Conversar

BLOC DEL CARTERO

Uno de nuestros lectores analiza el fenómeno de las tertulias televisivas, curiosa forma de diálogo en la que nadie escucha al contertulio y toda la intención parece ser endosar al otro la propia mercancía ideológica. Es la misma clase de interlocución que se ha impuesto en otros espacios comunicativos (llamémoslos así) de nuestro tiempo, como las cada vez más omnipresentes redes sociales. Nadie aspira allí a aprender nada, nadie está dispuesto a descubrir cosa alguna; todo se reduce a un choque de gallos de pelea en busca del zasca (horrendo palabro que se reproduce con delectación). Añora uno en medio de esta barahúnda el viejo arte del conversar, en el que se da y se recibe y en el que, según escribió Walter Benjamin, aguarda la grandeza, que no es más que el silencio tras haber conversado.

LA CARTA DE LA SEMANA

No me es permitido

Sí, no me es permitido que el niño que llevo dentro de mí, en mi ‘trastienda’, salga de vez en cuando a flote. Él quiere saltar, correr, brincar, aunque le duelan todos los huesos; quiere ganarle al tiempo la batalla y ser lo que siempre quiso: músico, pero solista o compositor. No puedo. Una profesora de guitarra me dijo que para dominar la guitarra clásica hacían falta, cuando menos, seis años. ¡Seis años! ¡Ojalá me quedaran esos años de vida y pudiera dar un concierto a mis amigos! ¡Qué ilusión, Dios mío! Pero no es posible. Soy muy mayor. Y, para más inri, vivimos en la era de la estética: la gente joven y de mediana edad acude a los gimnasios y se someten a terapias plásticas para tener un físico en orden. Yo represento la antítesis de esa estética; mi cara está llena de arrugas, mi pelo es cano, hablo con dificultad, pues se me olvidan las palabras, ando a trompicones, y paso desapercibido para la gente joven, salvo honrosas excepciones. Para los otros, ni siquiera me miran, parece que produzco repugnancia. Un niño de mi especie daría rienda suelta a la risa del respetable. ¡Qué le vamos a hacer! La vida, al final, pasa factura. ¡Qué lástima de ese niño que quiere aflorar y ponerse el mundo por montera! ¡Iluso de mí! Ese niño murió hace ya muchos decenios y ya solo le quedan muchos logaritmos de ilusiones y sueños perdidos. Rafael Alcalá Álvarez (Málaga)

Por qué la he premiado…Por esa saludable resistencia a quedarse en lo permitido y a dejarse vencer por la tiranía de la apariencia y la impaciencia


A continuación el resto de cartas de la semana.

Tertulias

No hay hoy un tramo horario en televisión en que no disfrutemos de una tertulia sin sufrir a determinados tertulianos de oficio a los que se les suponen muchos conocimientos, pero que desvelan poca educación. Transitan por todos los platós con el único objeto de defender la camiseta a capa y espada, sin ahorrarse el menosprecio al oponente, y desertar del debate con rebeldías pueriles está para ellos a la orden del día, convirtiendo foros interesantes en farándulas que alimentan ciertas audiencias. El debate debería ser una asignatura en los centros docentes no como tal, sino como el vehículo para impartir todo el abanico de ciencias sociales y humanísticas, no exactas sino interpretables. La filosofía, la literatura, la historia, la geografía, la economía, todo debería debatirse en clase desde edades tempranas, enseñando a los niños a respetar los turnos de palabra, a exponer las ideas y a escuchar las oponentes, ya para corregir o para reforzar posiciones, y a enriquecer el debate para que sea instructivo. Si las tertulias no precisaran de un gladiador como moderador, conseguirían mejorar las cosas, mejorándonos a nosotros mismos. Eduardo López Laguarta, Tarrasa (Barcelona)


Marginación del español

La actitud del Gobierno catalán con los atentados ha dejado mucho que desear. Su gran interés ha sido el político, sacar pecho y presentarse desligado del resto de España, incluso en lo lingüístico. Mientras la lengua mayoritaria de los barceloneses es el español, en la pancarta de la manifestación ni siquiera se usó un lema bilingüe («No tenemos miedo / No tenim por»), lo que hubiera sido un símbolo de cohesión social cuando más necesario era, haciendo llegar así el mensaje a más países del mundo. También en el Ayuntamiento de Barcelona, en la sala de condolencias, el español estaba entre las lenguas extranjeras, y por debajo de la inscripción en catalán, de mucho mayor tamaño. ¿Es mucho pedir un poco de sentido común y un mínimo respeto a la realidad social y lingüística de nuestra ciudad, señores políticos? Juan Sánchez Manrubia (Barcelona)


Desplanificación familiar

Se pueden planificar muchas cosas, pero no la familia, algo natural, como el clima o las cosechas. En África llevan siglos más pegados a la naturaleza que nosotros y una muestra de ello son sus valores familiares, abiertos a la vida, no sujetos a planificación egoísta que se aparta de lo natural y cosifica a las madres. Me apenó la soltura con la que Melinda Gates habla en XLSemanal de la planificación familiar en África como uno de sus grandes proyectos. Trabajo en una ONG y he pasado dos veranos en un orfanato de R. D. del Congo con niños descartados que no hubieran nacido si Melinda Gates hubiera estado cerca. Ya hemos tenido bastante con la colonización abusiva en siglos pasados, no impongamos nuestras ideologías a los demás y menos la cultura de la muerte que suponen los anticonceptivos y la planificación familiar. ¿Dónde están la libertad y el amor a la vida? Pablo Varela Vázquez (Orense)


Una vida por diez euros

Un joven de 18 años estuvo en julio de voluntario en una escuela de Ghana. Un día, mientras jugaba con los niños en el patio, vio que en el suelo, a pleno sol, yacía una niña. Se lo dijo a la profesora, pero esta ni se inmutó. Él cogió en brazos a la niña: hervía de fiebre. Volvió a insistir a la profesora; ella dijo: «Tú mismo, tendrá malaria…». Él, de inmediato, la acompaño a su casa. La madre, viuda y con siete hijos, le dijo que ella no podía hacerse cargo ni de las medicinas ni de llevarla al hospital. La llevó entonces el joven. Allí le hicieron analítica y él le compró las medicinas y buscó una persona que explicara el tratamiento a la madre. Todo le costó diez euros. A los pocos días la niña volvió al colegio con una gran sonrisa. Esta historia me estremeció. La primera iniciativa de todo gobernante debería ser erradicar la miseria de su país, con la colaboración de los países ricos. Qué tristeza y qué vergüenza que mueran tantos niños y seres humanos por no tener diez euros y menos. María Rosa Bonals, Tarrasa (Barcelona)