Asier Adrián C. Correo electrónico

Esta vez voy a pedir perdón a mis lectores por decirles lo que pienso; no me había ocurrido desde la muerte de Franco y, sobre todo, desde la irrupción del primer gobierno elegido democráticamente en la historia azarosa de España.

Me siento otra vez a igual distancia de los obispos que de los sindicatos; desamparado en medio de dos colectivos que han decidido resolver a gritos sus diferencias. Como antaño. Al resto nos da la impresión de que se han olvidado de la Guerra Civil que nos dividió, irremediablemente, en dos bandos.

Siempre había pensado que España compartía con Alemania varias cosas. los dos países formaban parte de las grandes potencias europeas que habían cometido el error histórico de sucumbir la una, electoralmente, al nazismo y la otra, recurriendo a una guerra civil, al fascismo.

Estaba convencido de que el recuerdo de la Guerra Civil perviviría, a pesar del paso de los años. Milagrosamente creía que tanto España como Alemania llevarían en su alma aquel recuerdo; en términos históricos, lo que eso implicaba es que no hacía falta ser hijo de aquella Guerra Civil para estar condicionado por ella. Para tranquilidad de la gran mayoría, podían estar tranquilos de que las reformas y revoluciones a favor de un nuevo estado de cosas no traspasarían nunca la línea o la frontera que nos separaba de aquel oscuro recuerdo.

Ahora debo reconocer que estaba equivocado; y que no es necesariamente malo haberlo estado. ¿En virtud de qué tabú o sacrosanto recuerdo es lícito haber querido condicionar la búsqueda del equilibrio social entre seguridad y reforma, invocando el recuerdo de Marcelino Camacho, el gran dirigente sindical que nos amparaba al colectivo minoritario de estudiantes de izquierdas, pasándonos multicopistas en las esquinas de Madrid? Yo no te he olvidado nunca, Marcelino, ni a ti ni a Manolo López -abogado laboralista y dirigente de los cuatro estudiantes comunistas de la universidad madrileña- y las torturas que le infligieron durante ocho años a fines de los cincuenta.

Ahora descubro que aquellos recuerdos no están en la mente de todos ni tienen por qué estarlo. Los jóvenes tienen perfecto derecho a iluminar su búsqueda por un mundo mejor con sus propios iconos y emblemas, alejados de los viejos recuerdos, incluidos los dogmatismos. Tienen otros ídolos de los que fiarse y otros credos que pueden o no coincidir con los que eran nuestros -y estoy constatando, solo nuestros-.

De algo estamos seguros. de la apertura de este país al exterior. No hace falta recordar el pasado hermético para alegrarse de la libertad de circulación, incluida la de nuestros políticos. También estamos seguros del activo inviolable que constituye el acceso a la democracia. La Misión de España, si hubiera que definirla como se hace con las empresas en el dintel de su reorganización, consistiría en salir del aislamiento ancestral recurriendo al sistema democrático. Para lograr la Misión, deben cumplirse una serie de objetivos que, afortunadamente, ya son moneda común como renunciar al uso de la violencia.

A su vez, para lograr los objetivos que el país puede fijarse, es necesario poner en marcha una serie de procesos que unos consideran indispensables y otros no están del todo seguros. Las reformas laborales, los procesos educativos, las del sistema financiero merecen ser discutidos, siempre y cuando se respete la Misión. No nos gustaría renunciar a salir del aislamiento ancestral recurriendo al sistema democrático; para compartir esta Misión, no hace falta haber nacido, efectivamente, durante la Guerra Civil.