Ni católico ni resignado ni españolizado, ni astigmático… Resulta que las afirmaciones más extendidas y populares sobre el Greco son solo clichés construidos a principios del siglo XX. Por E. Font.

Así lo explica Fernando Marías, uno de los mayores estudiosos del genio cretense y autor de la monumental biografía El Greco, historia de un pintor extravagante, publicada por la editorial Nerea. La visión que propone Marías procede de haber pasado de tener en aquella época solo 37 documentos para valorar al pintor a los más de 500 de los que hoy disponemos, a los que se suman las más de 20.000 palabras que él mismo escribió sobre el arte y los pintores de su tiempo.

¿Y cómo es el pintor que hoy descubrimos? “Un pintor griego, no español, que no renuncia a su identidad griega a lo largo de su carrera, que se forma como un cristiano ortodoxo, no católico; que no parece interesarse especialmente por el carácter religioso que en España se le asignaba a la pintura y que piensa, en cambio, que esta es un instrumento de conocimiento de la realidad”, afirma. El Greco establecía en su pintura una frontera muy clara entre las figuras que pertenecen al mundo religioso -o al mundo de la ficción o de la literatura- y las que pertenecen al mundo real y debían ser tratadas de un modo distinto.

En cuanto a su vida y personalidad, su españolismo es más que relativo, apunta Marías: nunca llegó a dominar la lengua española, pese a haber vivido aquí 35 años; tenía muy pocos vínculos personales con españoles y prefería la compañía de italianos o de gente que hablaba griego en Toledo.

“No era tampoco, como se creía, un personaje pasivo y que se amoldaba. estaba lleno de personalidad, de iniciativas e intentó imponer su voluntad. Era un pintor a contracorriente que quiso hacer lo que pensaba que se debía hacer. No fue un sumiso pintor que solo pensara en la religión. Hace, desde luego, pintura religiosa en un 70 por ciento de su producción porque le tocó vivir bajo el espíritu de la Iglesia contrarreformista, pero no creo que estuviera en sintonía con esos postulados”. De hecho, al Greco constantemente le criticaban que estuviera dedicado a ‘lo superfluo’. “Le decían que era muy bonito lo que pintaba, pero no lo que debiera ser una pintura religiosa. Tuvo, de hecho, problemas con las autoridades de la Iglesia, incluso con pintores como Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez, que pensaba que el Greco hacía de su capa un sayo”.

Y no, no pintaba las figuras alargadas porque tuviera astigmatismo… “Desde luego que no” -sonríe Marías-. Después de que se demostrara en el siglo XIX que el Greco no estaba loco [como se había dicho en el XVIII], se intentaron explicar científicamente algunos caracteres de su pintura: ‘Que alargaba mucho sus figuras, pues estaría astigmático’ No es así. Él mismo dice en sus notas que pintaba las figuras más alargadas porque es lo que hacía todo el mundo. ‘Nos gustan mucho más las figuras alargadas; y las mujeres de Toledo se ponen unos chapines para parecer más altas, más estilizadas, más elegantes’, decía. Como unos taconazos hoy. Muchos de sus cuadros eran, además, para ser vistos desde abajo: estaban situados muy en alto. Y ese alargamiento que hoy vemos al contemplarlos de frente se reducía al verlos desde abajo.

Él buscaba una corrección natural de la escala por esta disposición. Odiaba, además, las figuras enanas. Constantemente lo dice. ‘Nada que tenga que ver con lo enano’ . ¿La razón de esta ‘fobia’? ¿Quizá él mismo era enano? Pues no tenemos ni idea No hay ninguna descripción física de sus contemporáneos .