El descubrimiento, en los últimos años, de nuevas especies de dinosaurio está revolucionando la paleontología. Los últimos hallazgos, una especie en China bautizada como ‘Pinocho rex’ y un dinosaurio gigante en Argentina, han cambiado la forma de ver la evolución de estos grandes depredadores. Por Fernando González Sitges

El cazador más poderoso de aquel bosque de finales del Cretácico buscaba, desesperado, una presa. Era extraño que un tiranosaurio de su especie, un ‘Tyrannosaurus rex’, hubiera fallado en dos ocasiones.

Dos presas grandes y apetitosas habían logrado huir de sus mandíbulas despertando en él un hambre voraz. Doce metros de hueso y músculos necesitaban combustible. Precisaba comer. Cazar. Matar.

Pocos minutos más tarde, un olor acre llegó a su hocico. Posibles presas se escondían tras un muro de coníferas. Con lentitud asomó su cabeza a un claro en el bosque y vio un grupo de Nankangia, dinosaurios emplumados que podrían saciarlo, pero cuya agilidad le pondría las cosas difíciles. Cuando se lanzó al ataque, el bosque pareció cobrar vida. Otro tiranosaurio de aspecto diferente surgió de la espesura. Era más estrecho, más pequeño, menos poderoso. Pero mucho más veloz. El nuevo actor atrapó sin vacilación a uno de los Nankangia y lo arrastró a la espesura mientras nuestro hambriento tiranosaurio intentaba, corriendo en vano tras él, atrapar otro de los dinosaurios emplumados. Una vez más, su primo de morro estrecho le había tomado la delantera.

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Setenta millones de años más tarde, otra especie iba a encontrarse por sorpresa con este tiranosaurio ágil y mortífero: el hombre. Un grupo de trabajadores chinos que excavaba en las obras de una carretera en la provincia de Jiangxi dio con un cráneo fosilizado, propio de un dragón de su milenaria historia. Los expertos se pusieron a trabajar en la extracción y clasificación de los fósiles. El cráneo parecía el de un tiranosaurio, pero su morro era mucho más largo y estrecho que el del Tyrannosaurus rex, y en su superficie terminal, sobre los orificios nasales, presentaba unas protuberancias. No era un T. RexAlguien recordó entonces que pocos años antes se habían desenterrado cráneos similares, de menor tamaño, en Mongolia. Los expertos habían concluido que eran de tiranosaurios juveniles. Se equivocaron.

Desde hace unos años se descubre una nueva especie cada dos semanas. Los dinosaurios fueron mucho más numerosos y variados de lo que creíamos

Tras un largo periodo de trabajo, en mayo de 2014, cinco investigadores de la Academia China de Ciencias Geológicas y Stephen Brusatte, de la Universidad de Edimburgo, dieron la noticia al mundo. Una nueva especie de tiranosaurio, primo del archiconocido Tyrannosaurus rex, nacía para la ciencia. Su nombre, Qianzhousaurus sinensis, quedó inmediatamente eclipsado en los medios de comunicación por el apodo con el que lo bautizaron. Pinocho rex. El morro alargado le jugaba así una mala pasada a uno de los más poderosos depredadores que haya conocido nuestro planeta.

Desde hace unos años se está nombrando una nueva especie cada dos semanas. Incluso en la misma semana que se daba a conocer el Pinocho rex se ponía nombre a un nuevo dinosaurio predecesor directo de las aves. Gran parte del mérito de este ‘Renacimiento’ en el mundo de los dinosaurios se lo debemos a China. Pero el gigante asiático no es el único que está proporcionando grandes sorpresas.

Los animales desenterrados en Argentina tenían la altura de un edificio de siete plantas y un peso cercano a los 90.000 kilos

El sur de argentina viene sorprendiendo al mundo de la paleontología desde finales del siglo pasado. Los mayores animales que jamás hayan pisado la Tierra han ido apareciendo en la mitad sur del gigantesco país sudamericano. Los saurópodos, los herbívoros de cuello y cola descomunales que con frecuencia llamamos genérica y equivocadamente Diplodocus, los más grandes entre los dinosaurios, parecen haber poblado lo que hoy es el cono austral americano en número y variedad sin precedentes.

