Vida

EL BLOC DEL CARTERO

Coinciden en esta semana una carta que reconoce a quien con su tesón y su talento hace por mejorar y extender la vida de sus semejantes; otra que habla de lo contrario, de quienes invirtieron su esfuerzo y su astucia en el empeño de acortar vidas ajenas; y una tercera que se duele de una muerte prematura y sabe situar el hecho en su justo alcance: el del proyecto y las ilusiones que se truncan y ya nunca serán. El siglo XX, desde las trincheras criminales de la Gran Guerra hasta la yihad posmoderna y los daños colaterales, se especializó en reducir a factor instrumental la vida humana, sacrificable en aras de tantas ideas superiores. En este, más valdría deshacer esa peligrosa «vinculación a grandes cosas», que señalara Robert Musil, y saber apreciar la trascendente pequeñez de cada trayecto personal.

LA CARTA DE LA SEMANA

Mi hijo llevaba razón

Mi hijo de 21 años recién cumplidos y yo somos camareros en diferentes hoteles, pero él gana más que yo y, me temo, conoce mejor el oficio; es un gran profesional. Nunca le gustó estudiar, por lo menos en la educación oficial; terminó a regañadientes la ESO y en segundo de Bachillerato lo dejó todo. Recuerdo con amargura las horas de charla que le dediqué en su adolescencia para motivarlo, para que estudiara, los castigos cuando suspendía, mis peroratas de que estudiar era esencial para ser alguien en la vida y tener un futuro de estabilidad y empleos de calidad. Estaba equivocado: hoy, gracias a que no me hizo caso, lleva varios años en la hostelería y ha aprendido todos los secretos del oficio; es un barman muy cotizado y tiene como ayudantes a un licenciado en Arte y a otra chica que estudió Enfermería. Él es su jefe, gana más dinero y tiene lo que ellos no: un trabajo estable. Como padre, me siento muy feliz por él; como español, se me cae la cara de vergüenza. Alberto Pérez Vázquez, Rincón de la Victoria (Málaga)

Por qué la he premiado… Por la sinceridad con que reconoce el desconcierto del que todos, en mayor o menor medida, participamos en estos tiempos


Nadie vino a disculparse

Mi padre se llamaba Manuel Pérez Enciso, natural de Haro (La Rioja), y falleció el 2 de junio de 1975, de un infarto. El 2 de agosto de 1975, dos fulanos se presentan en casa y preguntan por él. Uno de ellos, bajito, con una nariz chata y aspecto chulesco. Yo les respondo que ha fallecido dos meses antes. Intercambian una rápida mirada entre ellos (uno frente a mí y el otro semioculto en la escalera) y se marchan. Al mes, la escena se repite con una de mis hermanas. Poco después vimos en TVE que varios miembros de ETA habían sido arrestados y comprobamos que entre ellos estaban nuestros visitantes. Tras la puesta en escena en Bayona, con la simbólica entrega de armas, pretenden que todo el circo que montaron (cerca de 900 muertos para nada) se ha terminado. Las armas son todas las que están, pero no están todas las que son. Y lo más importante: nadie ha venido a nuestra casa a disculparse por haber intentado matar a nuestro padre. Eduardo Pérez Sáenz (Correo electrónico)


Un rayo de luz

Si tu padre muere a los 56 años, si tu madre a los 46, si tu hermana a los 52, si a ti te detectan y operan de un cáncer de vejiga en estadio III, con posterior recidiva 9 años después, y llegas y te topas con el XLSemanal 1537 y la entrevista con Josep Baselga, te entran ganas de que haya muchos más Baselgas por el mundo. Sus teorías sobre el big data te hacen estremecer y pensar en la cantidad de vidas que puedan salvarse gracias a esa inmensa base de datos de pacientes afectados por esa maldita enfermedad llamada ‘cáncer’ y que a mí siempre me ha perseguido y lo sigue haciendo, condenada. Pensar que con solo un análisis de sangre podemos averiguar la predisposición celular de una persona a padecer cáncer y, lo que es mejor, seguir ese proceso de crecimiento celular, sin intervenciones agresivas para el cuerpo del paciente. Los tiempos avanzan que es un primor, pero los gobiernos deberían invertir en este tipo de investigaciones que tanto mejoran la calidad y cantidad de vida de sus ciudadanos. Bien por Baselga y bien por todas las personas que en el día a día nos llevan a los pacientes oncológicos un rayo de luz, de esperanza, de vida. Gracias. Antonio Luis Gallardo Medina, Salobreña (Granada)


Moussa

Su padre, Moht Cissé, había partido de Mbour, Senegal, 4 años antes, rumbo a Canarias. Tuvo que ser rescatado por una lancha de Salvamento Marítimo al hundirse la vieja patera en la que viajaba con más de 150 personas. De Las Palmas viajó a Murcia, donde trabajó meses recolectando fruta. Como a él le gustaba el mar, viajó hasta La Coruña y se enroló en un arrastrero. Las cosas le habían ido bien, alquiló una vivienda y decidió traer a su esposa, Aisatu, y a su hijo, Moussa. El joven no quería ser marinero como su padre. Le gustaba estudiar y jugaba en un equipo de fútbol juvenil. Estaba totalmente integrado en el colegio y tenía muchos amigos. Pero el destino, ese poder sobrenatural tantas veces injusto, mostró su cara más cruel. Moussa jugaba al fútbol en la playa con sus compañeros, la fuerte resaca de las olas y un profundo escalón en la arena, unidos a su inexperiencia como nadador, le impidieron recuperar el balón que se había ido al mar. Tenía 17 años y muchos sueños por cumplir. Él no quería ser marinero, pero el mar le arrebató la vida. In memoriam. Roberto Núñez Porto, Villagarcía de Arosa