Casi el 30 por ciento de la población mundial padece algún tipo de alergia, y los afectados en España son ya 10 millones, pero podrían ser 30 en pocos años. La ciencia no logra aún responder a muchos de los interrogantes de lo que ya es una pandemia, aunque sí tiene cada vez más certezas y herramientas para conocer mejor al enemigo y poder, por fin, erradicarlo. Por Daniel Méndez

En España hay ya 10 millones de alérgicos, casi una cuarta parte de la población. Y, según la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica, podrían llegar a ser 20 e incluso 30 millones en la próxima década. En Europa ya son 80 millones y cada año su incidencia aumenta un 2 por ciento.

¿A qué se debe esta epidemia? Los científicos se han ido a buscar su origen a Karelia, entre Finlandia y Rusia, donde una población con una información genética muy similar vive con unas condiciones de vida muy diferentes. En la región oriental, los niños crecen expuestos a diversas sustancias alérgenas presentes en el aire, el agua, los alimentos… Su sistema inmune está así constantemente estimulado desde la infancia y ‘aprende’ a regular una correcta respuesta a esas sustancias, algo que no ocurre en el aséptico modo de vida de la Karelia occidental, donde la presencia de esos mismos alérgenos es más baja, pero hay más alergias. Esto se traduce en que las proteínas que regulan nuestro sistema inmune, en especial los llamados ‘receptores de tipo Toll’, reaccionan con un excesivo celo a la presencia de sustancias patógenas. Al entrar el alérgeno en contacto con nuestro organismo, este, que ha interpretado erróneamente que se trata de una sustancia nociva, comienza la producción de anticuerpos -inmunoglobulina E- que provocan las reacciones englobadas en la alergia: inflamación de la mucosa nasal, estornudos, rinorrea acuosa, picor en oídos y ojos, urticaria.

Todo porque, a lo largo de los siglos, nuestro organismo se ha preparado para vivir en un entorno hostil que en el modo de vida occidental ya no existe. Esta es la denominada ‘hipótesis de la higiene’. Un enfoque útil, pero que no explica muchos interrogantes. Para empezar, el origen… ¿Por qué hay cada vez más afectados? Donde la teoría de la higiene se queda corta, los expertos señalan al cambio climático. El incremento de las temperaturas no solo aumenta la incidencia de enfermedades como la malaria. Los altos niveles de dióxido de carbono presentes en la atmósfera aceleran el crecimiento de plantas cuyos pólenes desencadenan alergias estacionales. Además, los altos niveles de contaminación en las grandes urbes agravan el problema. Los expertos le dan el nombre de ‘teoría del diésel’: las partículas diésel en el ambiente deterioran las membranas de granos de polen, haciéndolo más agresivo en la ciudad que en el campo.

Por otro lado, los hábitos alimentarios se han modificado. La globalización ha erradicado casi la estacionalidad de lo que comemos. Las frutas y verduras están hoy disponibles todo el año, con lo que aumenta también la exposición a potenciales sustancias alérgenas. Esto explicaría incluso el incremento de casos de alergia a la soja, por ejemplo, presente en lácteos, galletas, panes… Por otro lado, aparecen nuevos productos, elementos exóticos en nuestra dieta, que pueden acarrear reacciones inmunológicas. Si a ello sumamos el problema añadido de las alergias cruzadas, el riesgo se incrementa exponencialmente. Y es que un mismo alérgeno puede estar en diversas sustancias que, en apariencia, no guardan relación. Por ejemplo, la tropomiosina, una proteína del músculo de los ácaros, se encuentra también en crustáceos como las gambas. O el látex -que más casos de alergia ha desatado en los últimos años- posee más de 10 alérgenos distintos, y algunos de ellos están presentes en el plátano, el kiwi, la patata… Y hablando del látex, un nuevo factor de riesgo: la alergia ocupacional.

El látex -que desata cada vez más alergias- posee más de diez alérgenos, muchos de ellos presentes en el plátano, el kiwi, la patata…

Nace en el puesto de trabajo, ante una exposición constante a un producto, como el propio látex en los hospitales o las harinas en hostelería. Eso le pasó a Óscar Palomares, miembro del departamento de bioquímica y biología molecular I de la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la investigación de los alérgenos y durante la realización de su tesis doctoral se sensibilizó a uno presente en el polen de olivo. Es un caso de alergia ocupacional excepcional entre científicos, pero común en otras profesiones. De ahí que lo recoja la revista especializada Allergy.

Así, las causas que generan cada vez más las alergias son multifactoriales y más complejas de frenar de lo que se creía hace años. Con todo, los investigadores cuentan con nuevas herramientas que amplían su conocimiento y su marco de acción. ¿Uno de los mayores avances? La aplicación de los microarrays, que detectan genes que producen ciertas enfermedades. Mediante fragmentos de ADN, permite analizar a su vez la reacción a distintos alérgenos. Su principal ventaja es que, si con la técnica de antes se estudiaba la reacción a 10 alérgenos, con los microarrays se analiza la reacción a más de 100.

La investigación molecular y genética supone así un gran paso, ya que permite identificar moléculas alergénicas individualizadas. “Antes utilizábamos extractos completos de un alérgeno -por ejemplo, un ácaro, polen…- y medíamos la respuesta de los anticuerpos frente al extracto completo” , explica la doctora Montserrat Fernández Rivas, del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Si hasta hace unos años hablábamos, por ejemplo, de alergia al melocotón o al polen de gramíneas, ahora, con el diagnóstico molecular, hablamos de alergias a proteínas concretas. Pese a ello, el tratamiento personalizado está aún lejos, dada la complejidad de la reacción: por el lado de las personas, hay muchos genes implicados, y por el del los alérgenos, muchos componentes alergénicos.

“En el polen de las gramíneas -detalla Fernández Rivas hay 10 alérgenos implicados, y el paciente no reacciona a todos, sino solo a alguno. Las posibles combinaciones entre genes y alérgenos son demasiadas”. Así, una combinación entre la teoría de la higiene -la población urbana es más sensible a los alérgenos-, la teoría del diésel -los alérgenos en la ciudad son más potentes- y las nuevas alergias ocupacionales y alimentarias, fruto de la globalización, explica en parte el aumento de las alergias en las poblaciones urbanas.