¿Qué hay de cierto en los mitos que rodean a estos soldados llegados de la remota Escandinavia? Le contamos las verdades y mentiras de este pueblo guerrero que cosechó una de sus mayores derrotas en España. Por Carlos Manuel Sánchez

Incendiaron Sevilla, saquearon Orihuela, asediaron Santiago de Compostela, remontaron el Guadalquivir y el Ebro, secuestraron a un rey de Pamplona… El dragón representado en el mascarón de proa de sus naves de guerra aterrorizó a los habitantes de la Península Ibérica entre los siglos IX y XI, un periodo en el que fueron los señores del mar y en el que la codicia los llevó a explorar y expoliar cuatro continentes. Los vikingos son el sinónimo de la crueldad de una época oscura.

Los historiadores están revisando algunos mitos sobre aquellos piratas llegados de la remota y helada Escandinavia. Para empezar, no siempre eran sanguinarios. Fueron agricultores antes que aventureros; comerciantes antes que soldados. Y cosecharon demasiadas derrotas, especialmente en España, para que su fama de guerreros invencibles se sostenga. Las culturas anglosajona y centroeuropea tienen muy interiorizado su legado, pues fascinó a los románticos en el siglo XIX y a los nazis en el XX. Pero son menos conocidas sus incursiones en la Península Ibérica, tanto en los reinos cristianos del norte como en al-Ándalus. Por ejemplo, algunos de aquellos bandidos rubios y melenudos se establecieron cerca de Sevilla, donde se convirtieron al islam, formaron familias y se dedicaron a la fabricación de quesos.

El problema historiográfico en el caso de España es que no hay restos arqueológicos de ellos, y las fuentes escritas son escasas y poco objetivas. algunas sagas nórdicas, que los ensalzan como héroes; los escritos de los monjes cristianos, que hablan de asesinos feroces; y los autores árabes, que son los más prolijos. Pero se acepta que la primera oleada documentada fue en el año 844. Los vikingos habían convertido la ciudad francesa de Bayona en una de sus bases de operaciones. Una tormenta desvió sus naves hacia la costa de Gijón. Desde allí fueron costeando hasta Galicia y llegaron hasta el faro de Hércules. Adentrándose por las rías, saquearon las aldeas que encontraron a su paso hasta que un ejército cristiano, capitaneado por el rey Ramiro, les presentó batalla y los obligó a retroceder, quemándoles unas setenta naves.El resto de la flota siguió hacia el sur.

Se propusieron conquistar Santiago de Compostela, pero se encontraron con las murallas cerradas a cal y canto

Ya en territorio árabe sitiaron Lisboa, cuyos moradores enviaron mensajeros al califa de Córdoba para pedir ayuda. El asedio duró un par de semanas, pero los vikingos no tenían catapultas ni máquinas de guerra para tomar una ciudad amurallada, así que decidieron continuar su periplo, rumbo a Cádiz, que masacraron. Penetraron por el Guadalquivir y llegaron a Sevilla, ciudad que tomaron tras un par de escaramuzas. La población huyó aterrorizada. Los caudillos árabes estaban sorprendidos por la rapidez de desplazamiento de aquellos enemigos que parecían estar en todas partes y que ahora, además, disponían de caballos y se dedicaban a rapiñar las ciudades a su antojo. Abderramán II reunió una tropa bien pertrechada que los derrotó.

Lo que quedaba de la flota vikinga en retirada llegó al Atlántico, puso proa al norte y por el camino aún tuvieron ánimos para hacer una incursión por el Tajo y saquear Béjar. Finalmente se les permitió quedarse en Isla Menor (Sevilla), donde se dedicaron a elaborar mantequilla, leche agria y quesos. El queso puro sevillano procede del ost danés.

La siguiente incursión (año 896) estuvo comandada por dos caudillos normandos legendarios. Hasting y Bjorn Costilla de HierroDesde el principio lo tenían muy claro. Su objetivo: Santiago de Compostela, que ya tenía fama en la cristiandad y suponían que era una ciudad muy rica. Navegaron hacia el interior por la ría de Arosa y sembraron el pánico, pero en Santiago se encontraron con las murallas cerradas a cal y canto. Y en estas llegaron las huestes del rey asturiano Ordoño I, que los derrotó.

Como sucedió en la primera expedición, los vikingos decidieron probar suerte más al sur, atraídos además por la gran cantidad de plata islámica que circulaba. Tomaron al asalto Algeciras e intentaron repetir la jugada de remontar el Guadalquivir y alcanzar Sevilla, pero los árabes estaban sobre aviso. Una armada los frenó en seco.

Como siempre que encontraban rivales bien preparados, los vikingos prefirieron huir en busca de lugares más hospitalarios o mal defendidos. Así que cruzaron el estrecho de Gibraltar, saquearon algunos pueblos de la costa africana (lo que quizá explicaría que haya bereberes de ojos azules) y remontaron por el Mediterráneo, llegando al reino de Todmir (Murcia, Alicante y Almería).

Luego se ensañaron con las islas Baleares y llegaron a Francia e Italia. Tomaron Génova valiéndose de una artimaña de Hasting, que era un tipo ingenioso. Unos emisarios vikingos engañaron a los gobernantes genoveses diciéndoles que eran un grupo de cruzados rumbo a Constantinopla y que su líder había muerto, pidieron que les dejasen enterrarlo en la catedral. Obtuvieron el permiso. Cuando el obispo que oficiaba el funeral se dispuso a bendecir el ataúd, Hasting ‘resucitó’, sacó una espada que llevaba oculta y acabó con él. La ciudad cayó, aunque los vikingos pensaban que se trataba de Roma. La incendiaron. Y con el botín se dirigieron de nuevo hacia el sur. Al llegar al delta del Ebro, decidieron echar un vistazo. Y luego curiosearon por el Arga… El caso es que llegaron hasta Pamplona, donde hicieron prisionero al rey García Iñíguez, que tuvo que pagar un rescate de setenta mil dinares.

En muchos lugares se mezclaron con la población local. En realidad no eran ladrones ni guerreros a tiempo completo

Hubo otras oleadas, pero cada vez menos importantes. Algunos vikingos sirvieron como mercenarios para señores gallegos. Su conversión al cristianismo los atemperó. En muchos lugares acabaron mezclándose con la población local, pues en realidad no eran ladrones ni guerreros a tiempo completo, sino agricultores que echaban una belicosa cana al aire cuando las faenas del campo estaban paradas. Y como expone Paddy Griffith con ironía en Los vikingos. El terror de Europa. “Es difícil sacar adelante una granja sin una segunda fuente de ingresos”.