Aventuras

EL BLOC DEL CARTERO

Hay aventuras que apenas se aventuran. Hay aventuras que se venden en serie y por catálogo, como si la experiencia del aventurero pudiera tasarse, preverse y programarse. Hay aventuras de las que uno vuelve con las fotos que ya llevaba en mente al partir, con la emoción que ya reservó de antemano, sin otro aprendizaje que el de cumplir la expectativa anunciada y adquirida. Tanto da que impliquen volar miles de kilómetros, viajar a lugares exóticos, gastar miles de euros. Hay, en cambio -nos recuerda la carta de esta semana-, aventuras que uno puede vivir desde una butaca de su casa, gratis o por muy poco dinero, y que te transforman, te sacuden, te remueven hasta los cimientos y te hacen mirarte al espejo sabiendo que nada es ni volverá a ser igual. Están, desde hace cinco mil años, en los libros.

LA CARTA DE LA SEMANA

Inesperada aventura

UNA MAÑANA DE DOMINGO en la que decidí ordenar unas cajas que se mezclaban en el trastero hice un descubrimiento insólito que me ha proporcionado la mejor de las aventuras durante las dos últimas semanas. Encontré un libro que hasta el momento había pasado desapercibido a mi vista y mis manos y que pronto despertó en mí la mayor de las atenciones.

Los colores de la tapa estaban ya desgastados no por el uso, sino por el inexorable paso del tiempo. Al abrirlo, vi que databa el mismo de 1977, un año antes de la Constitución; las páginas eran de un elevado gramaje, ya poco utilizado entre los libros actuales, y se encontraban tibiamente amarillentas. La obra en cuestión era Los sitios de Zaragoza 1808-1809, guerra a muerte, del escritor Raymond Rudorff. Obra digna de cualquiera que aprecie las novelas históricas y con una manera de describir los hechos que en aquel tiempo ocurrieron que le permite a uno poder ser testigo del pasado como si de una experiencia vivida y no soñada se tratase. Junto con el tópico de no juzgar nunca un libro por su portada, esta vez merece la pena suscribir que nunca uno sabe dónde encontrará el libro de su próxima aventura.

Autor: Carlos Marqués Calvo (Zaragoza)

Por qué la he premiado….

Por una historia que nos cuenta cómo la vida está en los libros… y estos en la vida


La enfermedad del conductor

No soy conductor (soy menor y no tengo carné), pero sí puedo ver las cosas malas (y buenas) que tiene serlo. Todos los conductores sufren la misma enfermedad, desde los más tranquilos hasta los más movidos, desde los más jóvenes hasta los ancianos… Este mal consiste en la capacidad de cambiar de humor por culpa de una mala maniobra o error que comete otro conductor.

Es alucinante ver como una persona va tranquilamente conduciendo y, de repente, se pone a chillar y berrear e insultar (y no nos olvidemos de ese afán por ver la cara del otro conductor como si eso fuera a explicarlo todo) al estilo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En los coches hay una cosa llamada ‘luces largas’, y se utilizan, entre otras cosas, para llamar la atención de otro conductor por un despiste que pueda cometer. Los chillidos e insultos sobran: nadie es perfecto, todos cometemos errores. La cura para esta enfermedad es la paciencia, que no es fácil, pero un posible remedio es llevar un copiloto que te calme y te dé conversación. «No hay fallo si en realidad has aprendido de tus errores».

Autor: Tomás M. G. (Pozuelo de Alarcón)


¿España ha sido siempre así?

Qué tristeza me da nuestra historia reciente con los acontecimientos vividos con los nacionalismos. No se entiende que después de tantos cientos de años de convivencia, de tanta riqueza cultural, compartida entre todos, tengamos que destruirla por ideas obsoletas. La globalización, los medios tecnológicos, la UE han hecho que estemos más unidos, receptivos y colaboradores con el resto del mundo, y ahora queremos fragmentar y perder fuerza en el ámbito internacional. Ningún demócrata debe consentir jamás las tiranías, las tergiversaciones, la sinrazón, las manipulaciones en la historia y en los medios. Decía Benito Pérez Galdós: «¿España ha sido siempre así? Pueblo que daba relevantes pruebas de virtud, saber y heroísmo… huérfano de toda dirección… rodeado de camarillas inmundas. ¿Es en ella mentira la verdad, farsa la justicia y únicos resortes el favor y el cohecho? Y sobre ese terreno, más bien charca cenagosa, ¿se quiere fundar cosa tan grande como la paz?». No consintamos la discordia, lleguemos a la sensatez, eduquemos en la paz y en la verdad y avancemos juntos hacia el bienestar social.

José Ramón Talero Islán (Correo electrónico)


La educación o las educaciones

Compruebo con agrado con mi esposa, gallega, cuánto tienen en común la educación que recibió ella y la que recibí yo en Zaragoza, en aquel tiempo en el que la responsabilidad en materia educativa recaía en exclusiva en el Ministerio de Educación y Ciencia. Compruebo con estupefacción con mis amigos aragoneses lo poco que tienen en común la educación que reciben hoy allí sus hijos con la que recibe hoy en Galicia el mío. La educación es como los embalses que suministran agua potable a las ciudades. Si se envenena el embalse, se envenena la sociedad. Si se envenena la educación, también. Y a eso lleva este país dedicado demasiados años, especialmente en las mal denominadas ‘comunidades históricas’, donde encontrar la palabra España en un libro de texto es tarea casi imposible, salvo que sea para denigrarla.

Autor: Óscar Romero Cano (Pontevedra)


¡Ojalá!

El otro día nos sorprendía la grata noticia de que el incremento de las ventas de libros estaba ayudando a las librerías supervivientes a levantar la cabeza. A primera hora de hoy el camión que vacía los contenedores de papel estaba frente a mi casa.

Desde la ventana del cuarto piso me dio por curiosear dentro de la caja del camión en busca del XLSemanal y del periódico que yo había depositado un día antes en el contenedor. No fue fácil debido a la primera niebla otoñal que cubría la ciudad gracias a las cuatro insuficientes gotas de lluvia caídas la semana pasada. Solo dos periódicos asomaban entre el montón de cartones, coloridos papeles de envolver y multitud de pequeñas cajas de envío por correo. Ojalá esos dos periódicos fueran como las cuatro gotas de lluvia que favorecieron la aparición de la niebla. De ese modo ‘mi’ quiosquero dejaría de vender casi solo chuches.

Autor: Francisco Javier Redondo Diez (Palencia)