La pasión que Hitler sentía por el arte tuvo consecuencias dramáticas: el saqueo sistemático de cientos de miles de obras de arte en toda Europa. Por Suzana Mihalic

El joven que salía de la Academia de Bellas Artes de Viena, una tarde de 1908, tenía la desilusión pintada en su rostro. Era ya la segunda vez que suspendió las pruebas de admisión por falta de talento, la primera vez en Bellas Artes y la segunda en Arquitectura.

Adolf Hitler, que entonces tenía 18 años, no terminó la educación secundaria ni tenía oficio, y su sueño era ser artista. Sentía pasión por las bellas artes, la arquitectura y la ópera, especialmente por las composiciones de Richard Wagner. En los siguientes años pintaría al menos un cuadro al día para venderlo y ganarse la vida. Al parecer, los clientes que se hicieron con sus dibujos a pluma, lápiz, acuarelas e incluso carteles publicitarios eran sobre todo intelectuales y empresarios judíos, habituales mecenas de artistas jóvenes de la época.

Pinturas, esculturas, oro, plata… A medida que extrendía sus tropas por Europa, su colección crecía

Debió de ser un trago amargo para el solitario artista fracasado, ávido de ambición y uno no puede dejar de preguntarse: “¿Y si hubiera sido admitido en la Academia de Bellas aquel día…?”.

La devoción que Hitler sentía por el arte tuvo sus consecuencias: un saqueo sistemático de cientos de miles de obras de patrimonio cultural de valor incalculable. Pinturas, esculturas, objetos arqueológicos, oro, plata… y muchas de ellas, destruidas o todavía en paradero desconocido. A medida que iba extendiendo sus tropas por Europa, su colección de arte iba creciendo con el objetivo de reunir la colección del Führer para su futuro museo en la ciudad austriaca de Linz, un gran proyecto con un edificio para cada disciplina artística que nunca se llevó a cabo.

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Pero no todo tenía el mismo valor

Como el arte tenía que servir a sus propósitos propagandísticos, debía ser fácil de entender. Detestaba el arte de los grandes movimientos como expresionismo, dadaísmo, cubismo y surrealismo, ya que estimulaban el pensamiento y la reflexión. En estas obras se escondía el peligro de encontrar razones de crítica hacia su régimen. Si la sociedad reflexionaba sobre las obras de arte, acabaría reflexionando también sobre Hitler, y esto podría ser peligroso. Su objetivo de dominar las artes se extendía inevitablemente al dominio sobre las mentes de los creadores. A diferencia de los saqueos en otros conflictos bélicos, Hitler añadió una gran carga ideológica a su proceso de purificación artística.

En 1937 inauguró dos grandes exposiciones, ambas en Múnich. La gran exposición de arte alemán, presentada en la Casa del Arte Alemán, reflejo de la estética de Hitler y de la heroica raza aria inspirada en la escultura griega y el renacimiento italiano, y el arte degenerado, con 650 obras confiscadas de 32 museos en Alemania, obras de la vanguardia que fueron acompañadas de imágenes de personas mutiladas y discapacitados mentales y físicos para crear rechazo entre los 3 millones de visitantes que la vieron en 12 ciudades. Entre los artistas ‘prohibidos’ se encontraban, entre otros, Picasso, Ernst, Dix, Klee, Kandinsky, Munch o Kokoschka. Este último fue, curiosamente, competidor de Hitler cuando intentaba conseguir la plaza en la Academia de Bellas Artes en Viena y en la que Oskar Kokoschka sí fue admitido.

Alfred Rosenberg, considerado como el más importante ideólogo del nazismo, convenció a Hitler de no destruir el arte degenerado, sino de crear una comisión de explotación del mismo para comercializarlo con la ayuda de marchantes y con la subasta de Lucerna en 1939, que atrajo principalmente a coleccionistas americanos. Uno de los cuadros más destacados de la subasta fue  Autorretrato, de Van Gogh, incautado en la Neue Staatsgalerie de Múnich en 1938. Se vendió a un banquero y filántropo de Nueva York, quien donó su colección al Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard, donde la obra se expone en la actualidad. Rosenberg fue también máximo responsable del ERR, un organismo especializado en el expolio de arte puesto en marcha en 1940 coincidiendo con la ocupación de gran parte de Francia. París era un centro artístico de primer orden y uno de los sueños de Hitler.

Göring se llevó a Alemania 58 cajas de esculturas de mármol. Reunió en su lujosa mansión más de 2000 obras

Las obras confiscadas en Francia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo y que pasaron el filtro de ‘degeneradas’ fueron trasladadas en camiones y trenes especiales hasta Alemania y Austria, mientras que otras se convirtieron en moneda de cambio para adquirir arte más germánico. Para poder almacenar el gran botín, utilizaron el edificio del museo Jeu de Paume y el jardín de las Tullerías, donde las obras eran fotografiadas y catalogadas para el archivo nazi. Hoy, esta gran base de datos está a disposición de todo interesado y en ella puede consultarse un listado de 20.000 objetos de arte incautados entre 1940 y 1944 en Francia y Bélgica. En este listado, el mayor hasta la fecha, se incluyen obras de Picasso, Goya, Dalí, Chagall o Monet.

Otro gran protagonista del expolio nazi fue el mariscal Hermann Göring, quien mandó construir los primeros campos de concentración en Alemania y creador del cuerpo militar conocido como Kunstschutz (Protección de Arte), al servicio del expolio. Era conocida su codicia y su afán de ostentación. En París, antes de que las obras partieran hacia Alemania, Göring seleccionó su parte del botín y, desde Florencia, con el pretexto de proteger las obras de los bombardeos, desplazó a Alemania 58 cajas de esculturas de mármol y bronce entre las que se encontraban obras de Donatello o Miguel Ángel, 26 esculturas de la Antigua Grecia y 291 pinturas de gran formato con piezas de Botticelli o Rafael, entre otros. Fueron más de 2000 las obras que reunía en su lujosa mansión, llamada Carinhall, a las afueras de Berlín, pero ya en 1943 su obsesión por proteger su tesoro lo llevó a trasladar gran parte de la colección a una mina de sal cerca de Altaussee, en Austria, al empezar sospechar que la guerra estaba perdida.

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En 1945, Göring mandó otra gran parte de las obras en trenes especiales a los búnkeres de Berchtesgaden en Bavaria, pero los aliados los pararon y la mayoría de las obras pudieron ser recuperadas. De todas maneras quedan hoy más de 100.000 por localizar. Existen diversas organizaciones que trabajan para conseguirlo e identificar a sus legítimos propietarios, pero se trata de un proceso complejo, especialmente cuando el nuevo propietario compra la obra de forma legal en una subasta o galería. Hay varias organizaciones que luchan por la recuperación y restitución de obras, como Looted Art, fundada por Anne Webber en 1999 con sede en Londres y que manejan una gran base de datos.

El tribunal de Núremberg consideró que el expolio de bienes artísticos y culturales en países ocupados fue un acto de crimen de guerra y una violación de los derechos humanos , recuerda Webber.