Algoritmos

EL BLOC DEL CARTERO

Se perfila en el horizonte la pugna que podría condicionar nuestro futuro: la que se dará entre los algoritmos a los que obedecen las máquinas que cada vez más gestionan nuestros días y la voluntad que pueda restarnos de recorrer un camino personal, al margen de prescripciones tecnológicas. Desde hace tiempo las que se presentaban en su día como simples herramientas se han convertido en administradoras de nuestra información, nuestras inquietudes y hasta nuestros intereses, que interpretan al margen de nuestras instrucciones. Muy bien podrían llegar a hacerlo en contra de nuestras necesidades y deseos y a favor de quienes las programan. Pertenecen a poderosas trasnacionales, dirigidas por ejecutivos visionarios. Los poderes legítimos, apuntan nuestros lectores, no pueden ignorar su desafío.

LA CARTA DE LA SEMANA

Conócete a ti mismo

Apocalíptica, aterradora y angustiosa es la visión del futuro que nos ha dado el historiador Yuval Noah Harari en el XLSemanal 1539. Hace ya más de 25 siglos que el ser humano sabe que su quehacer fundamental, el que lo distingue de las bestias y de lo inerte, es ‘Conocerse a sí mismo’. Pero eso no es fácil, ni convivir con nuestras imperfecciones ni sentir el peso de nuestras frustraciones. Y por eso siempre nos ha hecho falta la promesa de la eterna felicidad para poder soportarnos a nosotros mismos. Nunca la hemos encontrado porque hemos buscado fuera algo que siempre hemos tenido dentro. Ahora, más que nunca, en una cultura que no valora el esfuerzo, la tecnología nos ofrece un sucedáneo de la felicidad que consiste en decidir por nosotros y evitar que cualquier atisbo de responsabilidad pueda inquietarnos y perturbar nuestro nuevo y algorítmico estado de bienestar. Ese que alcanzamos a través de un patrón de comportamiento impuesto y que en nada ha seguido el dictado de nuestros inestables sentimientos. En el mundo de la tecnología, sí, todo son certidumbres y no hay posibilidad de error. Tampoco de libertad ni de conocerse a uno mismo. Porque como dice Harari: «Google, que nos conoce mejor que nosotros mismos, nos aconsejará y tomará nuestras propias decisiones». E. Michel Seoane Parra, Iurreta (Vizcaya)

Por qué la he premiado… Por poner el foco allí donde no se nos suele invitar a ponerlo: en ese autoconocimiento verdadero que permite ser libre


A continuación el resto de cartas de la semana.

¿Y del futuro qué?

Estamos viendo comportamientos políticos lamentables, todos preocupándose solo de sus problemas internos y nadie preparando algún programa, alguna idea con los cambios tecnológicos que nos llegan. Al trabajar siempre con tecnología y ahora jubilado, sigo las posibilidades que nos llegarán en breve, cosas que confirma el historiador Noah Harari que son difíciles de encajar ante unos políticos que nada dicen ni prevén ni comentan. El paro será alarmante en pocos años por la robotización, pero es que ese es el principio de un cambio total de desarrollo del planeta. Nada se podrá hacer sin generar un cambio profundísimo en las instituciones, y para ello hay que tener personas como Hariri, que no es ningún oráculo de ciencia ficción, pues lo que dice llegará. Y yo me pregunto: con los políticos que existen hoy, empezando por un tal Trump, ¿adónde podemos llegar sin tener la menor idea de futuro ni de lo que supone un bit, un desarrollo digital o el Big Data para ese futuro no escrito? Y lo que aún se prepara. Y el problema no está tan lejano: los próximos cinco años serán una muestra y esos políticos estarán por ahí aún. César Moya, Villasante (Madrid)


El empujón final

Cada día, frente a la televisión, me pregunto por qué el contenido de la programación es de tan escasa calidad. Al tratarse de un medio tan influyente, creo que sus responsables deberían utilizarla para transmitir conocimientos enriquecedores, pero, por desgracia, la amplia oferta que nos ofrecen es de pena. Y lo peor, lo más desazonador, es que haya quien se interese, preste atención, y se identifique con tremenda bazofia. Seguramente tenemos lo que nos merecemos, ya que jamás hemos dispuesto de más medios a nuestro alcance como en los últimos tiempos para mejorar. Creemos que hemos evolucionado con respecto a las generaciones que nos preceden, confundiendo logros obtenidos en medicina, tecnología, derechos sociales, hábitos de higiene con evolución en el comportamiento de la condición humana, pero nos hallamos ante una involución que nos aboca a una infantilización crónica que nos impide madurar. Y la televisión es el empujón final. Inma Miravet Campos (Valencia)


