Cada día se mandan más de 120.000 millones de correos electrónicos. Dicho así, hablar de su desaparición puede sonar prematuro. Pero se trata de una tecnología que muestra claros síntomas de fatiga. ¿Una prueba? Los jóvenes apenas lo utilizan. Se lo contamos.

En junio de 1897, el escritor Mark Twain desmentía los rumores sobre su fallecimiento con una ironía que ha hecho historia. La noticia sobre mi muerte ha sido una exageración . Algo parecido podría aplicarse al correo electrónico ¿O no?

De un tiempo a esta parte han sido muchas las voces que han anunciado su incipiente muerte. Con un total estimado de 122.500.453.020 e-mails enviados diariamente a lo largo y ancho del mundo y hasta 4000 millones de cuentas activas en 2014 (que podrían llegar a ser 5200 millones en 2018, según datos de la firma de investigación digital Radicati Group), parece que estamos lejos de enterrar a este viejo compañero de fatigas. Sin embargo, hay quien interpreta que estos datos, aparentemente halagüeños, no representan más que los últimos estertores de un enfermo terminal.

Nacido en los años setenta, el correo electrónico se generalizó en los noventa y se ha convertido en un compañero ineludible de nuestras vidas, dentro y fuera de la oficina. Sin embargo, una dura competencia ha entrado en escena con el auge de las redes sociales y las apps de mensajería instantánea léase WhatsApp o Viber ligadas al smartphone (además, hoy ya se leen más correos en estos dispositivos que en la pantalla del ordenador). El número de cuentas de correo electrónico sigue creciendo, sí, pero ¿qué ocurre entre los más jóvenes? Hay cifras que apuntan a que su implantación ha caído un 24 por ciento entre los chavales con una edad comprendida entre los 12 y los 17 años. ¿Se invertirá la tendencia conforme vayan creciendo? No apunta maneras. Recientemente, el vicerrector de la Universidad de Exeter (Reino Unido) Sir Steve Smith afirmaba con rotundidad. Ya no tiene sentido mandar e-mails a los estudiantes. Se comunican con nosotros a través de redes sociales, especialmente de Twitter .

Entretanto, el ‘e-mail’ -o los ingenieros que lo hacen posible- ha hecho muy poco por transformarse para plantar cara. Hoy, su aspecto es muy similar al que lucía -nuevo y flamante- dos décadas atrás. Y, lo que es más importante, gestionamos nuestra bandeja de entrada de un modo muy similar al que hemos venido utilizando todo este tiempo. Leemos (o no) la misiva, respondemos si es menester y lo conservamos o lo tiramos a la basura. Es cierto que algunos de los gigantes del sector están buscando alternativas. Google -que acapara terreno con su Gmail-, IBM o Microsoft se han fijado en el funcionamiento de las redes sociales para crear soluciones ingeniosas en la presentación de la bandeja de entrada. Jerarquizando los correos en función de quién los manda, por ejemplo, en lugar de arrojarlos a la bandeja de entrada en estricto orden de llegada.

Mientras algunos se esfuerzan por darle un lavado de cara, el flujo de correos electrónicos ha crecido de manera constante. Para comprobarlo, basta con que cada uno se detenga a pensar en su propia experiencia. ¿Cuánto tiempo dedica diariamente a contestar y responder e-mails? ¿Y a eliminar aquellos que ya no necesita o que nunca tuvieron utilidad alguna? ¿A cuánta gente pone en copia cuando manda un correo? En las oficinas, que generan la mayor parte del tráfico, el cc es práctica habitual en el intercambio de correos. añadir a un testigo -un superior, quizá -para que quede constancia de que se ha hecho o dicho algo. Las siglas cc, que a menudo traducimos como con copia, son en realidad abreviatura de la expresión carbon copy, copia de carbón. alude a cuando se colocaba una lámina de este papel bajo el folio -escrito a mano o a máquina- para crear varias copias. Parece que la práctica no es tan nueva. Con ella, el tráfico se multiplica. Más correos enviados y recibidos. Más e-mails que responder o guardar. Mayor monto de trabajo para unos y otros.

