Epiqueya

EL BLOC DEL CARTERO

Una hermosa palabra griega que nos recuerda un lector, a propósito de la situación creada en Cataluña por el desafío soberanista y de cómo deben aplicar la ley los que parece que antes o después tendrán la responsabilidad de contenerlo. Para los griegos, la epiqueya era una interpretación de la ley que se apartaba de su letra para acomodarse mejor a su espíritu en situaciones en las que la letra, por imprevisión del supuesto concreto por parte del legislador, podía ser contraria a él. La RAE da una definición algo menos precisa, pero la idea es la misma: prudencia y cintura a la hora de dar respuesta legal en contextos inesperados y complejos. Lo que sin duda alcanza a la represión de las conductas antijurídicas, pero también a la opción de explorar vías que desactiven el afán, justo o no, que las anima.

LA CARTA DE LA SEMANA

Un valor infinito

Ha sido en la visita que acabo de hacerte junto con tu nuera Isabel. Con 84 años a tus espaldas, has visto morir a tu marido, cuatro hijos y una nieta de 23 años. Ahora a la única hija que te queda le han diagnosticado cáncer de estómago. Me hablabas con los ojos húmedos y una incipiente y deliciosa sonrisa en los labios, como no queriendo molestar con tu pena interior.  Sigues esperando y confiando en que Dios te dé fortaleza para afrontar el resto de tus días. Es lo único que le pides. Has demostrado de sobra fe, esperanza y AMOR (así, con mayúsculas) a todos cuantos te rodean. A mí, por lo menos, me has hecho ver las miserias de mis entrañas. Yo, que he despotricado cuando sufría algún suspenso (por mi culpa). Cuando he tenido algún problema económico (por mi culpa) o un problema familiar (en parte también por mi culpa). Hoy, me siento abyecto ante ti. No soy teólogo, no puedo explicarte el cómo y el porqué de Dios en nuestro ser. Solo sé lo que has despertado en mí. Tu vida, entre los que te rodean, tiene un valor infinito. Y si esta carta se publicara, mucha más gente se dará cuenta de por qué Dios te tiene a ti, y a muchos como tú, en este mundo. Gracias, Bibiana… Francisco Garrido. Linares (Jaén)

Por qué  la he premiado…  Por regalarnos el retrato de una de esas personas que enaltecen nuestra condición humana, de esas a las que todos deberíamos intentar emular


A continuación el resto de cartas de la semana.

Aniversarios

Hace poco hemos asistido al 20.º aniversario  de la liberación de Ortega Lara y al asesinato de Miguel Ángel Blanco Garrido. La clase política está dando un pésimo espectáculo. Trata de competir para demostrar quién empatiza más con las víctimas del terrorismo. No se ha enterado de que las víctimas del terrorismo son de la sociedad. Son víctimas sin bandera de partido. El espectáculo al que estamos asistiendo es el peor homenaje. Las víctimas están de luto porque los dirigentes han vuelto a sus andadas. Se han olvidado de quienes han padecido el azote del terror. Se olvidan del sufrimiento y la sangre inocente derramada por la libertad. Fernando Cuesta Garrido (Vitoria) 


Recuerdo aquel día. Yo estaba

En aquellos días del secuestro de Miguel Ángel Blanco, estábamos de vacaciones en un pueblecito de Burgos. Habíamos acogido a un niño bosnio, que nos contaba a su manera la guerra de los Balcanes. Decía que su casa estaba bang… bang… por las balas. Aquel sábado tocaba regreso a casa. Pusimos la radio del coche y oímos noticias estremecedoras. Mi madre no me dejaba escuchar, decía: «¡Ay, Dios mío, vamos a rezar!», y repetía la frase como un mantra. Yo, que conducía, estaba a los sucesos radiados y a sortear aquellas curvas infernales. «Vamos a rezar un padrenuestro», decía de nuevo la pobre mujer, como si no hubiera más solución que aquella para ablandar el alma a aquellos. «Espera un poco, luego, que sí, luego rezamos», decía yo. Mis padrenuestros y avemarías no afloraron por aquellas carreteras. Al día siguiente fuimos a la multitudinaria manifestación. El niño bosnio iba de mi mano, le oí decir «basta ya», quizá aprendió la frase de tanto oírla, quizá le vinieron recuerdos de su casa… Cada uno a su manera vivimos nuestras emociones aquel fatídico día. Carmen Guinea Magaña, Villalobar de Rioja (La Rioja)  


Epiqueya

Con frecuencia recurro al diccionario de la RAE para aclarar algún concepto y casi siempre descubro otras palabras que llaman mi atención. Tal es el caso de ‘epiqueya’, voz de origen griego que significa ‘equidad’, con la única acepción de «interpretación moderada y prudente de la ley, según las circunstancias de tiempo, lugar y persona». ¿Podría aplicarse el término a la actitud que viene manteniendo el Gobierno ante el difícil reto soberanista planteado en Cataluña? Donde unos ven una actuación prudente para evitar la confrontación, otros aprecian una actitud pusilánime. El tiempo y la contumacia de los acontecimientos parecen estar dando la razón a Mariano Rajoy. ¿Epiqueya? Sí, pero en la confianza de que cuando llegue el momento, cuando pasen a los hechos consumados -o sea, cuando firmen, con nombres y apellidos, documentos concretos-, el Gobierno de España no vacilará en «adoptar las medidas necesarias», previstas en la Constitución, a fin de garantizar el cumplimiento de la ley. Emilio J. Gavira (Correo electrónico)


¿Dónde está la canción protesta?

