Los especialistas buscan las claves de por qué lo hemos olvidado todo sobre nuestros primeros tres o cuatro años de vida. Un tiempo en el que, se ha confirmado, generamos recuerdos pero no memoria autobiográfica por no tener aún conciencia de nosotros mismos. Pero si esos recuerdos existieron alguna vez, ¿siguen en nuestro cerebro? ¿Se pueden rescatar? ¿O el disco duro los ha borrado para siempre? Por Daniel Méndez

Eche la vista atrás y trate de recordar. ¿Hasta dónde llegan sus recuerdos? Lo más probable es que, a lo sumo, se remonten a cuando usted tenía unos cuatro años. Tres, quizá. Y, si acaso, a alguna tenue imagen de acontecimientos anteriores a esa fecha. Así ocurre en la mayoría de los casos. ¿La causa? La llamada ‘amnesia infantil’. Un concepto acuñado por Freud hace más de un siglo que sigue hoy tan vigente como entonces. Freud fue el primero en observar la laguna que sume nuestras primeras vivencias en una zona oscura e inaccesible una vez que alcanzamos la edad adulta. Si bien hoy el estudio psicoanalítico de este fenómeno se ha enriquecido con aproximaciones desde distintas ramas de la ciencia.

Donde el célebre austriaco vio una necesidad de camuflar las perversiones sexuales habidas en la más tierna infancia, neurólogos y pediatras han encontrado a lo largo del último siglo y especialmente en los últimos años otras explicaciones.

La primera pregunta que se plantea es: ¿tienen o no memoria los menores de tres años? Durante mucho tiempo se zanjó el dilema con un rotundo ‘no’. Pero hoy la percepción ha cambiado mucho, debido principalmente a que los investigadores han dado con el modo de ‘preguntar’ a quien no puede responder.

Un asiático recuerda desde los 4,8 años: un maorí de Nueva Zelanda, desde los 2,7 años, mucho antes que un europeo

Es fácil averiguar datos acerca de la capacidad de recordar de un adulto: basta con preguntarle. Pero ¿cómo hacerlo con quién todavía no sabe hablar? A través de experimentos basados en la imitación: repitiendo una secuencia de movimientos que un adulto ha realizado delante de ellos. Ha de ser algo que llame su atención, para que muestre interés en repetirlo algún tiempo después, unas horas, un día, una semana… Por ejemplo: montar un juguete o encontrar un peluche escondido en un cajón.

A día de hoy se han publicado muchísimos estudios, y todos llegan a la misma conclusión: la memoria existe desde edades muy tempranas y, al mismo tiempo, el lapso de tiempo que somos capaces de recordar se incrementa con la edad. Los estudios revelan que la memoria de un bebé de seis meses es muy limitada, remontándose apenas a unos días. Con nueve meses los recuerdos nos trasladan hasta un mes atrás; con un año podemos evocar acontecimientos vividos seis meses antes, y con dos años somos capaces de recordar -y reproducir- eventos ocurridos casi un año atrás.

¿Por qué, entonces, estos recuerdos desaparecen con el tiempo? Las respuestas son varias. Por un lado, el desarrollo del cerebro encierra claves importantes: al nacer pesa unos 350 gramos, aproximadamente una cuarta parte del tamaño que alcanzará en la edad adulta. La mayor parte de sus neuronas están ya presentes desde los primeros momentos de nuestra vida. Sin embargo, faltan las conexiones neuronales que permiten un correcto procesado de la memoria autobiográfica.

Hay dos regiones directamente implicadas con el recuerdo a corto y largo plazo: el córtex prefrontal y el hipocampo. Lo que vemos, oímos, olemos o saboreamos se almacena en las capas superficiales del cerebro: el córtex. Así, los pequeños son capaces de recordar un evento reciente, como la visita al zoo o a casa de un familiar.

Pero para que esas sensaciones permanezcan ‘disponibles’ a largo plazo, deben consolidarse en nuestro cerebro. Aquí es donde entra en juego el hipocampo: su papel es crear los enlaces duraderos entre los diferentes aspectos de la experiencia que se almacenan en el córtex.

Patricia Bauer, que investiga los procesos de memoria infantil en la universidad de Emory (Memory at Emory, así se llama el laboratorio que allí rige), utiliza una analogía culinaria para explicarlo: “El proceso de consolidación de los recuerdos es como la elaboración de la gelatina. Al principio, esta es blanda y necesita un molde para mantener su forma”

Los recuerdos recientes serían aquí la gelatina; el hipocampo, el modelo y el proceso de refrigeración responde a la formación de una serie de conexiones neuronales entre el hipocampo y el córtex frontal: Y estas se establecen a lo largo de un proceso que se extiende a lo largo de la infancia y la adolescencia. Entretanto, aquellas sensaciones experimentadas antes de que el cerebro haya alcanzado su madurez se pierden y somos incapaces de recuperarlas a voluntad.

La memoria depende de muchos factores, sobre todo de la relación entre padres e hijos. “A recordar se aprende recordando”

Sin embargo, quedan todavía lagunas por resolver. Por ejemplo, los investigadores han apreciado importantes diferencias culturales en la amnesia infantil. Los europeos y americanos podemos trasladarnos más allá en la línea del tiempo que los asiáticos -cuyo primer recuerdo se sitúa, de media, en los 4,8 años-; los maoríes de Nueva Zelanda, por su parte, fechan sus primeras memorias en torno a los 2,7 años de edad, varios meses antes que los occidentales.

