Niños

BLOC DEL CARTERO

El autor de nuestra carta de la semana regresa a su infancia para escribírsela, como entonces, a los Reyes Magos de Oriente; los únicos que gozan por igual del aprecio de monárquicos y republicanos, y que recompensan siempre, o casi siempre, la fe que los niños les tienen. Buena ocasión para preguntarnos, entre otras cosas, qué es lo que hacemos por ellos: por los que están bajo nuestra responsabilidad y también por los que no tienen a nadie que se haga cargo de sus necesidades o, en el peor de los casos, están a merced de quienes, en lugar de cuidarlos, los utilizan y explotan. La clave, que tantas veces olvidamos, nos la proporciona otro lector: se trata por encima de todo de saber quererlos, de imprimir en sus corazones la huella de ese cariño genuino que los salve de convertirse en adultos sin alma.

LA CARTA DE LA SEMANA

Carta de un adulto a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos: no sé si admitís cartas de adultos. Os diría, por si os vale, que esta que  os empiezo a escribir va cargada con tanta ilusión e ingenuidad como la de cualquier pequeño. Ya hace mucho desde la última que os mandé, tanto que ni me acuerdo, pero seguro que me trajisteis lo que os pedí. Esta vez quiero pediros aunque solo sea un poquito de lo que he visto en gestos y acciones de gente que me rodea. La valentía de un chico con un monopatín que salva vidas a cambio de la suya. El agradecimiento del beso que una anciana dio al bombero que en brazos la salvó del fuego. La tenacidad del deportista que tiene prótesis por piernas. El ánimo del que no pierde la sonrisa, aunque esté padeciendo enfermedad y sufrimiento. La bondad del que comparte aun teniendo escasez. La nobleza del que perdona al que le hizo daño. La constancia y la humildad de los ciudadanos anónimos que cumplen diariamente con sus obligaciones. Estas virtudes las he visto en el catálogo de la vida. Queridos Reyes Magos, vosotros que tenéis sabiduría, ¿me podríais ayudar a conseguirlo?

Javier Sánchez (Sevilla)

Por qué la he premiado…  Por saber pedir lo mejor que uno puede tener: la capacidad y la posibilidad de dar.


Por voluntad propia

«¡Cómo han cambiado las cosas en menos de cien años!». Eso pensaba, complacida, mientras mi abuela contaba hace días cómo se hacía todo cuando ella era joven. Todo era tan simple y tan… incómodo. No soy científica, pero arriesgaré un pronóstico. Puede ser que este tiempo de tecnología y modernidad sea solo un espejismo anecdótico y que tarde o temprano debamos volver a lo que mi abuela contaba, por voluntad propia o, en última instancia, por imposición de los gobiernos, en la disyuntiva entre cambiar o morir.

Y así veremos restringir la cantidad de carne que consumir, la circulación en automóvil o en avión (adiós a los viajes a Nueva York o las compras por Internet), el envasado con dos, tres, cuatro plásticos. Hasta puede que nuestros descendientes miren con curiosidad aquellas reliquias, desaparecidas hace muchos años por estar repletas de productos tóxicos, a las que llamaban smartphones o tabletas. Si no acierto y seguimos por donde vamos, tranquilos, no será para tanto. El universo seguirá existiendo sin nosotros. Solo que, en una nota al pie de los Anales de Historia del Universo, podrá leerse: «Terrícolas: dícese de los antiguos habitantes de la Tierra, extinguidos por voluntad propia».

Esperanza Rodríguez Vega, (Málaga)


Otros niños

En estas fechas tan entrañables en las que pensamos de un modo especial en el bienestar de nuestros niños, valga un recuerdo para ‘los otros niños’, los que no han celebrado nada por no tener nada que comer. Un recuerdo también para los maltratados, esclavizados, explotados… Y un recuerdo especial para los niños soldados, raptados de sus hogares tras ser obligados a matar a sus propios padres o hermanos para salvar su vida; niños utilizados como armas de guerra, a los que se les ha robado el alma, convirtiendo su vida en auténticas pesadillas. Se hacen tratados internacionales para prohibir ciertas armas de destrucción. Creo que no hay arma más destructiva que el consentir estas barbaridades. Quizá, después de tener un recuerdo para ‘los otros niños’, también podamos hacer algo más.

Olga Aguilera Sanz, Hoyos (Cáceres) 


Queramos

Considerar el proceso de aprendizaje como una superación personal siempre me ha sorprendido. Viví la educación como un continuo superar de guerras sin más interés que el propio objetivo de superarlas y ahora, desde el otro lado, solo intento lo contrario. Busco la felicidad, admiro las sonrisas de los niños al resolver un enigma y contemplo boquiabierto las carcajadas cuando decido imitar a Gracita Morales. Quisiera mandar un mensaje a todos los padres: dejemos de preguntar solo por las notas, centrémonos en las cosas positivas que el niño vive cada día, alabemos cómo ha resuelto sus problemas y queramos mucho a los niños. Hagamos de cada día un tesoro que admiren cuando sean mayores: los contenidos se adquieren en el cerebro, pero el cariño se tatúa en el corazón.

Jaime Gutiérrez Vallejo (Correo electrónico)


Solidaridad gallega

El pueblecito de Camelle, en la coruñesa Costa de la Muerte, ha protagonizado un extraordinario acto colectivo de solidaridad y generosidad: sus setecientos habitantes han aportado fondos para que la joven viuda de un pescador que se ahogó en el mar, embarazada de este y, por cierto, inmigrante, pueda comprarse una casa en la que vivir con su futuro hijo. Este gesto se suma a otros que el pueblo gallego ha realizado en los últimos tiempos y que han despertado la admiración de todo el país: la limpieza de la costa por voluntarios tras la tragedia del Prestige, la ayuda que los habitantes de Angrois dieron a las víctimas del accidente del Alvia o la colaboración entre los vecinos en la lucha contra el fuego en la ola de terribles incendios de octubre pasado. Ese mes se supo, por cierto, que el nuevo diccionario de la RAE por fin no incluía, entre las acepciones de la voz ‘gallego’, la de ‘tonto’, que figuraba antes en él. Creo que ahora, más bien, habría que reivindicar la inclusión, en su lugar, de una nueva: la de ‘solidario’, a la vista de los hechos llevados a cabo por un pueblo al que me siento orgulloso de pertenecer.

Pedro Feal Veira (La Coruña)