Se hacía llamar Marga Boodts y tenía pasaporte alemán, pero era, según su autobiografía, la primogénita de los últimos zares rusos. ¿Una impostora más de las docenas de Olgas, Marías, Tatianas y Anastasias que aseguraban haber escapado a la matanza de los Romanov? Por Carlos Manuel Sánchez

Ekaterimburgo (Rusia), madrugada del 17 de julio de 1918. Nicolás II, su familia y sus criados son conducidos al sótano de la casa Ipátiev, donde están prisioneros de la policía secreta bolchevique. Allí un oscuro fotógrafo llamado Yákov Yurovski, reciclado en comisario político, les dice que van a posar para un retrato. Luego les lee una improvisada sentencia de muerte y ordena su fusilamiento.

Romanov, Rusia, xlsemanal

Olga, Tatiana, Maria, Anastasia y Aleksei

El zar y la zarina mueren en la primera ráfaga de disparos. El zarevich Alexéi es apuñalado y rematado. Una densa humareda de yeso y pólvora envuelve la habitación. Cuando se disipa, los pistoleros comprueban que las hijas del zar están en el suelo, aún vivas. Las joyas y piedras preciosas zurcidas a sus corsés les han servido de chaleco antibalas. Mientras reza de rodillas, Anastasia es ensartada con una bayoneta. María agoniza. Tatiana recibe un tiro en la nuca. Olga intenta levantarse, pero le plantan una bota en la cara para sujetarla y le disparan en la mandíbula. La bala le entra por la boca y le atraviesa el cerebro. Fin de la historia oficial. Comienza la leyenda.

«Disparos, un alarido de mamá, blasfemias, lamentos… Un torrente de fuego me cubrió los ojos Así, en el suelo, boca abajo, yací herida, con el cráneo destrozado y un silbido lacerante en los oídos. Varias balas me habían rozado. Una me había dado de lleno. Sentía la sangre caliente, que me empapaba el vestido. Oh, terrible: estaba muerta y estaba viva. No, no estaba viva: era Dios que me permitía ver desde el más allá. En el suelo, un mar de sangre. Alguien aún gemía. Intentaba levantarme, pero caía sobre mí misma. Mis manos estaban como lejos de mí. Me esforzaba por abrir los ojos para disponerme a morir. Pero antes quería mirar por última vez el rostro de mis seres queridos. De pronto, me pareció disolverme en un largo sopor. Ya no vi nada, solo una sombra rojiza, una turbia luz que se apagaba. ¿Por qué, Dios mío, has querido que yo, sola, sobreviviera a mi familia?»

Romanov, Rusia, xlsemanal

Marga Boodts, la supuesta Olga Nicolaievna Romanov

Así narra la ejecución la presunta Gran Duquesa Olga Nicolaievna en su autobiografía (Estoy viva, Ed. Martínez Roca). Cuando la escribió, a mediados de los 50, Olga ya no era Olga ni era rusa. Se hacía llamar Marga Boodts, con pasaporte alemán, una de las varias identidades que habría adoptado para eludir a los espías soviéticos. ¿Fue una impostora, una más de las docenas de Olgas, Marías, Tatianas y Anastasias que aseguraban haber escapado milagrosamente a la matanza? ¿O fue en realidad la última superviviente de una dinastía destronada? Se sabe que nació en 1895. ¿Pero cuándo, dónde y cómo murió? ¿Asesinada en los Urales en 1918, a los 23 años, soltera y con toda la vida por delante? ¿O de una neumonía en un pueblo italiano en 1976, a los 81, divorciada, deprimida y arruinada?

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Olga Nicolaievna Romanov

Olga fue una joven rebelde y temperamental. Idolatraba a su padre. Pero no le gustaba ser la guardiana de su hermano menor, Alexéi, un niño consentido, débil y enfermo de hemofilia. Era religiosa, aunque no compartía el misticismo exaltado de su madre y desconfiaba de Rasputín, el santón que tanto influyó en la zarina y que tenía permiso para entrar en las alcobas de las duquesas y del zarevich. No era tan guapa como sus hermanas. Había nacido con una deformidad del cráneo de la que fue operada en secreto. Pero suplía su escaso atractivo con su apasionado romanticismo y con una fuerza vital desbordante. Olga amaba la poesía y la música. Jugaba al tenis. Tenía mal perder, y una vez le rompió el tablero de ajedrez en la cabeza a un adversario descortés. Fue enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Tuvo algún que otro romance con soldados heridos. Y también flirteó con varios jóvenes de la guardia imperial. Uno de ellos, Dimitri K., «mi cosaco», y de cuya existencia no hay constancia, habría sido, dice, quien la salvó de la muerte.

