Corazón

El bloc del cartero

«Allá donde vayas, ve con el corazón», nos cuenta una de nuestras lectoras que le decía siempre su madre. Con ello reproducía, acaso sin saberlo, la misma idea que según refiere el murciano Ibn Arabi le inculcó la maestra sufí Nuna Fátima bint ibn al-Mutana -una de esas grandes mujeres de nuestra historia, que vivió en Sevilla y a la que hoy casi nadie recuerda… ni en su propia ciudad-: «Has de estar, ahí donde estés, con toda tu persona». La vieja sabiduría nunca pasa de moda, y de vez en cuando conviene sustraerse a las urgencias y afanes pequeños del día a día para remontarse y hacerse las grandes preguntas. Esta semana nuestros lectores escriben sobre la muerte, la justicia, la memoria. Esos asuntos que solemos eludir, pero que no podemos ignorar, a riesgo de acabar yendo por ahí sin corazón.

LA CARTA DE LA SEMANA

Esa paz del recuerdo

Tengo un recuerdo al que suelo acudir como a un oasis en tiempos de sequía. Sería la hora del recreo. Aquella niña de once años que yo era se encontraba en la biblioteca. Mi mirada se detuvo en un libro antiguo, casi desencuadernado. En su portada se leía: «Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer». Tan solo unas líneas cambiaron mi forma de sentir para siempre. «Sabe, si alguna vez tus labios rojos / quema invisible atmósfera abrasada, / que el alma que hablar puede con los ojos, / también puede besar con la mirada». Desde aquel día, esa niña se convirtió en una imagen de debilidad para sus adultos, ausente para algunos, triste para otros, quizá demasiado soñadora para los más cercanos.

Hoy, muchos años después, sigo leyendo ese libro, me introduzco en él y desaparezco. A mi espalda, alguien me pregunta qué leo, luego arquea una ceja y dice: «Eso no vale para nada». Entonces rememoro mi día: los gritos habituales, el tráfico, la forma de esconder los sentimientos ante otros como si fuesen algo vergonzoso… Ya ni le devuelvo la mirada, solo me siento otra vez una niña entre adultos y me digo: volvamos al pasado, a ese amor que quema, a esa paz del recuerdo.

Nerea Bartolomé Gil (Logroño)

Por qué la he premiado… Por mostrar, en tan poco, lo mucho que pueden el arte y la memoria.


No tiene precio

La mamá de Forrest decía que la vida es como una caja de bombones. La mía, que, allá donde vayas, ve con el corazón. Y con él voy, y a veces juraría que se para, por ejemplo, cuando veo a un adolescente entrar a una cafetería y pedir, con voz entrecortada y baja, quizá por vergüenza, acercándose a cada cliente, algo para comer. Y parado se queda cuando nadie en esa cafetería le presta la mínima atención, como si no existiera. Sí, ya sé que hay comedores sociales, ayudas, etcétera; pero lo que cuenta, como en este caso, es el momento, el lugar y la persona: o lo haces o no.

No soy una buena samaritana ni hago una buena obra al día, pero la forma y la mirada con la que ese chico me dio las gracias por pagarle «una pequeña ronda» y ver cómo se lo comía, con hambre y ansiedad contenida, hizo que se me escapara una lágrima; quizá tenía el día sensible o pensé en mi hijo, que más o menos tiene la misma edad, y si por alguna causa -Dios no lo quiera- se viese en esa situación, pido, por favor, que alguien, quien sea, lleve ese día el corazón en la mano y pueda pagarle un simple café y un pincho de tortilla. En el peor de los casos, solo le costará una lágrima.

Ana Atxa (Bilbao)


En esta selva de intereses

No estoy en el vapor del Corazón de las tinieblas para escribir como Joseph Conrad la terrible maldad de quienes se creen civilizados ni en la jungla de Vietnam donde el capitán Willard conoció el Apocalypse now: estoy tras la ventana de una clase de instituto. A la espera de que lleguen los alumnos que acaban de tener su recreo, sobre el suelo del patio veo restos de bocadillos, pan y algunas rodajas de fiambre. Grajos, picarazas, tórtolas y gorriones se lanzan a devorar la pitanza. Como Conrad y Willard sueño con encontrar a un hombre altruista, Kurtz, que nos rescate de este delirio sin sentido en el que los avispados saquean hasta las migajas de los más indefensos, y me pregunto si, como ellos, no lo encontraré ya sin razón, enfermo, cansado y enloquecido en esta selva de tantos intereses.

Por eso me refugiaré en el arte de quienes, como Conrad o Coppola, me hagan creer que aún puede haber en los hombres la civilización que nos separa de las bestias. «Si ya están en silencio, hoy quiero trabajar con ustedes una obra de Conrad, El corazón de las tinieblas; cuenta el viaje que Marlow hace a través del río Congo en busca de Kurtz, el jefe de una explotación de marfil… En la clase de mañana veremos la adaptación cinematográfica de la novela, Apocalipsis now, y comentaremos similitudes».

Javier Fatás Cebollada (Zaragoza)


Mi muerte es una buena amiga

En 2017, en mi familia nos dejaron cuatro miembros: un primo, una abuela, una tía y mi padre. Me he hecho muchas preguntas, hasta querer comprender la tan temida muerte. Tal vez no sea interesante para una lectura colectiva, la sociedad recurre a los sentimientos solo cuando sufre. En mi reflexión, me salieron estas breves palabras. El vivir debería ser un recordatorio constante sabiendo que nacemos obligados a morir. Me enfado muchas veces con la muerte. Muchas. No tengo remedio, necesito comprenderla.

Me cuenta que ella no es estúpida, que no siempre mueren aquellos que deberían morir. Y, como puede elegir, decide llevarse gente buena. Ahora la comprendo, no me peleo con ella, algún día ella decidirá que estemos cara a cara. Y me permite hacerle alguna pregunta. ¿Por qué no vivir mejor? Ella nace con nosotros y no muere con nosotros. Ella es, con la vida, lo único que perdura. Si queremos vivir mejor, debemos aceptar que también debemos morir. Mi muerte es una buena amiga que tiene corazón. Injusta será siempre porque siempre esta aquí. Si hoy estoy vivo es porque algún día estaré muerto. No me enfado con ella, ahora la comprendo. Nunca estarán muertos aquellos que deberían estarlo, igual que nunca estarán vivos aquellos que no deseamos.

David Creus Carrasco, Mollet del Vallès (Barcelona)