Desde la Antigüedad, los pintores han tratado por todos los medios de fabricar tintes con los que reproducir la maravilla cromática de la naturaleza. Por Suzana Mihalic

Los científicos lo tienen claro: pese a la riqueza cromática que percibimos a nuestro alrededor, no existe ningún color en la naturaleza. Solo existe radiación electromagnética que se propaga a través del espacio. Esta radiación se manifiesta de diversos modos: como luz visible, rayos X, rayos gamma o calor radiado. Lo que llamamos ‘color’ es una percepción visual que se genera en nuestro cerebro cuando este interpreta las señales nerviosas que recibe de la retina de nuestros ojos. Los fotorreceptores de la retina interpretan la luz que reflejan los objetos; es decir, la que no pueden absorber. La diversidad de colores que vemos depende, en consecuencia, del material con que los objetos estén hechos y de la temperatura que tengan.

El misterio de los colores ha inquietado a la humanidad desde siempre. Aristóteles situaba el origen de los colores en la mezcla de la luz solar con los cuatro elementos. el fuego, la tierra, el agua y el aire. Otros científicos aventuraron tesis similares hasta que Isaac Newton observó, en 1995, que al pasar un haz de luz por un prisma de cristal este se descomponía en colores puros, los mismos del arcoíris, y defendió que el modelo adecuado para explicar la percepción del color era un círculo. Nacía el ‘círculo cromático de Newton’. Hallazgo clave para la ciencia y para el arte.

Quizá para quienes más dolores de cabeza han supuesto los colores sea para los pintores. Los artistas llevan milenios, desde la Prehistoria, intentando replicar los colores que ‘emite’ la naturaleza. De esa búsqueda y su imbricación con la ciencia trata la gran exposición de la National Gallery, en Londres. Analiza los pigmentos con los que a lo largo de la historia se buscó conseguir tonos verdaderos y repasa también obras y autores que fueron claves en el desarrollo del color en el arte. Uno de ellos fue Tiziano. Ya en el siglo XV, el veneciano apostó por el ‘colorito’ frente a la escuela florentina, que defendía el ‘disegno’. El color hasta entonces se consideraba decorativo, pero Tiziano lo reivindica como parte esencial de la pintura.

Siglos después, a principios del XIX, Turner marca otro giro en el tratamiento del color al proclamar: «El color es luz». Sus paisajes logran una luminosidad sin precedentes y al final se centra tanto en la luz pura que anticipa el arte abstracto. Paul Gauguin y Henri Matisse serían también radicales en el uso del color. Matisse está considerado el mejor colorista del siglo XX. La combinación de la ‘fuerza’ de los colores, según él mismo decía, los convertía en coros cromáticos, en arte. Gauguin tenía como lema todo debe ser sacrificado al color, y dejó una reflexión: «El color, siendo en sí mismo enigmático en las sensaciones que nos produce, hace que solo pueda ser empleado enigmáticamente. El artista se sirve de los colores no para dibujar, sino para provocar sensaciones, las que emanan de su propia naturaleza, de su misteriosa fuerza interior».

Púrpura: el color de la realeza

En este cuadro: ‘A pair of lovers’, de Paris Bordon, discípulo de Tiziano. Pintó este cuadro entre 1555 y 1560. No solo usa el púrpura en los ropajes, también lo aplica en las alas del ángel

Ha sido siempre el color de la nobleza. Como era difícil de obtener, las telas púrpuras eran muy costosas y su uso estaba restringido a los ricos. Los romanos lograron imitarlo extrayendo un carísimo tinte de la mucosidad de un caracol marino, llamado ‘púrpura’, que le dio el nombre al color. Otra forma de obtenerlo era usando una piedra semipreciosa, la fluorita, pero la mayoría de los pintores se limitaban a mezclar pigmentos rojos y azules. En 1856, el químico británico William Perkin descubrió por casualidad un tinte púrpura puro, el mauveine. Lo patentó y revolucionó la moda. La reina Victoria vistió a toda su familia en púrpura y creó tendencia.

Rojo: un clásico desde la prehistoria

‘La dama en rojo’, de Giovanni Battista Moroni, pintado entre 1556 y 1560. Destaca porque luce un ropaje de seda con un tono rojizo poco usual. Los tintes para esos vestidos se traían de América

El rojo es el color que se ha encontrado más frecuentemente en las pinturas rupestres, lo cual hace suponer que junto con el negro, el amarillo y el blanco fue uno de los primeros pigmentos utilizados por el hombre. El rojo es el color de la sangre, la pasión, el peligro, de los reyes, los cardenales y la revolución.