¿Por qué? Porque la memoria no es una abstracción que se desarrolla de manera aislada, sino que depende de muchos factores, entre los que tiene un especial peso la relación entre padres e hijos.

Mientras en Europa y Estados Unidos los padres instan a los pequeños a recordar eventos relacionados con su propia vida, en Asia hacen más hincapié en instaurar las normas sociales y las relaciones de grupo. Es decir, a través del discurso, los padres ayudan a los pequeños no solo a recordar, sino a organizar esos recuerdos. “A recordar se aprende recordando” , resume Bauer.

De hecho, los investigadores centrados en este aspecto verbal de la memoria han observado dos estilos en la manera en que los padres tienen de hablar con sus pequeños. Por un lado, un estilo más elaborado, en el que los padres evocan a menudo el pasado -incluso antes de que el pequeño pueda hablar- y buscan así la participación del menor en el proceso. Esto se traduce en una mayor capacidad del menor para recordar. Otros padres, en cambio, utilizan un discurso más repetitivo, potenciando así menos -casi siempre sin saberlo la memoria de sus hijos.

Esto explicaría por qué, pese a que la amnesia infantil es un fenómeno universal, existen notables diferencias entre unas personas y otras. Mientras algunos podemos rememorar eventos sucedidos cuando contábamos solo tres años, para otros todo lo acontecido antes de los seis, siete y hasta ocho años es un misterio.

Y aquí nos topamos con otro de los elementos fundamentales de la memoria: el lenguaje. La existencia de una palabra para mencionar un objeto nos permite encasillarlo y colocarlo en el lugar correcto de nuestra experiencia y de nuestra memoria. “Seguramente no sea casualidad que el periodo de la amnesia infantil esté dominado por unas capacidades verbales muy limitadas” , explica Harlene Hayne, investigadora de la universidad neozelandesa de Otago. Y añade que, de hecho, es una de las respuestas que, de manera intuitiva, aportan los padres cuando se les pregunta acerca de esta imposibilidad de recordar. “El lenguaje -añade la investigadora- cumple dos importantes funciones. Por un lado, la capacidad de los menores de codificar la información en un formato lingüístico incrementa la calidad y la durabilidad de una representación determinada. Por otro, al utilizar el lenguaje para acceder a esa información, se incrementa el número de situaciones en las que podemos recuperar un recuerdo concreto”.

Un niño se reconoce en el espejo a los 18 meses. Y solo a los 3 años piensa; “Mis pensamientos son míos”

Es decir, que si tenemos la palabra ‘mesa’ alojada en nuestro cerebro, no necesitamos tener una mesa delante para evocarla. El lenguaje codifica la información y nos permite acceder a ella. Y nuestra capacidad de recordar evoluciona con él.

Pero hay más. Mark Howe, investigador de la universidad de Lancaster, alude a la importancia del concepto del yo, de la propia identidad. Sin él, no puede existir la memoria autobiográfica. Howe lo explica así. “Es necesario un sentido de la propia identidad para tener recuerdos de lo que nos ha ocurrido. Antes de eso, podemos recordar acontecimientos que hayamos visto, pero no son cosas que nos ocurrieron a nosotros. No podemos hablar todavía de una memoria autobiográfica”. El yo, afirma, contribuye a organizar el recuerdo. De hecho, se ha comprobado que los pequeños normalmente reconocen su reflejo en un espejo a partir de los 18 meses; en torno a los dos años aparece el omnipresente “mío” en su vocabulario, y entre los dos y los tres años comienzan a experimentar sensaciones como la vergüenza. Es, sin embargo, a partir de los tres años cuando comienzan a ser conscientes de su autonomía para pensar: “mis pensamientos son míos”. Es decir, hay un concepto complejo de la propia identidad y, casualmente, coincide con la barrera habitual de los primeros recuerdos, con la formación de una memoria autobiográfica que tiene visos ya de convertirse en algo duradero.

Probablemente, ninguno de los factores mencionados -el lenguaje, el desarrollo neurológico de nuestro cerebro, el concepto del yo- sea suficiente por sí solo para explicar la amnesia infantil. Pero entre todos contribuyen a aclarar una incógnita que ha traído de cabeza a los estudiosos desde que Freud cayera en la cuenta del fenómeno. Quedan, con todo, dudas por resolver. Por ejemplo, una vez comprobado que los pequeños recuerdan, pero más tarde olvidan…  ¿podríamos acceder a esos recuerdos con las herramientas cognitivas adecuadas? ¿O el disco duro se ha borrado para siempre?


Las edades de la memoria

Con un año. Tenemos ya los llamados ‘recuerdos implícitos’ (inconscientes), como los ruidos de mamá en la cocina que anuncian que prepara el biberón. La memoria implícita encierra también las vivencias reiteradas, que revivimos a nivel emocional, no racional.

Con dos años. Empezamos a desarrollar otra memoria complementaria: la ‘explícita’ o consciente, que actúa bajo dos formas: recuerdas datos de tu propia vida (memoria autobiográfica) pero también de lo que ocurre a tu alrededor.

Con tres años. Identificamos ya bien lo que hemos visto (mesa, casa, perro, hermano) y empezamos a reproducir u organizar lo recordado. Podemos contar una experiencia reciente, narrarla según la revivimos y hasta planificar algo del futuro inmediato.

Con cinco años. Ya tenemos completamente desarrollada la memoria explícita episódica, que nos permite almacenar cada vez más datos autobiográficos y comprender y relatar después, cronológicamente, lo que vivimos. Ya hay casi total conciencia del yo.