La canción protesta ha quedado a merced de cuatro raperos. Ya no queda nada de aquellas canciones que movilizaron al pueblo frente a las injusticias. En los años sesenta, setenta y ochenta, toda España galopó hasta enterrarlos en el mar, guiados por Paco Ibáñez. Raimon nos puso cara al vent. Serrat nos llamó a filas para la libertad…  ¿Y ahora? Tarareamos letras vacías. Nos guían despacito a que Miami nos confirme que somos idiotas. Mientras, el mundo avanza gobernado por élites que campan sin ser importunadas por ninguna canción. Un día despertaremos y nos daremos cuenta de lo bien que nos habría venido que Javier Krahe nos hubiera señalado a más hombres blancos que hablaban con lengua de serpiente. J. Pablo M. C. (Correo electrónico)


Desde Granada con amor

Excelente la entrevista a Jack Dorsey, fundador de Twitter, en XLSemanal 1550. Pero, después de leer y releer la misma, he llegado a la conclusión de que algo nos hemos dejado por el camino en este mundo avanzado de las redes sociales. El hombre, a pesar de todos estos avances que te pueden poner en contacto con medio mundo, cada día se encuentra más solo. Amor, confianza, respeto, cercanía, lealtad y comunicación me parece a mí que se han quedado obsoletas, y el éxito de nuestras relaciones lo hemos fijado en toda clase noticias que nos llegan vía Internet. Dónde se ha quedado la charla cara a cara, codo a codo en la taberna, en la puerta de la casa o en la esquina de la reja, donde declarabas tu amor a tu pareja. Yo, quizá por mi edad sexagenaria, echo de menos algunas cosas de antes y me sobran otras de ahora. Pero no me cierro a las nuevas tecnologías, muy al contrario, estoy enviando estas líneas vía e-mail para que alguien desconocido pueda leer lo que piensa un jubiloso jubilado. Alguien escribió una vez que el mayor placer de la vida es hacer lo que la gente te dice que no eres capaz de hacer y ahí me encuentro yo, intentando ser feliz. Antonio Luis Gallardo Medina (Granada)


 Pagar

Si eres sordo y necesitas un implante coclear (IC) como mi hijo, has de pagar.  Para que funcione dicho IC, necesita pilas o algún repuesto, has de pagar. Si se da por obsoleto un IC, o ya han pasado los siete años reglamentarios para cambio de procesador, si quieres oír, has de pagar. Si no tienes recursos, no oyes. Oír no es un lujo ni un capricho ni moda, es una discapacidad y la Conselleria no cubre el cien por cien del procesador ni las reparaciones, pilas o complementos para poder oír. Qué sentido tiene tener un procesador si falta el resto. A una persona que necesite una prótesis determinada se la colocan (pierna, cadera…) y no paga. El sordo ha de pagarla. Y como siempre digo: «Falta de hijos sordos en la Administración». El sordo se esfuerza en entender al oyente, pero el oyente no hace nada para entender al sordo. Elizabeth SAiz Company, Paterna (Valencia)  


Gracias,  Lu Xiaobo

Una ausencia siempre duele. Y más si es obligada. Y más que si es obligada, si es impuesta. Las líneas rectas es lo que tienen, que en ocasiones cursan paralelas al resto, sin nunca tocarse, ni tan siquiera sugerirse. Pero cuando se cruzan con otra -también recta- las más de las veces suelen hacerlo de forma perpendicular y frontal. Solo en el mejor de los casos lo hacen angularmente. Pero cualquier ángulo, por poco agudo que sea, exige una compenetración entre ambas rectas. A todas luces se conoce que, salvo su apertura a la economía capitalista, las directrices chinas son tan rectas como lo fueron siempre. También se sabe que Liu Xiaobo nunca permitió que retorcieran su pensamiento ni su ética ni su libertad. Su línea y la de su Gobierno se cruzaron, sí, y lo hicieron explosivamente en la Carta 08. Allí, Liu pedía democracia. Y lo hacía por él y por los millones de chinos cuyas rectas personales a diario se ven truncadas. China optó por que la silla con el Premio Nobel de la Paz de 2010 pareciera desocupada, pero el pensamiento de Liu Xiaobo se sentó en ella y lo hizo para siempre. Luis Alberto Rodríguez Arroyo, Santo Tomás de las Ollas (León)  


Un mundo  al revés

En un momento en el que la opinión está a la orden del día y en boca de todos, te das cuenta de que hasta lo más inexcusable puede llegar a volverse, como ahora decimos, viral. En días en los que recordamos sucesos tan graves como el secuestro de Ortega Lara y el asesinato de Miguel Ángel Blanco, no salgo de mi asombro al ver cómo, realmente, todo vale con tal de rellenar el hueco previo al hasthtag. Y pongo un ejemplo en el que, a raíz de estos hechos, alguien mencionaba lo siguiente en Twitter: «Se ha conseguido lo que se quería, desviar la atención de la corrupción». ¿En serio? Nadie discute que la corrupción es un problema tremendo en España, pero ¿de verdad piensas en ella mientras comes, duermes o te lavas los dientes? ¿Tanto como para no mostrar un respeto? Eso no nos hace más dignos. El no saber diferenciar lo malo de lo peor solo da paso a la ignorancia y, en consecuencia, nos vuelve más vulnerables. Y. Rodrigo (Zaragoza)