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A finales de 2011, un campesino descubrió en la provincia de Chubut, 1300 kilómetros al sur de Buenos Aires, el hueso de un animal de un tamaño imposible. Cuando los paleontólogos comenzaron a excavarlo en enero de 2013, no daban crédito a lo que tenían delante. Era un fémur, pero un fémur 14 veces más grande que el de un elefante actual. Aquel animal tuvo que pesar cerca de cien toneladas. Además, en el lugar del primer hueso aparecieron muchos otros, restos de siete animales de la misma especie, lo que permitió a los científicos montar las patas, el torso, la cola y parte del cuello del colosal dinosaurio; algo insólito hasta la fecha. “Al excavar, el fémur nos sorprendió por su tamaño: es el más grande que se conoce de un dinosaurio  -comenta José Luis Carbadillo, paleontólogo del Museo Egidio Feruglio de Trelew-, pero nos quedamos más impactados según íbamos cavando y encontrábamos restos de costillas, caderas, una cola completa, un húmero… que nos dejan ver que eran animales grandes que comían y se movían en grupo. Con estos restos podemos reconstruir el animal íntegro”.

Los dinosaurios desenterrados, que vivieron hace 95 millones de años, tenían la altura de un edificio de siete plantas y un peso cercano a 90.000 kilos. Es, sin ninguna duda, la especie de dinosaurio más grande de todas cuantas se conocen. Los descubrimientos de la última década también han colocado a España en el punto de mira de la paleontología. A los grandes saurópodos de Teruel y Soria se suman los hallazgos de dinosaurios emplumados en Cuenca y, recientemente, el descubrimiento de huevos de dinosaurio en el Prepirineo ilerdense.

Albert g. Sellés, del instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont, se está convirtiendo en una eminencia mundial en huevos de dinosaurio. En 2013 Sellés descubrió los primeros huevos de cuatro especies de dinosaurio en los yacimientos de Coll de Nargó, en Lérida. Y poco después se dieron a conocer dos nuevas ‘ooespecies’ -que es como llaman los paleontólogos a los huevos de especies determinadas-: Prismatoolithus trempii, una especie carnívora de la que se conocen muy pocos restos fósiles en Europa, y Spheroolithus europaeus, un hadrosaurio (dinosaurios conocidos como ‘pico de pato’), grupo del que no se había encontrado ningún huevo hasta la fecha. Con estos hallazgos, los yacimientos catalanes se convierten en los más importantes del mundo en el estudio de huevos de dinosaurio.

A finales del siglo pasado, los hallazgos en China ya iniciaron una revolución en nuestra forma de ver y entender a los grandes gigantes que dominaron la Tierra hasta hace 66 millones de años. Los grandes predadores como el tiranosaurio se vistieron de delicadas plumas, aparecieron dinosaurios pequeños… Ahora estamos comprobando que fueron mucho más numerosos, variados y adaptables de lo que creíamos.

Los pioneros de los dinosaurios

La primera especie. Los aqueos hallaron cráneos fosilizados de paquidermos al pie del Etna hace 5000 años que entonces se consideraron cíclopes gigantes. En 1822, el geólogo inglés Gideon Mantell se percató de las semejanzas entre unos fósiles y unos huesos de iguana que tenía. Como resultado describe la primera especie de dinosaurio: el Iguanodon.

Y tomaron cuerpo. En 1841, sir Richard Owen presenta los dinosaurios oficialmente en una conferencia. Basándose en el Iguadonon de Mantell, reconstruyó su cuerpo echándole imaginación. Como resultado, la primera representación de un dinosaurio se parecía más a un paquidermo con escamas que a un verdadero dinosaurio.

Con nombre propio. Dos años más tarde fue un profesor de Geología de la Universidad de Osford, William Buckland, quien desentierra restos fósiles en una cantera de Stonesfield y describe por primera vez su hallazgo e investigación en una revista científica. En ella da nombre al Megalosaurus bucklandil, el primer dinosario que tuvo nombre propio.


PARA SABER MÁS

Living Dinosaurs. The Evolutionary History of Modern Birds. G. Dyke and G. W Kaiser Ed. Wiley-Blackwell, 2011.