En 1901, el médico alemán Alois Alzheimer trató a Auguste Deter, un ama de casa de 51 años desorientada, desmemoriada y asustada. Siguió su evolución hasta su muerte, cuatro años y medio después, y analizó su cerebro. Se dio cuenta de que se encontraba ante una nueva enfermedad. Hoy lleva su nombre y la padecen casi 36 millones de personas en el mundo. Por Fátima Uribarri

El 26 de noviembre de 1901, el doctor Alois Alzheimer -jefe clínico de la Institución para Enfermos Mentales y Epilépticos de Fráncfort del Meno (Alemania-) entrevista a una nueva paciente, Auguste Deter, ingresada el día anterior.

-¿Cómo se llama?
-Auguste.
-¿Apellido?
-Auguste.
-¿Cómo se llama su marido?
-Creo que Auguste.
-¿Su marido?
-Ah, bueno, mi marido
-¿Está casada?
-En Auguste.
-¿Señora Deter?
-Sí, en Auguste.

Esta entrevista rutinaria despierta el interés del doctor Alzheimer. Por primera vez en su carrera, el médico observa que un paciente olvida su nombre en el momento de escribirlo. Intuye que está frente a un caso diferente. Anota en la historia clínica “trastorno amnésico de la escritura” y decide seguir estudiando.

El primer caso estudiado

Auguste Deter, de 51 años, es la mujer de un funcionario de ferrocarriles. Un ama de casa con una hija y una vida normal hasta el 18 de marzo de 1901. Ese día -cuenta su marido a los médicos-, Auguste, a la que define como “una mujer trabajadora y ordenada, algo nerviosa, pero bastante llevadera” , muestra por primera vez un comportamiento extraño: de repente, ella lo acusa con fiereza de haber salido a pasear con una vecina.

Después, su marido nota que Auguste pierde memoria. En mayo comienza a cometer errores graves al cocinar y a dar vueltas “intranquila y sin rumbo por la casa” . Empieza a descuidar las tareas domésticas. Y se empeña en que un recadero habitual la tiene tomada con ella. Sufre periodos de agitación y temblores, llama a las puertas de los vecinos, da fuertes portazos, esconde objetos por toda la casa. El caos se apodera de la vivienda. Carl Deter, desbordado por la situación, decide ingresarla el 25 de noviembre de 1901.

Alois Alzheimer la reconoce con frecuencia. “Auguste se interrumpe a menudo mientras pronuncia las palabras, como si estuviera desorientada o no supiera si está bien lo que dice” , observa el médico. Esa paciente le preocupa sobremanera. Es joven para padecer demencial senil. No es alcohólica. No hay antecedentes de enfermedades mentales en su familia…

El doctor Alzheimer prescribe baños para tranquilizarla: inmersiones en agua caliente y templada que se prolongan durante horas, incluso días. También le receta somníferos, de dos a tres gramos de hidrato de cloral, lo que produce a Auguste cierta obnubilación.

Empeoramiento progresivo

Pero la agitación, la desorientación y el estado de miedo de la señora Deter van en aumento. En febrero de 1902  pasa la mayor parte del día, e incluso la noche, metida en la bañera. La han aislado en una habitación individual: en las madrugadas deambula nerviosa y despierta al resto de los pacientes. Llora. No es capaz de mantener las conversaciones relativamente largas que sostenía tres meses atrás.

Alzheimer la visita casi a diario hasta junio de 1902, cuando lo trasladan. Su última anotación antes de ese cambio de destino es “Auguste D. persiste en su actitud negativa, grita y golpea en cuanto se pretende examinarla. Grita espontáneamente, a menudo durante horas, de manera que hay que inmovilizarla en la cama” .

Alois pasa a trabajar en el Hospital de Heidelberg y después en el Psiquiátrico de Múnich. Su carrera va bien. Tiene prestigio. Y causa una magnífica impresión entre sus colegas: además de trabajador incansable, es un hombre agradable, simpático, bromista. En Múnich, aun desbordado de trabajo, no olvida a Auguste.