Un informe de McKinsey, fechado en 2012, aseguraba que los trabajadores dedicaban a esta tarea más de un tercio de sus horas de oficina. El correo electrónico podría morir de éxito, ahogado en una bulimia de información que a menudo es intrascendente, cuando no abiertamente intrusiva. según datos de la consultora SecureList, en 2013 el 69,6 por ciento de los e-mails enviados era spam; y los datos cuatrimestrales de 2014 (a falta del informe anual) hablan de una cifra que ronda el 68 por ciento. Ha caído algo, sí, pero se mantiene muy por encima de la mitad. Si bien es cierto que hoy los proveedores de servicios filtran el correo indeseado con notable eficiencia, la conclusión evidente es que el correo electrónico se ha convertido en un gran problema. No podemos vivir sin él, pero necesitamos reinventarlo para que sea más eficiente.

¿No podemos vivir sin él? ¿Seguro? Algo así debió de preguntarse Thierry Breton, CEO de la compañía francesa Atos. con más de 70.000 trabajadores en todo el mundo, no se trata de una pequeña empresa. Pero la gestión de sus comunicaciones escritas se había convertido en una carga demasiado pesada. analizaron el tráfico generado por 300 trabajadores y vieron que habían enviado y recibido hasta 85.000 correos en tan solo una semana. El 73 por ciento de los trabajadores pasaban más de un cuarto de su tiempo de trabajo gestionando las misivas electrónicas. Y el propio Breton afirmó que, de los 200 mensajes que sus trabajadores recibían diariamente de media, solo un 10 por ciento era útil para su trabajo. ¿Solución? Prescindir de él. Así de rotundo. El plan era llegar a nivel cero en 2013 Aunque no se ha conseguido, sí lograron reducir en un 60 por ciento el tráfico, con el objetivo de recortar un 20 por ciento más a lo largo de 2014. Moraleja. hoy por hoy quizá no podamos vivir sin e-mail, pero sí podemos reducir considerablemente su carga.

La firma francesa no es la única que lo ha intentado. Una de las últimas voces que ha clamado en su caso, a voz en grito que el e-mail ha muerto ha sido Dustin Moskovitz, uno de los fundadores de Facebook. Allí decidió crear un nuevo sistema de comunicaciones internas de la compañía más racional que el e-mail. nada de intercambio de correos electrónicos; la ición importante se ubicaría en una nube visible a todo el mundo. La clave es que cada trabajador sepa dónde acudir para enterarse de aquello que necesita saber o comunicar lo que considere importante. Funcionó, y en 2008 Moskovitz se emancipó y fundó Asana, una compañía radicada en San Francisco que hoy ofrece servicios similares a todo tipo de empresas. El cambio que propone va mucho más allá de la mera bandeja de entrada. las compañías deben basarse en el flujo de trabajo, no en las personas. Es la tarea lo que manda, y no el nombre propio del trabajador en cuestión.

Por el camino, el correo electrónico se vuelve innecesario, superfluo. Si experiencias como la de Asana o la compañía francesa Atos se extienden, el e-mail podría, efectivamente, tener sus días contados. La mayor parte del tráfico de los correos electrónicos proviene del ámbito empresarial. en torno a cien mil millones diarios, aproximadamente un 80 por ciento del total. En el ámbito extralaboral, los síntomas de fatiga de una herramienta desfasada en muchos sentidos son todavía mayores.

De nuevo, pensemos en nuestra experiencia cotidiana. ¿Usa usted apps de mensajería instantánea? ¿Tiene cuenta en Twitter? ¿Cuántas de las conversaciones que hace unos años se producían por e-mail ahora se solventan con un mensaje en WhatsApp? Este tipo de servicios han terminado ya prácticamente con los SMS y ahora podría llegarle el turno al e-mail. ¿Acaso no fue este el responsable de que el fax quedase relegado a su mínima expresión? Quizá ahora le haya llegado a él su hora. Aunque el proceso no ha hecho más que empezar, quién sabe si en diez años los pequeños pondrán la misma cara al oír hablar de un e-mail que ponen hoy día los chavales cuando los mayores hablan de las cintas de casete.