Al Capone fue el enemigo público número 1, el criminal más famoso del siglo XX y pasó a la historia como un hombre despiadado. Tanto que su apellido ha perseguido a sus herederos durante años. Por Fernando Goitia

Deirdre Capone, su sobrina-nieta, se ha atrevido por primera vez a contar en primera persona el lado familiar del mafioso más temido de América.

Soy una Capone. Mi tío abuelo fue Al Capone, considerado el enemigo público número 1 en 1930 por la Chicago Crime Commission. Mi abuelo, su hermano, fue Ralph Capone, enemigo público número 3. Crecí rodeada de hombres vestidos de negro con ametralladoras, pero nunca conseguí reconciliar los terroríficos retratos de Al y Ralph que construían los periódicos con los cálidos señores que bromeaban conmigo en las reuniones de domingo.

Ser una Capone ha marcado toda mi vida. Cuando tenía diez años, mi padre se suicidó, derrotado ante el estigma familiar; más tarde, mi hermano siguió sus pasos. De niña intenté esconder mi herencia a ojos de los demás. En vano. Para mis compañeras de colegio, yo era Deirdre Gabriel -el segundo nombre de mi padre-, hasta que el Chicago Tribune incluyó mi verdadero apellido en una lista con las niñas que el día anterior habían comulgado por primera vez. Me quedé sin amigas, nadie me invitaba a sus cumpleaños; a mis compañeras les habían prohibido jugar conmigo.

El apellido volvió a complicarme la vida al acabar el instituto. Conseguí trabajo en una aseguradora como Deirdre Gabriel y a los seis meses me premiaron con una póliza gratuita. Al comprobar mi identidad, el jefe no lo dudó: “¡Estás despedida!”. Mi tío, que controló la más poderosa organización criminal de Chicago, de 1925 a 1932, llevaba muerto una década.

Ser una Capone ha marcado mi vida. Mi padre se suicidó, derrotado ante el estigma familiar. Mi hermano, también

Años después, tras dejar a mi primer marido, un hombre grosero que llegó a amenazar a nuestra hija, mi tía-abuela -Maffie- me preguntó si quería que alguien se encargara de él. “No, gracias”, le dije. De haber pronunciado la palabra mágica quizá habría pasado a mejor vida.

En 1972 dejé atrás Chicago para asegurarme de que nadie, salvo Bob -mi marido desde 1963-, supiera quién era. Dos años después, mi hijo mayor volvió un día del colegio y al preguntarle qué había aprendido me respondió. “Nos han hablado de Al Capone”. Me quedé sin aire. Esa noche decidimos que ya era hora de que nuestros cuatro niños conocieran la verdad. Nos juntamos en la cocina; temblaba como un flan, apreté la mano de Bob y lo solté. “Al Capone fue mi tío. Mi nombre es Deirdre Marie Capone”. Por unos instantes, el silencio oprimió el aire. Entonces, mis hijos dijeron a un tiempo. “¡Genial, mami!”. Se lo contaron a todo el mundo.

“Jugábamos en el suelo como si fuera un oso de peluche; me enseñó a andar en bici, a nadar y a tocar la mandolina”

Comencé a interesarme por la historia de mi familia y a hablar de ello con mis tíos y mi abuelo siendo adolescente. Años después, el entusiasmo de mis hijos acabó por empujarme a contarlo todo en Uncle Al Capone. The untold story from inside his family (‘Tío Al Capone. La historia vista por su familia’), el único libro sobre Al escrito por alguien de su familia; alguien que, siendo una niña, se sentó en su regazo, lo abrazó, lo besó, compartió chistes de “toc, toc, quién es” , jugó con él tumbado en el suelo como si fuera un oso de peluche; alguien a quien enseñó a cocinar espaguetis y biscotti vestido con delantal, a nadar, a andar en bicicleta y a tocar la mandolina; alguien a quien una noche llevó a ver los ciervos al bosque, alguien a quien llevaba a pescar, alguien con quien escuchaba la radio comiendo palomitas; alguien que lo escuchó cantar operetas en italiano a pleno pulmón.

Cuando los Capone llegaron a Brooklyn, en 1895, huyendo de la penuria, los italianos ocupaban el más bajo escalón social. En el colegio, los profesores irlandeses humillaban a mis tíos. En ese entorno, los pequeños Capone pronto desarrollaron su espíritu de supervivencia. Comenzaron robando comida en tiendas y puestos ambulantes para pasar a desvalijar camiones y almacenes e ingresar en las bandas que peleaban contra los irlandeses. Con 12 años Al ingresó en los Five Points Juniors, una banda cuya versión adulta acabaría siendo la primera familia al estilo de la mafia en EE.UU. Allí conocería a tres chicos cuyos nombres pasarían a la historia del crimen: Charles Lucky Luciano, Meyer Lansky y Bugsy Siegel.

