Luis Alberto Martínez. Correo electrónico

He sugerido en muchas ocasiones que la Transición política en la segunda mitad de la década de los setenta del siglo pasado, hace ya mucho tiempo trajo a los españoles dos reformas inaplazables, cuestionada la una de vez en cuando e incuestionable la otra hasta ahora.

La democracia no pudo ser a gusto de todos y, en retrospectiva, caben pocas dudas de que algunas cosas se hicieron mal; se era consciente entonces de los fallos sociales referidos a la separación de poderes, al poder excesivo de los partidos políticos o a la falta de incentivos, como el número ilimitado de legislaturas, para la incorporación de los jóvenes a la vida política. Afortunadamente se sigue cuestionando y profundizando en algunos de aquellos temas.

Lo que nunca se hizo, en un país que asomaba por primera vez su cabeza en el concierto internacional, fue cuestionar su apertura al exterior, ni siquiera el modo que a todas luces pasaba por la aceptación de los principios que regían la Comunidad Europea. Los partidos nacionalistas minoritarios, tanto como los grandes partidos mayoritarios, vieron en la ampliación de la Comunidad Europea una garantía cierta de la prolongación de las libertades recién logradas.

El gran cambio en la actualidad aunque nadie parece atreverse a constatarlo es la ruptura del consenso frente a Europa. No se trata de discutir una medida determinada de la política común europea, con la que se puede no estar de acuerdo, sino de oponerse frontalmente a las políticas decididas por sus órganos de gobierno, es decir, la Comisión Europea, el Consejo y el Parlamento.

A lo mejor no todo el mundo en España está interesado con la misma intensidad en que se conozca el mensaje de la Comunidad Europea, pero es indiscutible que Europa en su conjunto y a través de sus órganos más representativos le está diciendo a España que debe cambiar de política y que no puede aplazar estos cambios.

A mí, personalmente, me tocó defender la apertura de este país al exterior unos meses como ministro para las relaciones con la Comunidad Europea y unos años desde el Parlamento Europeo. En la negociación con las instancias de Europa, los escollos que salvar no eran las políticas defendidas por la Comisión y refrendadas por el Parlamento que eran intocables y formaban parte del acervo común, sino las posturas de aquellos que dentro del país preferían seguir como antes.

Es exactamente lo mismo que está ocurriendo ahora. Entonces, yo conocía a personajes que se trasladaban por su cuenta y riesgo a Bruselas para intentar frenar infructuosamente las rebajas de los aranceles necesarias para que España se incorporara al resto del mundo. Exactamente igual que ahora; la única diferencia radica en que entonces se intentaban vender, directamente, en Bruselas las ideas proteccionistas y antimercado común, mientras que ahora se defiende lo mismo de siempre pero escondiendo la mano.

A lo mejor ha llegado el momento de recordar que algunos ciudadanos de este país dejaríamos de serlo quiero decir que nos iríamos a otra parte el día en que tengamos un Gobierno empeñado en defender exactamente lo contrario de lo que supuso la defensa de la apertura al exterior. que los déficits tienen por lo general un límite y no es malo rebajarlos; que no cuenten con nosotros los partidarios de enfrentar la soberanía nacional a la política europea; que no se intente, por favor; que dependamos otra vez de nuestro pasado, en lugar de hacerlo de Londres, París, Roma, Bruselas, Berlín y tantos otros países que, a duras penas, con nosotros, nos alejaron de un tiempo pasado que siempre fue peor.