Buena vida, buena muerte

Acabo de leer el artículo de Juan Manuel de Prada Suicidio asistido. Todo el mundo piensa en cómo tener una buena vida, pero nadie quiere pensar en cómo tener una buena muerte. Cómo es posible que crea que pueda haber familiares o médicos que quieran ‘librarse’ de una persona… Mi marido decidió dejar de vivir hace unos meses. Era joven, tenía una hija de cuatro años, pero también tenía un cáncer con metástasis ósea que le estaba ‘comiendo’ la columna, dejándole parapléjico y le producía terribles dolores. Cuando nos hablaron de la opción de una ‘sedación terminal’ (lo estábamos cuidando en casa, así que el médico no lo diría por dejar libre una cama), no tardó mucho en decidirse. Tomaba mucha morfina, sí, pero estaba en sus cabales y me lo dijo muy claro. Yo me negué el primer día, pero el segundo no pude. Quería «hacer el sacrificio» de estar con su mujer y su hija un tiempo más… pero no podía. Algún día quizá descubra el señor Prada que vivir con dolor y sin ninguna esperanza no es vivir. Y entonces quizá desee que un médico lo ayude, como hacen en otros momentos de nuestra vida. Desde aquí, doy las gracias a los médicos que tienen la valentía y la compasión de realizar sedaciones terminales (aunque mala, única opción hoy legislada) e insto a las instituciones a que tengan el valor también de regular (con toda la precisión necesaria, por supuesto) la ayuda a morir, en casos como el de mi marido y otros muchos similares. Cristina Pérez (Correo electrónico)


Entre cojos y mentirosos

Cómo nos gusta a los españoles jugar al escondite. Cada semana se ven en las noticias casos de corrupción que están en desarrollo o en búsqueda de pruebas. Me cuesta entender por qué hay personas que siguen intentándolo si han podido ver varios casos en los que al final se ha cazado a los responsables, como está ocurriendo en la Operación Lezo. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Tenemos que aprender a vivir con lo que tenemos, sin hacer trampas y sin jugar al escondite. Jaime Novales López-Medel, Majadahonda (Madrid)


El camino de la extinción

Dependiendo del lugar en el que uno viva en nuestro planeta Tierra, el hecho de cumplir 68 años puede ser incluso una utopía, dada la variación de la esperanza de vida que se da en los diferentes continentes. En España, por ejemplo, quien los cumpliera comenzaría una merecida época de jubilación. Pero quien ha cumplido esa edad ha sido la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y, lejos de estar en edad de jubilación, da la impresión de que ni siquiera ha iniciado su actividad. Llevamos ya 68 años de violaciones sistemáticas de los derechos que esa Declaración recoge. Tan solo con comenzar a leer sus dos primeros artículos podemos comprobar que son papel mojado. Podemos afirmar que no todos los humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, como tampoco todos gozamos de los derechos y libertades recogidos en la Declaración sin que pueda haber distinción por cualquier condición. Hacia el sur ponemos vallas y abrimos la frontera hacia el norte; los países en guerra son un próspero mercado para quienes se dedican a la venta de armas, y el hambre y la miseria campan a sus anchas por muchos países productores de materias primas y minerales necesarios para el llamado ‘mundo desarrollado’. Los seres humanos hemos perdido la capacidad de cooperación y hemos optado por una clara capacidad de competición que hace que este mundo sea un campo de batalla y que el simple hecho de nacer en un lugar u otro condicione nuestra existencia. Tras 68 años repitiendo los mismos errores, es el momento apropiado de comenzar todos a hablar el idioma común de la solidaridad o, por el contrario, me temo, habremos comenzado el camino hacia nuestra propia extinción. Juan Fernando Ramón Sánchez, Torremayor (Badajoz)


‘Homo homini lupus’

La raza humana lleva años progresando. Sin embargo, desde hace cerca de un siglo, hay un aspecto que se está dejando de lado. Algo que es esencial, y a lo que muchos no le están dando ni la menor importancia. Estoy hablando de las humanidades, del arte y de las letras. Desde pequeños se nos inculca y se nos condiciona con que las letras son para aquellos que no son capaces de superar otras disciplinas como las matemáticas o la física. Nos han adoctrinado para creer que las ciencias tienen más salida, que son más respetables, y que los ‘letrasados’, puesto que así es como somos calificados, terminaremos desempleados o con salarios justos para sobrevivir. Y esto se vive en muchas escuelas e institutos, en las que los mismos profesores se mofan de sus compañeros y, a su vez, inculcan esa actitud de desprecio a todos los presentes. Cómo sería el mundo sin arte, sin poesía y sin literatura? Desde el principio de los tiempos hemos necesitado expresarnos y hacer presentes nuestras ideas, hemos necesitado hablar, enseñar y que nos enseñen. Eso es lo que nos hace estar vivos. Y aunque ahora muchos estén pensando que estamos vivos y conscientes gracias a la biología y a los avances médicos y técnicos, debemos usar la consciencia. No podemos entregarnos a un mundo de números y frialdad mecánica, pues entonces perderemos nuestra verdadera esencia. No todo puede depender de un algoritmo, sino que necesitamos el genio y la esperanza del ser humano. Y por ello no debemos dejar de lado nuestra sensibilidad y alma, pues no solo es compatible con la ciencia, sino que es necesario esta hermandad para avanzar como especie y no quedarnos estancados en la edad digital de máquinas y frialdad. María Jesús Fernández, Crujeiras (Cádiz)