Mercado

El bloc del Cartero

No ha mucho que un antiguo superministro, vicepresidente, banquero y gobernante de las finanzas mundiales, ahí es nada, se encogió de hombros ante una comisión parlamentaria que trataba de pedirle aclaraciones sobre el ejercicio de sus muchas responsabilidades. En lugar de rendir cuentas o reconocer algún desliz, que bien pudo tenerlo quien tanto abarcó, le pasó la pelota de todo al mercado, ese concepto abstracto en el que algunos descargan todos sus males y al que, paradójicamente, suelen reputar, por otra parte, capaz de proveer todos los bienes. Se duele uno de nuestros lectores de tanta desfachatez y tanta falta de respeto hacia quienes nunca apostaron en el mercado y han de pagar sus platos rotos. Travesuras de niños ricos, nos dice otro, que juegan con todo y no piensan responder jamás.

LA CARTA DE LA SEMANA

Gracias

Esta es una carta de agradecimiento. Frente a las condenas y reclamaciones, que tantas veces son razonadas y razonables, esta carta despertará –creo– asombro, o desprecio, o quizá sea tomada como una broma de mal gusto. Soy un profesor jubilado. Trabajé en la enseñanza más de treinta años, aparte de en otras ocupaciones en mi juventud. Pero ahora llevo ya veinte años cobrando mi pensión. Cobrando sin trabajar. No es mucho, pero me da para vivir. Y, la verdad, me siento si no culpable, sí un privilegiado. Ya. Se me dirá que yo también coticé durante mi vida activa. Pero, sumando –si se pudiera, haciendo las correspondientes correcciones– lo cotizado y comparándolo con lo ya cobrado, creo que salgo ganando… y mucho.

Y pienso en tantos jóvenes, y no tan jóvenes, a los que ahora les toca cotizar para un futuro que no augura nada bueno. «¿Para qué?», dirán. Si no cambian las leyes y el actual sistema drásticamente, nadie cobrará un maravedí. Por otro lado, también pienso en los que actualmente cobran pensiones ridículas, como algunas viudas. Por todo ello, quiero agradecer aquí –a quien corresponda– el bienestar actual de algunos privilegiados, como el que suscribe.

Rafael L. Peón. Getxo (Vizcaya)

Por qué la he premiado… Por la lección de gratitud, esa disciplina en la que todos andamos escasos


Las manos de un hombre

Despacio, con el cuerpo erguido, con la mirada triste y baja, pero con la cabeza alta. Las manos, ocupadas. Una recogía con fuerza la mano de su hija, la otra repetía el gesto con la mano de quien fue su esposa. Manos protectoras, firmes, envolventes, llenas de comprensión y amor. Manos de quien se sabe fuerte ante su familia. Lentamente, preso en su dolor, camina con los suyos hacia la tumba de su hija.

Allí depositarán a la joven asesinada. Allí despedirán su féretro, recuerdo imposible de asimilar por un padre. La escena rebosa tragedia y, en ella, protagonistas las cálidas manos de un hombre, que expresan: «Estamos juntos, os quiero, estoy aquí para protegeros y ayudaros a soportar el dolor». Las manos, cuántas cosas dicen unas manos… (En memoria de Diana Quer, un poco hija y hermana de todos).

María Teresa de Cepeda Izquierdo (Madrid)


Niños ricos

Mis queridos niños ricos: es complejo desgranar mis reflexiones en un espacio tan reducido, de lectura rápida, como este al que opto. Pero, como acostumbro, pienso siempre en el otro lado, en el que no soy yo. Mi Yo ya me lo conozco más o menos, o en eso estoy. Creemos que los pobres tienen un problema. No nos damos cuenta de otro, mucho más grande. Que nosotros somos demasiado ricos. Y eso se traduce en dos facetas: la primera, que nos estamos fumando (literalmente) el mundo, y es una hipoteca a futuro desbocada. El segundo, que eso corrompe. Cuando yo era pequeño (hace bastante), los niños ricos eran tontos y caprichosos, por tenerlo todo. Pues eso, ahora, la inmensa mayoría de los niños (y de los adultos, entre los que me cuento) no valoran (no valoramos, ya lo he aclarado) los valores, solo los bienes.

Cualquier futuro se plantea en términos de crecimiento, consumo, tecnología… sin pensar casi nunca en las consecuencias. Todos sabemos que vamos cuesta abajo y sin frenos, con la venda en los ojos, y a estas alturas el daño ya es en parte irreparable, pero quedan otros muchos reparables, por supuesto, y un futuro que debemos cuidar.

Manuel Peleato (Pamplona)


No muchos, pero preparados

El pasado 8 de enero, más de 3000 vehículos quedaron atrapados en la autopista de peaje AP-6, una autopista convertida en un congelador de 80 kilómetros. Gracias a la Unidad Militar de Emergencia (UME), que trabajó dura e intensamente día y noche a una temperatura que bajaba de los cero grados, se pudo movilizar a la mayoría de los vehículos a pueblos y a hogares cercanos para que las personas que en ellos viajaban no se congelaran.

El proceso duró desde la noche del sábado hasta las 14:30 del domingo, cuando se terminó de despejar la autopista. No muchos hombres, pero sí bien preparados, lograron así arreglar una mala vuelta de vacaciones sacrificando las suyas propias, así que muchas gracias.

Tomás Montilla García, Pozuelo de Alarcón (Madrid)


El mercado

No sorprendió realmente el exministro Rodrigo Rato por sus recientes declaraciones en el Congreso de los Diputados. Quizá sí, por su desfachatez. «Es el mercado, amigo». Esa fue la frase, acompañada de una sonrisa burlona, con la que nos confirmó en la idea de que, para algunos, todos los años de burbuja inmobiliaria, de negra crisis, de ERE, de desahucios… todo aquello no era más que un juego, una especie de Monopoly en el que solo uno gana mientras el resto lo pierde todo. Es posible que así fuera para esos accionistas privados de los que dice que han perdido miles de millones de dólares. Ninguna pena.

Al fin y al cabo sabían perfectamente a lo que jugaban y habían aceptado las reglas del juego en pleno ataque de avaricia por multiplicar la inversión a cualquier costa. El resto, los miles, millones de trabajadores que perdieron lo único que tenían, su empleo, no tenían ninguna intención de jugar; es más, ni siquiera sabían que estaban jugando. Porque hay cosas con las que no se juega. No nos ofenda, señor Rodrigo Rato. Bastante daño han hecho ya. No venga, encima, a reírse de nosotros.

Leonardo Martínez Expósito (Zaragoza)