Al era un adolescente cuando el capo Johnny Torrio entendió que ya conocía las claves del negocio y lo ascendió al Five Points. Más tarde, Torrio formaría su propia banda y Al se fue con él. Poco después, su rostro quedaría marcado para siempre en una pelea por una chica.

Boda hijo Al Capone

Boda de su hijo Albert Francis con Diana Ruth Casey

El 4 de diciembre de 1918 nació el único hijo de Al. Mi tío había contraído la sífilis y, además de dejar preñada a una chica, le transmitió la enfermedad. Ella murió en el parto. Mi tatarabuela encontró una madre para el niño en Mae Coughlin, una devota católica y estéril a punto de cumplir los 21. Mae sería madre y esposa devota hasta el fin de sus días.

Para entonces, mi tatarabuelo había muerto y Al y mi abuelo eran los únicos capaces de mantener a su madre y a los cinco hermanos que vivían en casa. Necesitaban dinero.

En 1920, la ley seca entró en vigor y Torrio se dio cuenta de que su negocio era demasiado grande. Llamó a Al, le ofreció 25.000 dólares al año más la mitad de la venta de alcohol y los Capone se trasladaron a Chicago. La ciudad era un campo de batalla. Más de 250 gánsteres fueron asesinados entre 1922 y 1926. La tasa de homicidios superaba en un 24 por ciento la media nacional. En 1926 ,el Sindicato del Crimen ingresó 105 millones de dólares.

“Deirdre, se trataba de negocios -me dijo un día mi tía Maffie-. Los Kennedy y los Rockefeller también se enriquecieron con la prohibición y Al y Ralph suministraban mercancía de gran calidad. La gente los adoraba. Los bares de Al estaban repletos de políticos, policías y jueces; los vi con estos ojos. Eran sus mejores clientes y la mitad estaban en nómina. Confiaban en él. Su palabra valía como un contrato”.

“Mi tía Maffie me dijo: ‘Tu tío Al jamás dañó a propósito a un inocente; pero, si alguien quiere hacerte daño, ¿no debes defenderte?”

Maffie me dijo también que apostaría su vida a que Al nunca dañó jamás de forma intencionada a un inocente. ¿Y las personas asesinadas por el Sindicato?, le pregunté. “Había gente que deseaba su muerte para ocupar su puesto -contestó-. Cuando eras niña, muchos querían hacerte daño. Ahí fue donde estableció la línea roja. Si alguien quiere hacerte daño, ¿no debes defenderte? Al amaba a su familia, te amaba a ti. Nunca jamás olvides esto. ¿Capisci? Y te diré algo más -prosiguió-, nadie de la familia estuvo implicado en matanzas a sangre fría”.

“Había un código de honor -dijo mi abuelo-: ‘No importa cuánto odies a tus enemigos, su familia no se toca’. No todos cumplían ese código”

Por lo visto, los enemigos de mi tío pensaron en volar la casa familiar cuando todos estuvieran cenando un domingo. “Había un código de honor -me reveló mi abuelo-. No importa lo que hubiera ocurrido ni cuánto odiaras a tus enemigos, los miembros inocentes de una familia eran intocables. Pero no todos respetaban ese código”.

En 1928, mi tío compró una casa en Miami, donde las fiestas se alargaban hasta la madrugada. Su vecino se hartó de tanto alboroto y llamó a la Policía. El jefe del departamento frecuentaba la casa de Al y nadie hizo nada. El hombre, indignado, telefoneó a un viejo amigo suyo: el presidente Herbert Hoover [1929-1933]. La orden no pudo ser más clara. “¡Cojan a Capone!”. Al Departamento del Tesoro se le ocurrió indagar en los impuestos de mi tío. Lo condenaron a 11 años. Tenía 32.

Teresa Capone madre de Al Capone

Teresa Capone, madre de Al Capone

En Alcatraz, Al fue un preso ejemplar. Incluso rechazó el plan de fuga de unos presos y fue apuñalado en la pierna en la lavandería. Los funcionarios hicieron todo lo posible por cabrearlo. Un día el padre Clark, el clérigo del penal, escribió a mi abuela. “Están destruyendo a Al. Le administran drogas y ha perdido memoria”. Cuando salió, con 40 años, hablaba en susurros; tenía problemas de memoria. Lo llevaron al Johns Hopkins de Baltimore, el hospital más prestigioso de EE.UU., donde revirtieron los daños hasta cierto punto. Allí estaba internado cuando nací.

En 1947 sufrió un derrame seguido de una neumonía en su casa de Miami. Debilitado, le dieron unos días de vida, pero se recobró de forma inesperada y la familia regresó a Chicago. El 25 de enero, tras darse un baño en la piscina, se duchó y al acabar cayó fulminado por un derrame.

Su funeral fue hermoso. Su ataúd era de bronce con asas de oro y el fondo de gardenias. Llegaron tantas flores que tuvieron que ser repartidas por otras capillas. Pasó gente por allí sin parar durante 24 horas.