La hija menor de Rudolf Hoess vivió entre los siete y los once años en Auschwitz, en la casa que se reservaba a la familia del comandante del campo de exterminio. Solo un muro la separaba de las cámaras de gas que su padre había mandado construir. Por Judy Clarke

Tras la guerra, Brigitt huyó de Alemania, se instaló en España y se inventó una nueva vida como modelo.

Nunca le habló a nadie de su padre. Y menos que a nadie, a sus hijos y nietos. Decía simplemente que había muerto en la guerra. Para ella no hay tanta diferencia. Los ingleses lo ahorcaron en 1947, justo enfrente de su bonita casa de Auschwitz.

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Brigitt Hoess en los 50 durante su estancia en Madrid

Su padre era Rudolf Hoess, el comandante del campo de exterminio de Auschwitz entre mayo de 1940 y finales de 1943. El hombre que en los juicios de Núremberg se permitió corregir al presidente del Tribunal, que acaba de referirse al asesinato con gas de tres millones de hombres, mujeres y niños. “Solo fueron dos millones y medio le rebatió. Los demás murieron de hambre, agotamiento o enfermedad”. Y aún se atrevió a matizar que él personalmente nunca “había matado ni azotado a nadie”. Era cierto; él era el organizador del exterminio.

En los cincuenta se instaló en Madrid. Rubia, elegante, guapa y distinguida trabajó durante tres años como maniquí de Balenciaga

“Debía de haber dos caras en él -explica Ingrid-Brigitt, la hija pequeña del comandante Hoess-: el que yo conocía y otro. Para mí era el hombre más bueno del mundo”. Brigitt, ahora escrito con una ‘e’ final, vive en Virginia (Estados Unidos) desde hace cuarenta años. Cerró definitivamente la puerta a los recuerdos a principios de los años cincuenta, cuando viajó a España. Tenía 20 años, era rubia y elegante y no le costó encontrar trabajo como maniquí en la casa Balenciaga, en Madrid, donde trabajó tres años. Más tarde se enamoró de un ingeniero estadounidense expatriado. Se casaron en el año 1961 y tuvieron dos hijos. El trabajo de él los obligaba a viajar todo el tiempo: Liberia, Grecia, Irán, Vietnam… Daba igual dónde, con tal de que fuera muy lejos. Cuando Brigitte le contó por fin quién había sido su padre, su esposo se mostró comprensivo y le aseguró que ella era “tan víctima como los demás”.

conocer, hija creador auschwitz, xlsemanalBrigitt jugaba a solo un centenar de metros de las cámaras de gas

Se trasladaron a Washington en 1972, donde su marido trabajó como directivo en una empresa de transportes. Ella no hablaba muy bien inglés, pero se las arregló para encontrar trabajo. Primero, en una pequeña tienda de moda; luego, en una gran boutique, Saks Jandel, frecuentada por la crème de las esposas de los congresistas estadounidenses. Lo logró tras encandilar con sus buenas maneras a su jefa, una mujer judía que había huido de Alemania en 1938, tras la Noche de los Cristales Rotos, y que desconocía el pasado de su empleada.

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El Dr. Josef Mengele (1911-1979) a la izquierda, conocido como ‘El ángel de la muerte’. Junto a él es Rudolf Höss, comandante de Auschwitz. En segundo lugar de la derecha es Josef Kramer, comandante de Belsen; y el último, un oficial alemán no identificado

A los ochenta años y enferma de un cáncer terminal, Brigitte reveló su sorprendente historia personal en la primera entrevista que concedía en toda su vida. Lo hizo al periodista Thomas Harding, de The Washington Post. Harding escribía un libro sobre su tío abuelo, el capitán Hanns Alexander, que fue quien detuvo a Hoess tras la guerra.

Brigitte aun recuerda el momento de la detención: “Cuando entraron en la casa, yo estaba sentada a la mesa con mi hermana -le dijo a Harding-. Tenía 13 años. Los soldados repetían a gritos: ‘¿Dónde está tu padre?’. Tuve muchos dolores de cabeza Migrañas que me duraron años”.

Aceptó la entrevista después de que Harding le prometiese que no revelaría ni su nombre ni su dirección. “Hay gente que está muy loca… Igual podrían quemar mi casa o liarse a tiros”, argumentó.

Su pasado y su origen ha sido su secreto mejor guardado. Solo un día, hace muchos años, a Brigitte se le escapó una confesión. Fue poco después de llegar a Estados Unidos. Los primeros tiempos allí fueron difíciles. No tenía amigos ni parientes. A pesar de su probada discreción, una noche bebió más de la cuenta y empezó a contarle su historia al director de la tienda, que inmediatamente se lo dijo a su benefactora, judía, y a su marido. Para su sorpresa, los dos aceptaron que continuara en su puesto. Nunca hicieron responsable a Brigitt de los crímenes de su padre. Y Brigitte trabajó allí 35 años sin que ninguno volviese a hablar jamás del tema.