“El artista se sirve de los colores no para dibujar, sino para provocar sensaciones”, decía Gauguin

Uno de los primeros pigmentos rojos es el bermellón, que se preparaba a partir del mineral de cinabrio. Fue uno de los favoritos de los romanos. Los tintes rojos también se extraen de insectos y plantas. Especialmente conocido es el extraído de la cochinilla de las encinas Kermes vermilio, que aún hoy se usa para producir pintalabios o colorantes de alimentos. Desde la Edad Media, estos tintes mezclados con aceite o huevo han sido muy explotados por los pintores, porque producen un rojo muy intenso pero con efecto translúcido.

Oro y plata: solo para millonarios

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‘San Francisco de Asís con ángeles’, de Sandro Botticelli, pintado entre 1475 y 1480. El florentino usó pan de oro en muchas obras, entre ellas en el cabello de Venus

El oro y la plata no están incluidos en el espectro cromático. Sin embargo, han desempeñado un papel clave en el arte. Obviamente, el oro un material precioso se usaba para enriquecer y dar dignidad a las imágenes. Pero dado su coste, debía utilizarse en cantidades mínimas. Se aplicaba situando sobre el lienzo una hoja muy fina del metal, el llamado ‘pan de oro’. Pero aplicar esa pintura de oro era tan caro que Botticelli, uno de los pintores que la usaba de forma habitual, exigía a los clientes que se comprometieran por escrito a un precio previo. La plata solía usarse para alternar con el oro, pero se deslustraba rápidamente hacia el marrón, por lo que hoy es difícilmente apreciable en muchas obras. Hacia finales del siglo XV se comenzó a usar pintura para representar el oro y la plata; y se abandonó el uso de los metales preciosos.

Verde: de natural, nada

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‘A valley’, de Philippe Rousseau, hacia 1860. La dificultad para lograr el verde fue un serio problema a partir de XVI, cuando el paisaje se consolidó como género

El mundo rebosa de vegetación, pero muy pocos materiales naturales dan un pigmento verde a la pintura. La palabra ‘verde’, por cierto, deriva del latín viridis, que significa ‘vigoroso’, ‘joven’. Una de las fuentes más antiguas de verde es el cardenillo, una pátina venenosa que aparece sobre la superficie de cobre y bronce. Otra era un tipo de arcilla la ‘tierra verde’ que ofrecía una amplia gama de verdes. En el Renacimiento fue usada como base para el color carne; de allí que muchos rostros pintados entonces tengan un tono verdoso.

Amarillo: un toque tóxico

Lady Elizabeth Thimbelby y Dorothy (1637). Anthony Van Dyck aportó un exquisito tratamiento del color. No en vano su pintor favorito era Tiziano, maestro en la materia

El uso del ocre se remonta a la Prehistoria, pero es en el Renacimiento cuando los pigmentos amarillo brillante y naranja empezaron a popularizarse. Se obtuvieron al exponer el plomo y el antimonio a altas temperaturas. Salvo el amarillo ocre, todos los pigmentos de este color eran tóxicos, sobre todo uno de los primeros naranjas, el realgar, que contenía sulfuro de arsénico. Se usó mucho en Egipto y Mesopotamia y, pese a su peligro, también en las pinturas de Tiziano y sus contemporáneos. Y, más tarde, en la pintura de flores en Holanda.

Azul: el oro de ultramar

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Lavacourt bajo la nieve, de Monet. 1878-1881. El desafío de la pintura impresionista era captar lo etéreo de la luz y el color

En el pasado, el azul era un color precioso, más caro incluso que el oro. El más puro era el ultramarino, extraído del lapislázuli. Su nombre ‘más allá del mar’ refleja las dificultades de importarlo, en su mayor parte desde Afganistán. A principios del XVIII, un hallazgo revolucionó la paleta. el pigmento azul de Prusia, que se podía fabricar al por mayor. Pero la calidad del ultramarino siguió siendo inalcanzable. Finalmente, en 1804, se creó el cobalto sintético azul y, poco después, una forma artificial del ultramarino, que puso un color único al alcance de cualquier pintor.