Lágrimas

El bloc del cartero

Admite uno de nuestros lectores haber derramado más de una lágrima el año que acaba de irse y estar dispuesto a derramarlas este que ahora comenzamos. Achaca el fenómeno en parte a la edad, que le saca los sentimientos a flor de piel y le ha enseñado también a no prohibirse exteriorizarlos. Pero llanto hay también en las cartas que nos remiten dos jóvenes lectores, que se lamentan de los pocos caminos que se ofrecen a las inquietudes y aspiraciones de los de su generación y se sublevan contra la percepción generalizada de que no se preocupan por asuntos que son para muchos de ellos, a veces invisibles, su apuesta vital. Hay quien dice que las quejas de los jóvenes son de malcriados. Ahora y siempre son la señal de que algo no marcha, una señal que solo una sociedad temeraria puede ignorar.

LA CARTA DE LA SEMANA

Ópera en el metro

Martes. 8:15 horas. Línea 3 del metro. El tren, lleno de gente que se apretuja. Caras soñolientas iluminadas por las pantallas de los móviles. Algunos escuchan música, otros leen el periódico y otros solo miran al vacío con expresión ausente. Él escucha ópera. De pie, apoyado en la puerta, mira sin ver su reflejo por la ventana. Un joven alto, de pelo oscuro despeinado y cascos puestos. El mundo está perdido, dicen. Las nuevas generaciones ya no hacen nada, dicen, no tienen cultura, no se interesan. Y, sin embargo, aquí está él. Me pregunto cuántos soñadores habrá.

Cuántos de todos esos jóvenes que pasan sus días sentados en aulas gigantescas forzando su cerebro a retener oleadas de información más o menos útil escucharán ópera en el metro. O escribirán sus pensamientos en las ventanas de sus cuartos con rotuladores de colores. O vaciarán su alma en un piano por las noches. Muchos nuevos románticos que utilizan las artes como vía de escape. Y, cuando esos jóvenes que se daban por perdidos sorprenden a todos buscando consuelo en las letras, la música y la pintura, solo queda esperar y ver cómo cambian el mundo para que se parezca más a sus realidades.

Elsa Pons Villalonga, Es Castell (Baleares)

Por qué la he premiado… Por elegir creer en la luz y la belleza, que es lo mejor que tenemos contra el túnel


A continuación el resto de cartas de la semana

He llorado y no lo lamento

Hace ya algunos años transito por esta etapa de la vida que llaman la ‘madurez’, esa en que te vas dando cada vez más cuenta de que dentro de ti hay alguien que no se corresponde con el que los demás ven. Al ‘edificio’ le aparecen las primeras humedades y grietas en la fachada; se atascan las cañerías, se enturbian los cristales, chirrían las bisagras de las puertas… Mientras tanto, ese individuo que te habita lo observa todo con asombro, incredulidad y silencio. Además, sin saber ni cómo ni por qué, recibes un regalo inesperado. Por el simple hecho de abrazar a un amigo, de ver ciertas noticias del telediario, de escuchar Nessun dorma o de musitar una oración te sube una especie de congoja que viene desde el pecho, se enreda en la garganta y aflora en pequeñas gotas de agua y sal en los ojos, que intentas disimular. Sí, ese es el don de las lágrimas. Un obsequio que, bien mirado, resulta maravilloso.

Ha pasado un año en que he llorado, y no lo lamento. Las lágrimas me han ayudado a llevar cargas y también a soltar lastre que me hería. Además, me han lavado por dentro, y lo agradezco. Este año recién estrenado espero también llenarlo de lágrimas, da igual que estas sean blancas, azules o negras. Todas sirven para combatir la sequía del corazón.

Antonio José García Gómez, Villafranca de los Barros (Badajoz)


Hace 83 años

«Cada día aparecen síntomas menos tranquilizadores… los ultrajes a la bandera española, las manifestaciones francamente antifascistas, pero en realidad francamente separatistas, con los consabidos mueras a España, por nadie reprimidos. Si casi todos los defensores de la autonomía catalana y vasca han sido separatistas, ¿cómo evitar que los Estatutos se vicien y desvirtúen, derivando en la práctica hacia la plena independencia?

No me asustan los cambios de régimen, pero me es imposible transigir con sentimientos que desembocarán, andando el tiempo, en la desintegración de la patria y en la repartición del territorio nacional. Acaso me he mostrado excesivamente apasionado: sírvame de excusa la viveza de mis convicciones españolistas, que no veo suficientemente compartidas ni por las sectas políticas más avanzadas ni por los afiliados más vehementes de los partidos históricos». Así se expresa Santiago Ramón y Cajal en algunos pasajes de Charlas de café y El mundo visto a los ochenta años. No era nuestro sabio compatriota un ultraderechista, centralista y ultraespañolista; era más bien un intelectual polifacético, no solo neurobiólogo, abierto al pensamiento de su tiempo, masón, ateo y republicano convencido. Es triste que lo escrito hace 83 años parezca una crónica actual: corría el año 1934…

Francisco Abad Alegría, San Mateo de Gállego (Zaragoza)


Estoy harto…

Harto de tanta mediocridad, de tan poca profesionalidad, de tanto egocentrismo, de la corrupción, del inmovilismo político y social, de que las empresas se aprovechen de las juventudes con sueldos miserables y contratos precarios; harto de la dirección política de las administraciones que no buscan mejorar.

Siento lástima de mi generación y de mí, ya que, pese a nuestras ilusiones, nuestra superformación y nuestras ganas de cambiar el mundo, todo sigue igual. Aún recuerdo los textos de Historia del instituto; en concreto, que, durante la peste bubónica, el sentir popular era de desesperación: creían que sería el fin del mundo. Salvando las distancias, eso mismo sentimos millones de personas, pero no… Pese a las adversidades, el ser humano ha seguido avanzando. Y llegará otra etapa en la que lo hará de nuevo. Mientras tanto, las altas esferas y los poderes deberían preocuparse por este sentimiento cada vez más frecuente entre los más jóvenes.

Javier Calvo Sabio (Correo electrónico)