Fue un general nazi tan responsable de los desmanes del Tercer Reich como los demás, pero Hollywood, desde que James Mason lo encarnó en 1952, impuso su mejor cara: la del gran estratega y, al final, la de víctima de Hitler por haber osado decirle la verdad sobre su desastrosa situación militar.  Por Judy Clarke/ Fotos Cordon Press.

“Dentro de un cuarto de hora estaré muerto”, le dice Erwin Rommel a su esposa, Lucie. Es 14 de octubre de 1944, un hermoso día de otoño en Herrlingen, donde residen. en el recibidor de la casa, dos generales esperan mientras Rommel se despide de su familia: “Hijo mío, cuídate”, le pide a su único vástago, Manfred, de 16 años. Coge su abrigo y su bastón de mando y se sube al vehículo con los militares. Uno de ellos lleva en el bolsillo una ampolla de cianuro potásico.

Por orden del Führer lo han obligado a elegir entre un juicio farsa y el suicidio honroso. El mariscal ha renunciado a pegarse un tiro con su pistola. Aún se está recuperando de las graves heridas recibidas durante un ataque de la aviación británica y no confía en ser capaz de dispararse un tiro certero.

El vehículo lo lleva hasta un pequeño bosque cercano, donde ingiere la cápsula de veneno. El conductor declaró tiempo después que el Zorro del Desierto sollozó camino de la muerte.

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“El mariscal de campo Erwin Rommel ha fallecido inesperadamente tras haber sido herido de gravedad” , se anunció en Alemania ese mismo día. Causa de la muerte; “Infarto a consecuencia de un accidente de servicio en el Frente Occidental”. Acababa así la vida tanto oficial como ficticia del general más famoso del Tercer Reich.

Rommel siempre fascinó al público. Su leyenda se cimentó en el intrépido ataque de sus panzers por la arena del desierto, maniobra que despertó la admiración incluso entre el Alto Mando británico y que hizo que Churchill exclamara el célebre “Rommel, Rommel, Rommel…”. La Wehrmacht tenía muchos mandos capacitados, pero ninguno irradiaba un aura semejante a la de aquel suabo de pocas palabras.

Cuando los alemanes supieron que su muerte fue ordenada por Hitler, lo convirtieron en mártir

La caída del Tercer Reich tampoco afectó realmente al mito de Rommel. Cuando tras la guerra los alemanes supieron que la muerte del mariscal no fue consecuencia de las graves heridas sufridas, sino que fue una muerte ordenada, a la leyenda del Zorro del Desierto le siguió la leyenda del mártir.

El país buscaba en aquellos años figuras paternas que pudieran ocupar el lugar de unos dirigentes que habían resultado ser un hatajo de criminales. Rommel encarnaba el tipo del soldado respetable: culpable por proximidad, sí, pero nunca tan culpable como para no poder hablar de él. A esta imagen, según cuenta Der Spiegel, se unieron los informes que lo relacionaron con la resistencia o que incluso le atribuyeron un papel en el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944.

Es mérito del historiador David Irving haber ajustado la leyenda a la realidad. En la biografía que publicó en 1977, el británico presenta a Rommel como un zoquete político que hasta el final mantuvo la esperanza de que Hitler acabaría buscando una salida diplomática. La reinterpretación de Rommel se fue abriendo camino en Alemania.

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Rommel tiene 45 años cuando Hitler se fija en él. Ha pasado toda su vida en el Ejército. Es un veterano de la Primera Guerra Mundial muy condecorado, pero tras la guerra había pocas perspectivas de promoción.

En septiembre de 1936, ascendido ya a teniente coronel, es destinado a Núremberg para dirigir el destacamento de escolta del nuevo dictador. La misión es rutinaria, pero allí recibe el encargo de organizar un viaje para el día siguiente. Solo seis coches podrían acompañarlo, ni uno más; esa era la orden tajante de Hitler, y Rommel no duda en plantarse en mitad de la carretera cuando muchos invitados pretenden sumarse con sus vehículos a la comitiva. Esa misma noche, Hitler hace llamar al resolutivo oficial para agradecerle la forma impecable en la que había cumplido su cometido.

Rommel reúne todas las cualidades que Hitler atribuye a un comandante: es enérgico y decidido, pero reservado en los actos oficiales. Hitler le entrega a Rommel el mando del Cuartel General del Führer. De esta manera se convierte en responsable de la seguridad del dictador, un puesto irrelevante desde un punto de vista militar, pero en el centro del poder.

Hitler le permite participar en las reuniones y en las comidas y habla con él sobre táctica y estrategia militares. “Paso mucho tiempo con el Führer, a menudo en conversaciones íntimas” , escribe Rommel a casa. “Esta confianza supone para mí la mayor de las alegrías, más incluso que mi rango de general”.

Aprobaba los planes estratégicos nazis, pero no era antisemita. Eso sí, su hijo dice que supo del exterminio

Ver en Rommel a un nazi convencido sería ir demasiado lejos. A diferencia de su mujer, que todos los días reza por el Führer, Rommel permanece bastante indiferente al núcleo ideológico del régimen. La política nunca le ha interesado, aunque sí aprueba a grandes rasgos los principales objetivos estratégicos de los nazis. Pero Rommel no es un antisemita. En 1943, invitado a la mesa de Hitler, interviene en una conversación sobre las críticas de los países extranjeros por la postura hacia los judíos. “Disfrutaríamos de una mejor imagen en el mundo si pudiéramos tener a un judío como gauleiter (jefe del partido a nivel regional)” , le propone al dictador. “Rommel, no ha entendido usted nada de lo que yo persigo” , respondió un consternado Hitler.

