mi atención. Nadie parecía verlo, pero había algo en él que me hacía pensar que, pese a sus guantes rotos y un gorro de lana raído, era alguien diferente. Al acercarme, vi un cartel apoyado en sus rodillas. «Por una moneda, una poesía». Llena de interés, le entregué mi aportación y levantó sus ojos. Su aspecto, desaliñado y pidiendo una limpieza urgente, no apagaba el brillo de una mirada atenta y serena. Entonces sonrió y me dio un papel. Los versos comenzaban: «No todo el mundo es ciego para reconocer que yo soy tú y tú eres yo / solo es la vida la que juega sus dados cruelmente…». La lectura del resto del poema llevó a decirme, continuando mis pasos, he aquí un Cyrano de Bergerac de este siglo, que, como el protagonista de la obra de teatro, tras su aparente carencia de belleza, mostraba una hermosura que dolía. Beatriz Mitxelena, Alegría-Dulantzi (Álava)

Por qué la he premiado…  Por compartir esa iluminación exacta y oportuna, proveniente de donde menos se la esperaba


A continuación el resto de cartas de la semana.

Culpables

Desde no hace mucho vemos unos anuncios de una ONG que nos recuerda algo que sabíamos, o debiéramos saber: que en el mundo hay comida para todos, pero a la vez mucha gente que pasa hambre. Y que esta proeza solo es posible tras tirar tropecientos mil millones de toneladas de alimentos cada año. Como digo, son cosas que se saben; llevan machacándote desde pequeño, pero que te digan de repente que el pan que sobra a diario en nuestras casas equivale a no sé cuantos mil millones de bolsas de pasta, te deja mal cuerpo. A mí al menos me lo deja. Ya no lo tiro igual de inconsciente. Y es que con lo del hambre en el mundo pasa como con la mayoría de las desgracias (los infartos, los cánceres, los accidentes de tráfico): que uno piensa que eso nunca me pasará a mí. Y en una de estas te das de bruces con el cáncer de mama de tu mujer, o el de colon tuyo, y te caes del guindo. Con estos anuncios pasa, al menos a mí me pasa, algo similar. El fin de semana pasado hicimos limpieza en los armarios de la cocina y descubrimos unas cuantas cosas sin abrir y caducadas. Me sentí muy culpable. Leonardo Martínez Expósito (Zaragoza)   


Bibliotecas

En un rincón, un anciano intenta conciliar el temblor de sus manos con el orden de las hojas del periódico. Por fin lo consigue y comienza a leer con el viejo gesto de llevarse un dedo a los labios para despegar las páginas que ya no se pegan. Cerca del hombre, varios estudiantes subrayan sus apuntes pertrechados de unos buenos auriculares que salen de sus móviles de última generación. Bajo la atenta mirada de los libros, no encuentro espectáculo de convivencia pacífica más alentador. Siguen ahí, con la paciencia que los años les otorgan, esperando que volvamos a buscarlos. Los libros nos leen, aunque no nos demos cuenta. Luis Alfonso Iglesias Huelga, Sotrondio (Asturias)  


Fraternidad

Un bar céntrico de gran solera. Entra un hombre de esos que se buscan la vida en la calle. Solo quiere un vaso de agua. La camarera finge con el móvil una llamada inexistente, ignora al hombre hasta que se marcha tras insistir por el vaso de agua. Pienso que se lo hubiese dado de buena gana, pero se lo tienen prohibido. Que el verdadero pecador ha delegado el pecado y ella ha pasado un mal trago por tener que negárselo y tanta vergüenza como los clientes/testigos. Sí, seguro, pero me marcho sin poder corresponder la sonrisa de cortesía con que nos despide (¿otra norma de la casa?). Aquel hombre no ha merecido ni eso, un mínimo de cortesía. Imanol Zuloaga Lorenzo (Correo electrónico)


Descorrer  sus rimas

Encerrado en el personaje de poeta pueril que la Transición y la joven democracia nos legaron, enfrentarse hoy a Gloria Fuertes, en el centenario de su nacimiento, supone descubrir a una mujer, a una poeta de verdades incontenibles en el verso que desembocaron en antologías en castellano elaboradas desde el extranjero. Siempre el extranjero poniendo el foco donde nosotros no somos capaces de situarlo. Descorrer sus rimas infantiles significa adentrarse en una poesía íntima que iluminaba un interior al que nunca fue fácil acceder y al que los pasadizos de la soledad y el amor conducían sin demasiados vericuetos, sin vanas distracciones poéticas, que dejan ante nosotros una austeridad desde la que este milagroso best seller de la poesía pide una necesaria revisión, humana y literaria. Ramón Rozas (Pontevedra)