Hace veinte años que murió uno de los hombres más queridos de España, de nombre Antonio Molina. En realidad, no solo de los más queridos, sino también de los que más quiso, lo que constituía su gran virtud. El malagueño sencillo y afable que fue quiso a todos a los que se encontró en su camino. No albergaba maldad. Ni malas maneras. Era un hombre bueno, conmovedor, moreno, cenceño y pobre. Es cierto. nació pobre, aunque luego le sonriera la vida gracias a su talento y a su inusitada capacidad de trabajo. Fue repartidor de leche acarreando cántaros en un burro mientras cantaba por las calles de su barrio, fue tapicero, fue albañil, fue camarero y fue todo lo que hubo de ser mientras entretenía el tiempo a la espera de una oportunidad inesperada. Huyó en alguna ocasión de casa y hubo de rescatarlo la Guardia Civil, pero la tozudez pudo con todo, y, al cabo, mediante una oportunidad concedida por Ángel Soler en Radio España de Madrid fue escuchado por primera vez. El resto se lo saben ustedes. Antonio era un altavoz andante con un delgado hilo de azúcar por voz. Sus arabescos, sus adornos, las vibraciones de sus pliegues vocales, sus artes de tenor de barrio, hicieron que España y América se enamoraran de su cante y que sus seguidores se concentraran hasta en los aledaños de las plazas de toros en las que actuaba, ya que se lo escuchaba desde la calle sin necesidad de usar micrófono. Grabó El macetero y rompió el mercado. Y luego llegaron películas tan inocentonas como deliciosas en las que se exhibían como obras de arte canciones que hoy están en el archivo cultural de las Españas.

Pude conocerlo poco tiempo; suficiente, en cualquier caso, para saber que me encontraba ante un ser humano excepcional, generoso, sentimental, enternecedor y que amaba profundamente a los suyos. Su mujer, la fascinante Ángela Tejedor, era todo para él – de mi mujer me gustan hasta sus zapatos viejos , me dijo una tarde y lo refiero cada vez que tengo ocasión-. Sus hijos son una larga estirpe de artistas, por demás. Sus pulmones, archivo de aire de mar y depósito de suspiros de la Málaga que se le quedó prendida en la entretela, no pudieron soportar tantos años de colombianas y guajiras a pelo. El oxígeno llegó después, y, tras ello, el final, que no la muerte.

Su hija Mónica, artista hecha a medias con la sonrisa demoledora de su madre y el gusto devastador de Antonio, ha decidido homenajear a su padre mediante diez canciones inevitables. No caben las comparaciones, son absurdas. uno es uno y la otra es otra. Pero hay un hilo conductor entre aquellos aires de Molina grande vertidos en el irresistible encanto de Molina chica. Su hermano Noel ha sabido instrumentar un disco acústico, de interiores, elegante y evocador, en el que el aroma de un tiempo de luces blancas, de huracanes cálidos y silentes, se hace carne prodigiosa. La voz de Mónica cantando a su padre son un poco bajamares del desconsuelo, promesas de sirenas urbanas, pequeños milagros al oído, penumbra de las playas desoladas, salitre de las penas, aguas de un verde terroso, tormentas de matices, olor fresco de poniente, abismos de delfines, mares de auroras y espumas, todas ellas navegando por los rieles de la mar, que dijo el poeta. Una voz de porcelana fina entreverada de taberna de ciudad pone en valor, de nuevo, melodías guardadas en los jardines secretos de la memoria, en el recodo de las rocas de un tiempo en el que no costaba mucho ser feliz, aquellos años de alboroto en las orillas y de calma en las lejanías. Años, en fin, en medio del azul.

Y no sigo porque, en conociéndola, sé que estará sollozando desde la segunda línea, en consonancia con su sangre.

¡Ay, Mónica Blanca de los Luceros!