Un guardia imperial la salvó fingiendo que la había matado. La escondió en un saco y la dejó al cuidado de tres campesinas, cuenta Marga

Cuando estalló la revolución, Dimitri se convirtió en agente secreto del Ejército Blanco y se infiltró entre los bolcheviques. Así habría logrado permanecer cerca de la familia real, tanto durante su arresto en el palacio de Tsarkoye Selo como durante el cautiverio en Siberia. Y también se coló en el pelotón de fusilamiento. Según el relato de Dimitri recogido en el libro, Olga lo reconoció y corrió hacia él gritando su nombre. Entonces él actuó de modo fulminante, para no levantar sospechas. «Os golpeé en la cabeza con el revólver -le habría confesado después a Olga- con la esperanza de que perdiérais el conocimiento y disparé, intentando no daros». Olga cayó como muerta. Los asesinos amontonaron los cuerpos, a la espera del camión que los llevaría al bosque donde los enterrarían. Dimitri se ofreció voluntario para hacer guardia. Un borracho que pretendía despojar los cadáveres notó que la joven aún respiraba. Dimitri lo mató. Luego metió el cuerpo de la duquesa en un saco de heno y lo sacó de allí, dejando en su lugar el del expoliador. Fue cuidada durante semanas por tres campesinas en una isba. Cuando se recuperó, Olga viajó con identidad falsa a Vladivostok, y de ahí a China, ayudada por una red de fieles a la Familia Imperial.

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Olga y Tatiana

Marie Stravlo, la periodista italiana que ha investigado los 35.000 documentos y cartas que dejó Marga Boodts a su secretaria y dama de compañía, no se moja sobre la veracidad de su relato. No puedo ni debo dar una certeza, al menos en el sentido legal . Fuese o no Marga Boodts quien decía ser, vivió una existencia callada la mayor parte de su vida. Se sugiere en el libro que podía tener un pacto de silencio con el káiser Guillermo, pariente lejano, cuyos agentes le daban joyas y dinero a cambio de ocultar su identidad. Nunca aspiré a reclamar mis derechos dinásticos, confiesa. También recibía regalos de compatriotas adictos a su causa. Y Dimitri la visitaba con frecuencia, nunca con las manos vacías. La presunta Olga se pasaba la vida en los casinos europeos. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el flujo de dinero se cortó, decidió reclamar ciertos bienes que el zar habría depositado en las arcas vaticanas cuando vio en peligro su reinado. Boodts se habría entrevistado con dos papas, que le dieron largas. Desesperada, decidió escribir su autobiografía. Debía haberse publicado en 1956, pero la editorial se echó atrás, al parecer por el pleito con la Santa Sede. Desde entonces, casi no volvió a saberse de ella. Solo que fue sepultada en Menaggio (Italia), en 1976.

La presunta Olga se pasaba la vida en los casinos. Cuando le faltó dinero, reclamó al Vaticano los bienes que el zar habría depositado en sus arcas

En su lápida se grabó: «En recuerdo de Olga Nicolaievna, hija primogénita del zar Nicolás II Romanov 1895-1976». Después de la caída del régimen soviético, los restos de la otra Olga Nicolaievna, la que habría muerto asesinada, fueron exhumados en Ekaterimburgo por un equipo de arqueólogos y trasladados a la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, donde fueron sepultados con los de sus padres y dos de sus hermanas. Fue canonizada como mártir por la Iglesia Ortodoxa en 2000. En 2007 se encontraron los restos del zarevich y otra de las duquesas. Tres equipos forenses (ruso, austriaco y estadounidense) certificaron con pruebas de ADN que los Romanov descansan en paz, aunque el análisis suscitó controversia, como siempre que en Rusia es el Gobierno el que investiga. Más allá del carpetazo oficial, la aparición de estas memorias, con 56 años de retraso, prueba que una vez que un hecho traspasa el umbral de lo legendario, la imaginación nunca descansa.


PARA SABER MÁS

Estoy viva. Las memorias inéditas de la última Romanov, publicadas por Ediciones Martínez Roca.