El homínido prehistórico más completo jamás encontrado, Little Foot, está a punto de abandonar la cueva surafricana donde descansa desde hace más de tres millones de años.

Ron Clarke revolvía un día más en los escombros. Cientos de cajas con restos de la voladura de una mina que se llevó a cabo 60 años antes. Era parte de su trabajo, muchas veces frustrante. Pero aquella mañana, entre la tierra y las piedras, encontró unos huesos minúsculos, similares a los del tobillo de un ser humano.

Sí, eran los huesos de un ser capaz de caminar erguido. Sin embargo, los demás huesos que halló se correspondían con el pie de un primate. el dedo gordo tenía flexibilidad como para agarrar, era de un ser que trepaba a los árboles. A Clarke, un paleontólogo británico de 53 años conocido por sus habilidades técnicas para la reconstrucción de huesos, aquel rompecabezas le producía tanta excitación como a Armstrong estar a punto de poner un pie en la Luna. ¿tenía delante los restos del hombre-mono? ¿Había encontrado el eslabón perdido?

Era septiembre de 1994 en la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, Sudáfrica. Acababa de empezar la búsqueda de Little Foot, ‘Piececito’, que daría un vuelco radical a su vida y a la historia de la paleontología. Unos meses más tarde, Clarke encontró más huesos. Entre ellos un fragmento del de la espinilla, que tenía una particularidad. la rotura era reciente, no sucedida millones de años atrás. Lo que implicaba la posibilidad de que los mineros hubiesen sajado el pie de un esqueleto Y la de que ese esqueleto continuara en la roca. Clarke sabía que los escombros procedían de la gruta de Silberberg. En 1997 envió allí a dos de sus colaboradores, equipados con una réplica en yeso del hueso de la espinilla. Su misión era encontrar la pieza que encajase.

Las probabilidades eran muy escasas. La cueva nunca había sido explorada, estaba a oscuras y llena de cascotes y lo que buscaban tenía el tamaño de un sello de correos. Pero la realidad volvió a superar la ficción. En este caso, para bien. Al segundo día, los ayudantes de Clarke repararon en la punta de un hueso fosilizado. Trabajaron como si fuesen cirujanos, pero en cuanto asomaron los primeros huesos de la pared supieron que encajaban con su espinilla. Eran los huesos de Little Foot, el homínido más completo jamás descubierto y que llevaba enterrado tres millones de años.

Clarke sospecha que Little Foot cayó en la cueva por accidente a través de una chimenea natural en lo alto. Es posible que tropezara o que anduviera persiguiendo a uno de los tres monos cuyos dientes fueron encontrados cerca del esqueleto Pero es imposible saber si todos cayeron de forma simultánea o con miles de años de diferencia. Clarke y sus ayudantes fueron excavando hasta liberar a un ser con la frente echada hacia atrás, un cerebro del tamaño de un pomelo y cuyo cuerpo no pasaba del metro y medio de altura. Y que caminaba sobre los dos pies.

Ron Clarke, que estaba considerado un simple especialista en la reconstrucción ósea, había descubierto uno de los fósiles más notables de la historia. Era la envidia de todos los paleontólogos.

La paleoantropología es una disciplina científica que levanta todo tipo de pasiones y en la que se dan los más acalorados debates. Y es que tiene una dificultad añadida. el material necesario para la investigación no está disponible. Solo uno de cada millón de cadáveres se convierte en fósil. Es muy difícil encontrar restos valiosos.

Encontrar uno, un puñado de huesos, ya es importante. Encontrar un cuerpo casi entero es mejor que el premio gordo de la lotería y no solo por pura satisfacción científica. En torno a este tipo de hallazgos mueve mucho dinero. Por un lado, por las asignaciones de fondos públicos y privados para la investigación cuando esta puede hacer historia. Por otro, por lo que están dispuestos a pagar productoras y medios audiovisuales por hacerse con los derechos de las imágenes.

Uno de los paleontólogos que sin duda observaba a Clarke con envidia, y no parece que fuera sana, era el norteamericano Lee Berger, que tenía 30 años pero ya era el jefe de Clarke. Unos cuantos meses antes del hallazgo de Little Foot, la Universidad de Witwatersrand nombró a Berger director del grupo de investigación, un cargo al que también aspiraba Clarke, pese a que el joven no había realizado todavía ningún descubrimiento reseñable. El estadounidense, eso sí, era más enérgico y ambicioso.

La rivalidad comenzó en ese mismo momento. Según Clarke, Berger intentó aprovecharse y atribuirse su descubrimiento. Berger asegura que solo intentó introducir nuevas metodologías de excavación , porque Clarke es lento e ineficaz. La pelea se prolongó varios meses, pero cuando Clarke convocó una rueda de prensa en diciembre de 1998 para presentar a Little Foot alcanzó su momento cumbre. Berger aprovechó para comunicar que lo había despedido. Clarke tuvo que irse. Aceptó un empleo en una universidad de Fráncfort, pero su equipo en Sudáfrica conservó el permiso para seguir con las excavaciones. Nadie, ni Berger, podía discutirle la autoría del hallazgo. Tardó tres años en poder volver a Johannesburgo. La universidad accedió a dividir el departamento de paleoantropología en dos, para que Berger no fuese su jefe. Pero seguía estando presente en su vida. Y lo iba a estar todavía más.

Mientras Clarke continuaba con discreción su labor en la gruta de Silberberg, sin sacar los restos de Little Foot fuera, como reclamaba un sector de paleontólogos, sino solo preocupado en preservarlos y continuar con la excavación, Berger hacía su propia carrera en busca de su ‘santo grial’. Por fin, en 2008, y a solo 15 kilómetros de la gruta de Clarke, descubrió los restos de dos homínidos.

De inmediato organizó un equipo de 70 investigadores, se aseguró la presencia de prestigiosos medios de comunicación y sacó los huesos al exterior en pocos meses. Berger defiende que los restos pertenecen a una especie hasta ahora desconocida, a la que ha dado el nombre de Australopithecus sediba. En su opinión es muy posible que los seres humanos descendamos de esa especie en concreto. Y presentó su descubrimiento como seguramente los ancestros prehistóricos del ser humano más completos que se han encontrado en el mundo. Clarke niega las dos premisas de Berger. ni está completo -le faltan partes de las manos y la mandíbula no está articulada- ni se trata de otra especie, sino de los restos del Australopithecus africanus, especie descubierta y reconocida hace tiempo.

La comunidad científica está dividida, pero la carrera mediática la va ganando Berger. No tiene reparo en ‘pasear’ su Australopithecus sediba ni organizar presentaciones y eventos en todo el mundo. Estamos hablando de un descubrimiento tan importante para nuestra disciplina como lo fue la piedra Rosetta para los egiptólogos , afirma Berger. Cuando le pregunta por Little Foot, se limita a responder. No puedo decirle mucho. Primero tendrán que sacarlo a la superficie .

Y en eso están. Clarke cree que, por fin, ha llegado el momento. El pasado mes de agosto dio el primer paso. Bajó por una tosca escalera a las entrañas de la cueva, hasta una gran abertura abovedada de unos cuatro pisos de altura. Allí se encuentra ‘Piececito’. Tras confirmar que su equipo había asegurado el espécimen para llevar a cabo su traslado, él mismo salió de la caverna con el primer fragmento del pequeño homínido en su sombrero de ala ancha. Un bloque de piedra con tres costillas y una vértebra. Unos huesos que veían la luz por primera vez después de tres millones de años. Más allá de la polémica en torno a Clarke y Berger, quien seguro tiene mucho que contar es Little Foot.