Cuando esta muere, el 8 de abril de 1906, le envían su historia clínica y su cerebro para que él, experto en anatomía patológica, lo examine. La causa de la muerte de la mujer es “septicemia por úlcera de decúbito”. Alzheimer analiza su cerebro y descubre “alteraciones de las neurofibrillas mucho más pronunciadas que las encontradas en pacientes de edad mucho más avanzada” . Es chocante.

El hallazgo pasó inadvertido

Durante los siguientes meses, el doctor Alzheimer prepara una ponencia para exponer el caso en la 37.ª Reunión de Psiquiatras del Sureste de Alemania en Turinga, el 3 de noviembre de 1906. Alois explica el caso ante 90 colegas, pero pasa inadvertido. A aquella reunión de psiquiatras acuden Carl Jung y otras eminencias, que se enzarzan en sesudos debates sobre las recientes teorías de Sigmund Freud.

A Alzheimer lo ignoran, pero no su jefe y mentor, Emil Kraepelin, la figura principal de la psiquiatría mundial del momento. En 1910, Kraepelin publica una nueva edición de su Psiquiatría para médicos y estudiantes, en el que aparece por primera vez el epónimo ‘enfermedad de Alzheimer’; y hace una descripción clínica y patológica de la afección aún hoy vigentes.

Alzheimer explica el caso de Deter ante 90 colegas, entre los que estaba Jung. Lo ignoran por completo

Un año después, en 1911, Alzheimer publica otro caso similar al de Auguste. El protagonista es Johan F., jornalero de 59 años. El médico descubre muchas similitudes en ambos casos, que comparten características con la demencia senil, sin ser ninguna personas de edad avanzada.

También en 1911, el histopatólogo español Gonzalo Rodríguez Lafora le remite para su publicación el estudio de William C. F., de 58 años. Es uno de los primeros en utilizar la denominación ‘enfermedad de Alzheimer’.

El mundo ‘descubre’ la existencia del alzhéimer en 1981, al saberse que Rita Hayworth lo padece

Los casos documentados se suceden a cuentagotas: en 1922, Stertz -yerno de Alzheimer- revisa el mal basándose en 22 casos clínicos; en 1932, Schottky se plantea por primera vez el papel de la herencia de la enfermedad…

El empujón definitivo para que se conozca este mal , que crece a medida que envejece la población en los países desarrollados, se da en 1981: el mundo se entera de que la actriz Rita Hayworth lo padece. En 1994, el expresidente de los Estados UNidos Ronald Reagan también  hace público su diagnóstico. Según la fundación Reina Sofía, 26 millones de personas en el mundo sufren alzhéimer; 400.000 son españoles, y serán 650.000 en 20130. La patología afecta al 10 por ciento de la población mayor de 65 años y al 50 por ciento de los que han cumplido 85.


Todo un visionario

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Era el segundo de los ocho hijos de un notario real prusiano católico. Durante su carrera universitaria no mostró especial interés por la psiquiatría; su tesis doctoral se tituló Sobre las glándulas ceruminosas del oído. Sin embargo, nada más titularse le tocó ejercer como médico particular de una mujer con enfermedad mental y poco después, en 1888, comenzó a trabajar en la Institución de Enfermos Mentales y Epilépticos de Fráncfort, donde conoció y trató a Auguste Deter.

Su carrera fue brillante. Destacaba por su precisión y habilidad con el dibujo, y todos coinciden en que era un hombre afable y de buen carácter.

Siempre con un puro en la mano, inundaba de humo el laboratorio; era paciente con los enfermos y mostraba su generosidad pagando incluso de su bolsillo gran parte de los costes de su laboratorio.

Durante sus 27 años de actividad como médico, Alois Alzheimer se centró sobre todo en el estudio de la demencia senil; publicó estudios sobre la arteroesclerosis, las demencias, las psicosis, la parálisis general progresiva, la epilepsia y el alcoholismo.

Supo que había dado nombre a una nueva enfermedad, pero no conoció la globalización de la afección que había descubierto: falleció en 1915, en plena Primera Guerra Mundial, rodeado de su familia (era viudo y tenía tres hijos).

Fue un visionario que, poco antes de morir, en 1914, pronunció una interesante conferencia titulada Efectos letales de la guerra sobre el sistema nervioso y la psique. Mucho tardaría aún el mundo en saber de la existencia del trastorno por estrés postraumático, que él ya había adelantado.