Se sabe que el laboratorio está en algún punto de Silicon Valley y que su propósito es inventar el futuro. Construir alardes tecnológicos que produzcan un impacto total en la sociedad. Por Rhys Blakely

Cuando el New York Times reveló su existencia, se dispararon las especulaciones. Y sus científicos han tenido que empezar a dar la cara. Hablamos con uno de ellos, Sebastian Thrun, especializado en inteligencia artificial.

Las mentes más brillantes de Silicon Valley inventaron artilugios tan importantes como el ordenador personal. Pero entonces apareció Internet, y la búsqueda de grandes ideas se vio eclipsada por el afán de conseguir grandes beneficios económicos en tiempo récord. ¿El resultado? En lugar de curas para el cáncer o el alzhéimer hoy tenemos Twitter y videojuegos como Angry birds. ¿Decepcionado? Si quiere recuperar la fe en la ambición humana, debe conocer a Sebastian Thrun.

Nacido en Alemania hace 45 años, es el gurú de la inteligencia artificial que está al frente del misterioso proyecto Google X. Se cree que el ultrasecreto laboratorio Google X está oculto en algún punto de Silicon Valley y que en dicho laboratorio se está inventando el futuro. Su propósito es construir cosas que produzcan transformaciones tecnológicas que ejerzan un impacto formidable en la sociedad .

Entre el secretismo y las inevitables exageraciones (cuando The New York Times reveló la existencia de Google X el año pasado, se sugirió que el proyecto estaba dirigido de forma parecida a la CIA), Thrun es una superestrella de la investigación robótica. Y está al frente del proyecto ‘chófer’, el intento por parte de Google X de desarrollar un coche que no necesite ser conducido. Si el proyecto tiene éxito, el resultado podría provocar la principal revolución en el transporte de masas desde la invención del primer vehículo no tirado por caballos.

Thrun cree que los coches robóticos podrían reducir la mortalidad global en las carreteras a la mitad, lo que supondría salvar unas 600.000 vidas al año. Este investigador también está detrás del ‘cristal Google’. un par de gafas de ‘realidad aumentada’. El artefacto tiene la pinta de ser un cruce entre una diadema para el pelo ultramoderna y unas gafas de sol deportivas. Su secreto. es capaz de mostrar la información procedente de Internet por medio de una pantalla diminuta, semejante a un cristal, que está suspendida encima del ojo. Los ‘cerebrines’ que trabajan en Google X consideran que llegará el día en que el ordenador personal estará conectado a nuestro cerebro. Su objetivo. acercarse a la predicción que hizo Larry Page, fundador de Google, en 2004. con el tiempo, su buscador estaría incluido en las mentes de las personas [ ], como un implante .

Para científicos como Thrun, lo que distingue a los verdaderos innovadores de los mediopensionistas es que los auténticos, cuando ven un problema no resuelto, ese problema les resulta físicamente doloroso y los lleva a preguntarse. ‘¿Qué puedo hacer para solucionarlo?’ . El dolor que lo ha llevado a impulsar el proyecto automovilístico es muy personal. Cuando Sebastian tenía 18 años, dos de sus amigos perdieron la vida en un accidente de tráfico. Me pareció absurdo. Tenían un futuro brillante por delante, pero por una decisión fatal tomada en una fracción de segundo .

Más tarde echó una mirada a las estadísticas. Según la Organización Mundial de la Salud, 1,2 millones de personas mueren cada año en accidentes de tráfico. Atónito, Thrun dio con la solución. eliminar a los humanos de la ecuación.

Los conocedores de la industria automovilística aseguran que los resultados de su investigación son espectaculares. Poco dado a la hipérbole, el científico subraya que aún falta para que el prototipo esté a punto . Sin embargo, en marzo pasado, un Toyota Prius modificado por su equipo de colaboradores transportó a un ciego por una carretera pública, hasta un restaurante. El coche se valió de cámaras, sensores y un telémetro por láser para ‘ver’ el resto del tráfico.

Ese trayecto era la última etapa de un viaje que Thrun había iniciado hacía años, cuando desarrolló un vehículo autónomo para participar en un concurso organizado por el Ejército. En 2005, Stanley -un automóvil sin conductor- ganó el Darpa Grand Challenge, una carrera a través del desierto californiano. Allí Thrun conoció a Larry Page, uno de los creadores de Google, que lo contrató para que desarrollara la herramienta Street View. Pero su papel no tardó en evolucionar.

La compañía asegura hoy haber efectuado un recorrido de más de 300.000 kilómetros de conducción informatizada. Su flota de coches autoconducidos ha cruzado el puente del Golden Gate y atravesado Hollywood Boulevard. Pero esto no es más que el principio. Thrun aspira a que llegue un momento en el que las largas sucesiones de coches autónomos formen ‘trenes’ o convoyes en las autopistas, reduciendo el tiempo de desplazamiento y ahorrando energía.

Thrun es un visionario, pero también es una persona sobria y tranquila. Vive con su hijo y su mujer, una profesora de literatura, en un bungaló en el campus de Stanford. Es un devoto de la música clásica, aunque también me gusta Rihanna , añade. De pequeño recuerda que en la escuela no ponía el menor interés. Un día decidí que no iba a seguir haciendo los deberes . Sin embargo, muy pronto empezó a interesarse por los ordenadores. A los 12 años se compró una calculadora programable. Todos los días pasaba horas seguidas manipulándola y creando juegos. Por lo que parece, desde ese momento se situó en una trayectoria que tan solo podía terminar en una universidad de élite. En 2003 llegó a Stanford.

Si hay algo en su currículo que indica que su propósito es el de mejorar la sociedad, sin duda es su labor al frente de Udacity. Se trata de una compañía recién establecida que pretende el acceso de los cursos universitarios de élite a las masas gracias a Internet. El año pasado se encargó de que un curso que estaba impartiendo en Stanford fuera de libre acceso en la Red. Toda persona con una conexión a Internet podía acceder a use de inteligencia artificial que hasta entonces tan solo había estado al alcance de un puñado de alumnos. Thrun anunció el proyecto con un sencillo mensaje de correo electrónico. Se apuntaron 160.000 personas, de 190 países distintos. Veintitrés mil de esos alumnos aprobaron el curso. Sebastian Thrun afirma que muchos de los estudiantes dicen preferir el estudio por Internet a las clases presenciales. En Internet pueden volver atrás a pasajes o secciones, asegurándose de que han entendido lo que en ellos se dice, y también son libres de formular preguntas sin exponerse a la posibilidad de hacer el ridículo ante los compañeros.

El coche sin piloto: así funciona

Steve Maha, ciego, fue transportado por una ruta cuidadosamente seleccionada cerca de San José, en California. El automóvil se valió de cámaras, sensores de radar y un telémetro por láser para ‘ver’ el resto del tráfico. Unos mapas detallados, que incluían información compilada por el propio Google, lo ayudaban a navegar.¿Cuánto tiempo va a ser necesario para que podamos desplazarnos así? Thrun explica que el proceso necesita dos fases. conseguir que el coche ‘vea’ y, a continuación, lograr que ‘actúe’. La primera fase es la más difícil, añade. Es relativamente fácil hacer que un ordenador pueda jugar al ajedrez al nivel de un gran maestro, pero enseñarle a reconocer a un agente de Policía dirigiendo el tráfico resulta muy complicado. Conseguir que un ordenador entienda que hay otro coche, cuál es la intención de ese otro coche, si ese peatón va a cruzar. Estamos hablando de problemas que son muy pero que muy complicados , insiste.