Manfred, el hijo de Erwin Rommel, declararía años después que su padre sabía de los asesinatos en masa desde finales de 1943. Pero apartaba la vista de aquello que no quería ver. Y tuvo la suerte de ser destinado a frentes muy alejados de los lugares donde se estaba llevando a cabo el exterminio.

Rommel era un oficial muy dotado, con talento, eso queda patente pronto. La forma en la que se abrió paso a toda velocidad entre las líneas enemigas en Francia al mando de su 7.ª División Panzer figura en los libros de texto militares. Hasta 300 kilómetros avanzó en un día, lo que le valió a su formación el apodo de División Fantasma.

Sin embargo, el nacimiento del mito del Zorro del Desierto no se encuentra ni en la Línea Maginot ni en el desierto libio, sino en una calle de Berlín, la Wilhelmstrasse, donde tenía su sede el Ministerio de Propaganda del Reich. Fue Hitler quien lo nombró general, pero fue Goebbels quien reconoció el verdadero valor de aquel hombre.

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En realidad, África era un escenario secundario de la guerra. La misión de Rommel era más bien de rescate de las tropas de Benito Mussolini acosar las británicas en su intento de invadir Egipto en septiembre de 1940. Pero el desierto constituía un escenario excitante para ambientar una epopeya de héroes guerreros y brillantes estrategas que cautivara al pueblo alemán. La campaña de Rommel en África también fue una campaña publicitaria a gran escala. En los convoyes del Afrika Korps viajaban los mejores reporteros de guerra alemanes que crearon esas imágenes icónicas.

Goebbels creó el mito del Zorro del Desierto. con él viajaban los mejores reporteros, creando imágenes icónicas

El general colaboraba de buen grado en esa función teatral. Poseía un sentido innato para la estética militar. A menudo añadía un pañuelo en torno al cuello que le hacía destacar al primer vistazo entre todos los demás oficiales.

Rommel emprendió la campaña de África al estilo Blitzkrieg, la guerra relámpago alemana. Con apenas 25.000 hombres consiguió hacer retroceder a los británicos, superiores en número. Pero en otoño de 1942 los americanos desembarcaron en el norte de África y 200.000 soldados alemanes e italianos acabaron prisioneros. Sin embargo, la deshonra de la rendición recayó en el general Hans-Jürgen von Arnim, pues Rommel había regresado a Alemania en marzo de 1943 para disfrutar de una cura de reposo.

En noviembre de 1943, el Führer le encarga la inspección de las defensas costeras en el oeste del continente, es decir, detener una posible invasión aliada por las playas francesas. Rommel ordena tender alambres de espino a lo largo de cientos de kilómetros para entorpecer el paso de las lanchas de desembarco, también manda plantar los conocidos como ‘espárragos de Rommel’, barras de acero clavadas en los campos para impedir el aterrizaje de los planeadores aliados.

Las cámaras lo acompañaban siempre. Rommel sabía lo que se esperaba de él: en pie en las playas francesas, fija su mirada en el nebuloso horizonte. Pero, en realidad, el llamado Muro Atlántico era una creación propagandística, como quedó claro el Día D. Mientras los aliados cruzaban el Canal el 6 de junio de 1944, Rommel el principal responsable se encontraba lejos. Los meteorólogos habían pronosticado un tiempo demasiado malo como para desembarcar, así que se marchó a casa para celebrar con Lucie su 50. cumpleaños.

Tras el desembarco aliado en Normandía, todos los oficiales del Alto Mando con algo de sentido común son conscientes de que la guerra está perdida. Nadie lo sabe mejor que Rommel.

El grado de implicación del mariscal en el complot del 20 de julio para matar a Hitler sigue siendo objeto de discusiones. Es indudable que los oficiales conjurados querían contar con él por ser una figura popular y porque se le tenía por persona fiel al régimen, pero no por nacionalsocialista. Según testimonios de los conspiradores, llegó a haber una conversación con Rommel en la que confirmó su apoyo a los rebeldes, pero es poco probable que Rommel apoyara expresamente un atentado o que hubiese hecho planes concretos para eliminar al dictador.

Sí es cierto que ningún otro alto mando del Ejército se atrevió como él a dar opiniones sinceras sobre la desoladora situación en los distintos frentes. Tenía la esperanza de poder hacer que Hitler desistiese de unas órdenes absurdas desde el punto de vista militar. Pero luego basta un encuentro personal para que su ánimo cambie. “Ayer vi al Führer , escribe el 18 de junio de 1944 a Lucie. Ahora miro al futuro con mucha menos preocupación que hace una semana” .

Cuando se aproxima la hora del atentado de Claus von Stauffenberg, Rommel vuelve a estar en fuera de juego. Durante una visita de inspección al frente, dos cazas británicos ametrallan su vehículo. Rommel sufre una fractura en la base del cráneo y es llevado a un hospital de campaña de la Luftwaffe.

Allí se encuentra todavía el 20 de julio, cuando en la lejana Prusia Oriental estalla la bomba que Stauffenberg ha colocado en la sala donde Hitler se reúne con sus oficiales. El dictador sale prácticamente ileso. El golpe de Estado fracasa.

El 8 de agosto, cuando Rommel recibe el alta y se le permite volver a casa, su destino ya parece previsible. No se conocen con certeza las declaraciones que la Gestapo consiguió arrancar a los conjurados, pero parece evidente que implicaron a Rommel. El dictador vio traición y montó en cólera. Lo que más le habría gustado hubiera sido juzgar al general, pero Hitler no se podía permitir con él un juicio farsa. La única salida que quedaba era la orden de suicidio.

Cuatro días más tarde, Rommel fue despedido con honores en un funeral de Estado, en presencia de numerosos altos cargos del Reich. Solo Hitler eludió asistir a la pantomima. Pero envió su pésame a la viuda.