Los lectores preguntan a Eduardo Punset. Pregunta de Isabel G. Miranda. Correo electrónico

Lo peor que le puede ocurrir a los españoles en este mes de agosto
es creerse que les viene un mal año encima. Es paradójico que el
conocimiento más sencillo indique a las claras que se acabó lo que se
daba y que no hay más remedio que volver a empezar, esta vez en serio; y
que podemos hacerlo perfectamente si no nos empeñamos en decir que la
culpa es de los alemanes. Tal vez por ello valga la pena recordar las
ocho cosas que no debiéramos haber olvidado nunca.

Primera. Aunque pocos se acuerden, hubo una cosa llamada ‘el
milagro español’, que, obviamente, muchos creían que se había instalado
para siempre. Ni aquello podía durar toda la vida, como creían muchos
políticos y un gran número de ciudadanos, ni la crisis de ahora va a
durar eternamente. El milagro español empezó a mediados de los años 60
con los primeros turistas; el famoso boom inmobiliario lo mantuvo hasta
2007.

Segunda. La demanda de pisos fue la mayor registrada por
ningún país industrializado, de tal manera que el sector público y,
sobre todo, el sector privado no pararon de aceptar préstamos del
extranjero hasta situarse en el segundo puesto de países más endeudados
del mundo. Solo nos ganaba en deuda con el extranjero Estados Unidos,
con la gran diferencia de que el dólar seguía siendo una moneda que
cualquiera quería aceptar como reserva y que el endeudamiento en
porcentaje del producto no representaba ni de lejos el estrafalario
porcentaje de España.

Tercera. Poco a poco fuimos aceptando que con el euro habíamos
empezado la casa por el tejado, constituyendo la unión monetaria antes
de la unión económica; de manera que cada uno podía ir a su bola y
anular el invento si no se imponían medidas de precaución.

Cuarta. Habrá habido quien haya recordado el pasado nazi de
los alemanes y su responsabilidad en las dos guerras mundiales,
olvidándose de que España estuvo al lado de los supuestamente culpables y
por mucho más tiempo.

Quinta. El Gobierno alemán, gracias a su influencia en
Bruselas y en el Banco Central Europeo, ha sabido recordar a los
políticos españoles que había llegado el momento de la verdad. Que era
imposible volver a empezar a pedir prestado sin apenas condiciones y sin
iniciar en serio las reformas necesarias para salir del atolladero.

Sexta. Que la negociación con la Unión Europea no es una
negociación similar a la que tiene un estado autonómico con su Gobierno
central. Ni el Gobierno de Cataluña ni el Gobierno andaluz pueden
comportarse como niños malcriados alegando que, pase lo que pase, ellos
tienen sus propias prioridades que pasan por encima de todo el resto. La
Unión Europea es la suma de varios Estados que en su conjunto tienen un
peso específico y un proyecto de futuro bastante más serio que el
nuestro.

Séptima. El Fondo Monetario Internacional ha comprobado el
sistema elemental para medir la situación económica y financiera de un
país. Mi experiencia de economista del Fondo Monetario Internacional en
la que cada dos meses estaba de analista de lo que le pasaba a un país
del universo es que muy a menudo los economistas y políticos instalados
en el país observado no sabían o no querían aprender lo que les pasaba. Y
sin embargo, bastaba con conciliar las cuatro tablas de la balanza de
pagos, del sistema bancario, del acumulado fiscal y de la evolución del
producto para saberlo.

Octava. Si en lugar de insultarse, este país decidiera sacar
pecho no para arremeter contra los demás, sino para poner en marcha
procesos tan serios como los que fue capaz de llevar a cabo en el pasado
salir de la dictadura a la democracia e iniciar el proceso de apertura
al exterior, los españoles podrían pasar un buen año.