Fue una de las pioneras de la criminalística y fundó la Facultad de Medicina Legal en Harvard. Defensora de la racionalización absoluta en la investigación policial, creó una serie de escenarios en miniatura para que los detectives analizasen supuestos crímenes. Por Antonio Padilla

Junio de 1944. Chicago. Marie Jones, una prostituta, ha aparecido muerta en su mísero piso de alquiler. Le han rebanado el cuello, y su cabeza yace descoyuntada sobre una caja de cartón. El arma del crimen descansa junto al cadáver. Los investigadores llegados al lugar de los hechos encuentran otros indicios de interés: un par de botellas de licor, un pañuelo empapado en sangre… Los cajones han sido revueltos y hay una maleta recién hecha, como si Marie hubiera estado a punto de marcharse.

La Policía cuenta con dos testimonios. El primero es el de Shirley Flanagan, casera de la prostituta, quien encontró el cadáver y asegura que la noche anterior vio llegar a Marie Jones en compañía de Jim Green, un cliente habitual de la víctima. La versión de Green no resulta demasiado creíble: afirma que Marie estaba muy ebria, que se hizo con su navaja y se encerró en la habitación. “Cuando abrí la puerta, estaba tal y como acaban de encontrarla. Y me largué”.

A la Policía corresponde averiguar lo sucedido. Pero este caso se diferencia en un aspecto clave de tantas otras muertes sórdidas acaecidas en las grandes ciudades de la época. Los investigadores son de carne y hueso, pero no sucede lo mismo con la víctima degollada y cubierta de sangre. Marie Jones en realidad es una figurilla en miniatura a escala 1.12. La misma escala a la que ha sido construido el apartamento de alquiler donde ha aparecido su cadáver. Una casa de muñecas, vamos. Y, sin embargo, los hombres de la Policía de Chicago están investigando el caso con toda atención y seriedad, como si la muerta hubiera sido tan de carne y hueso como ellos mismos.

De buena familia, solo su interés por Sherlock Holmes apuntaba a que investigaría crímenes. ¡Empezó con 52 años!

La aparente paradoja tiene el nombre y los apellidos de la extraordinaria Frances Glessner Lee, la madre de la moderna ciencia forense.

Nacida en Chicago en 1878, Lee no parecía llamada a tan truculentos derroteros. Hija de buena familia y heredera de una cuantiosa fortuna, tan solo su temprano interés por los libros de Sherlock Holmes apuntaba lo que estaba por venir. Por lo demás, las primeras décadas de su vida se corresponden con el tipo propio de una señorita de su clase: la familia puso objeciones a su intención de estudiar en la universidad y poco menos que la obligó a casarse con un abogado, del que terminaría por divorciarse.

Frances empezó a interesarse por la investigación de homicidios de resultas de su estrecha amistad con George Burgess Magrath, compañero de estudios de su hermano en la Facultad de Medicina de Harvard. Con el tiempo cursó los oportunos estudios en Boston y en 1930 se puso a trabajar de verdad por primera vez en su vida… ¡a los 52 años de edad!

Frances fue nombrada capitana honoraria del cuerpo de Policía de Nuevo Hampshire, la primera mujer en tentar un cargo semejante en los Estados Unidos

Defensora de la racionalización y profesionalización absoluta de la investigación forense, un campo descuidado y dejado en manos de la inspiración personal del individuo, Lee contribuyó en 1931 al establecimiento de la Facultad de Medicina Legal en Harvard, la primera en los Estados Unidos. Con los años, Frances iba a financiar generosamente de su bolsillo las actividades de la facultad.

Entonces se embarcó en el proyecto de su vida: el trabajo en sus Estudios acotados de muertes inexplicables, una serie de 19 dioramas en miniatura que presentaban otras tantas escenas del crimen, con la idea de que fueran analizadas por los alumnos de Criminología o de Investigación Forense. Los dioramas constituyen toda una obra maestra del detalle, hasta el punto de que el escritor Erle Stanley Gardner -creador del personaje Perry Mason- escribió. “La persona que examina estos modelos puede aprender más sobre las pruebas circunstanciales en una hora de lo que aprendería estudiándolas en abstracto durante meses”.

Los escenarios recreados asombran por el detalle. Las llaves giran en las cerraduras, el lápiz escribe…

Gardner no exageraba. Las casas de muñecas creadas por Lee asombran por su absoluta atención al detalle: en las despensas hay alimentos enlatados y en el mármol de las cocinas, patatas a medio pelar Todo habla con elocuencia de un entorno de sordidez y de privaciones materiales, hasta el punto de que la especialista Corinne Botz autora de un libro con más de 500 fotografías detalladas de los escenarios de los crímenes recreados por Lee reparó en un detalle que se le había escapado: una anotación en tiza con el precio escrita en la parte inferior de una tabla de planchar.

El cineasta John Waters dijo: “Cuando vi por primera vez estas escenas del crimen en miniatura, me quedé apabullado. Ni el más depravado coleccionista de muñecas Barbie hubiera podido pergeñar una cosa así”

De la construcción física de los dioramas se encargó un carpintero profesional, quien llegó a incluir patios traseros y escaleras de incendios, por mucho que fuesen invisibles para el observador. Las llaves giran en las cerraduras, hay un lápiz que escribe y un silbato que pita. Antes de depositar los muñecos en los lugares oportunos, Lee les confeccionaba personalmente medias y calcetines perfectos, en su atención al detalle.

Corinne Botz sabe -porque ha tenido acceso a los archivos, pero no lo revela- quién cometió cada asesinato, salvo cinco casos hoy considerados demasiado complicados como para que los estudiantes puedan resolverlos. Jennifer Doublet, arquitecta y conocedora de la obra de Lee, añade una observación. “Lo que más satisfacción me produce es ver cómo el mundo eminentemente masculino de la investigación policial salta por los aires en estas violentas descripciones de crímenes que tienen lugar en el precioso, controlado y femenino escenario de una casa de muñecas”.

Las motivaciones personales de Frances Glessner Lee para centrarse en víctimas femeninas es un misterio. ¿Estaba empeñada en llamar la atención sobre el problema de la violencia doméstica, por entonces poco atendido? Difícilmente vamos a saberlo. La abuelita del crimen se llevó sus secretos a la tumba en 1962, cuando murió a los 84 años.


PARA SABER MÁS

The nutshell studies of unexplained death. Corinne May Botz. Editorial Monacelli, 2014.