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Inge-Brigitt Hoess (a la derecha) nació el 18 de agosto de 1933. Fue la tercera de los cuatro hijos del jerarca nazi Rudolph Hoess

Rudolf Hoess fue ahorcado en 1947, tras el final de la guerra. Brigitte, sus dos hermanos, su hermana y su madre, Hedwig, de pronto se vieron sumidos en la pobreza absoluta. Durante la infancia había residido en un campo de concentración tras otro, a medida que su padre iba ascendiendo por el escalafón de las SS.

Entre los siete y los once años, su hogar fue una gran casa ajardinada en Auschwitz. Tenían sirvientes muchos de ellos, presos y la vivienda estaba decorada con muebles y obras de arte robadas a los presos. Podían ver los barracones y un crematorio desde una ventana del piso de arriba. En abril de 1945, con la guerra ya decantada, la familia huyó hacia el norte. Su intención era llegar a Sudamérica, pero en marzo de 1946 fueron descubiertos. Su padre fue detenido y ellos se vieron forzados a vivir en las calles durante unos años.

Brigitte se separó de su marido en 1983, ha enterrado a su hija hace un tiempo y solo su hijo vive aún hoy con ella. Ve a sus nietos con frecuencia, pero nunca se ha sentido capaz de revelarles su oscuro pasado. Ella asegura que lo último que quiere es incomodarlos o angustiarlos con sus viejos fantasmas.

Según cuenta, su madre -la esposa del creador de la ‘Solución final’- que siguió viviendo en Alemania, la visitó frecuentemente en Washington hasta finales de los ochenta, cuando murió en el curso de una de esas visitas. Está enterrada al norte de Virginia.

Los hermanos de Brigitte residen en Alemania. Uno de los miembros de la familia que ha reconocido públicamente su parentesco con Hoess es Rainer, un sobrino de Brigitte. Rainer espetó a Harding mientras lo entrevistaba. “Si supiera dónde está enterrado mi abuelo, iría a mearme en su tumba.”

“Mi padre tuvo que hacer todo aquello. Solo era un miembro de las SS. Lo amenazaron con tomar represalias contra su familia si no lo hacía”

Brigitte es consciente de lo espantoso de los crímenes de su padre, pero el hecho es que tiene buen recuerdo personal de su progenitor. “Siempre fue muy bueno con todos nosotros”. Y agrega. “Mi padre, en el fondo, se sentía triste”. Ella cree que su padre no tuvo opción, que lo obligaron a hacer muchas cosas que no quería hacer. “Tenía que hacerlas. Lo amenazaron con tomar represalias contra su familia. Si no hacía todo aquello, íbamos a estar en peligro. Y él no era más que un miembro más de las SS. Si él no lo hacía, muchos otros estaban más que dispuestos a cumplir las órdenes”.

Brigitte no duda que en Auschwitz y los demás campos tuvieran lugar tantas atrocidades. Pero sí que pone en duda el número de víctimas mortales. “Si todas esas personas fueron asesinadas, ¿cómo se explica la existencia de tantos supervivientes?” , pregunta. Y cuando se le recuerda que su padre se confesó responsable de la muerte de más de un millón de judíos, contesta que los británicos “le arrancaron esa confesión por medio de torturas”

Brigitte prefiere creer su propia historia. Y cada tarde se recoge en silencio ante una foto que conserva como un tesoro en su dormitorio y que no le muestra a nadie. Es el retrato de sus padres el día que se casaron. Antes de que Rudolf Hoess se convirtiera en un monstruo.

La construcción de Auschwitz, contada por Hoess

En junio de 1941 recibí la orden de organizar el exterminio en Auschwitz. Viajé a Treblinka para ver cómo se las arreglaban ellos. Usaban monóxido de carbono. Sus métodos no me parecieron muy eficaces. Preferí elegir Zyklon B, ácido prúsico cristalizado, que introducíamos por una pequeña abertura. El gas hacía efecto entre 3 y 15 minutos. Sabíamos que la gente estaba muerta cuando ya no la oíamos gritar. Esperábamos todavía media hora para abrir la puerta. Una vez sacados los cuerpos, se les quitaban las sortijas, las alianzas y el oro de los dientes. Conseguimos otra mejora al construir cámaras de gas con capacidad para 2000 personas en lugar de las 200 de Treblinka. Allí, las víctimas sabían casi siempre que iban a ser ejecutadas. Nosotros nos esforzábamos para que creyeran que íbamos a despiojarlos. Por supuesto, adivinaban a menudo nuestras intenciones, y eso provocó algunos incidentes. Algunas veces las mujeres escondían a sus hijos bajo las montañas de ropa que se quedaban en la puerta . Rudolf Hoess firma su primera confesión en marzo de 1946, ante el capitán británico Hanns Alexander, que lo había localizado tres días antes en una granja alemana. Fue su mujer quien lo delató. Los ingleses la amenazaron con enviar a su hijo mayor a Rusia si no les revelaba el escondrijo. Hoess fue ejecutado en 1947 en Auschwitz tras declarar en el juicio de Núremberg.