Hace 3300 años, mucho antes de los Incas, los chamanes de los Andes peruanos lograron detentar el poder sin necesidad de ejército. Y lo conservaron durante ocho siglos. ¿Su arma secreta? Un imponente templo-teatro con una sofisticada técnica hidráulica y acústica que convencía a sus miles de súbditos de que hablaban con los dioses. Por José Manuel Novoa.

El centro ceremonial de Chavín de Huántar es una obra arquitectónica y de ingeniería hidráulica sobrecogedora. No en vano su objetivo era quebrar la voluntad y manipular las almas de los visitantes.

El monumento -ubicado en la actual región de Ancash, en el corazón de los Andes peruanos- está surcado por un laberinto de canales subterráneos que drenaban el agua que bajaba de las montañas circundantes. En estas misteriosas galerías los sacerdotes iniciaban a los peregrinos, que viajaban hasta allí desde lugares muy lejanos: oscuros corredores de piedra en los que los peregrinos sufrían el trance iniciático. Tras hacerles ingerir sustancias alucinógenas, los sacerdotes los aislaban. Por medio de efectos luminosos, sonoros y olfativos, manejaban sus estados de ánimo y los llevaban a profundos estados de conciencia alterada.

Así era el gran ‘teatro’ Estaba formado por construcciones piramidales truncadas y plazas cuadrangulares y circulares semihundidas. Los peregrinos llegaban de sitios diversos, a veces desde más de mil kilómetros de distancia. Solo algunos podían participar en los rituales del interior.

Hasta ahora se han descubierto unos seis kilómetros de canales, lo que supone un seis por ciento de la totalidad que queda por desenterrar. Es una obra colosal al servicio del primer gobierno teocrático de Sudamérica. Los chamanes se convirtieron en una casta de sacerdotes que ostentaron el poder durante ochocientos años sin necesidad de ejército. Aquí se jerarquizó para siempre la sociedad.

Usar el agua para manipular conciencias.

A 3200 metros de altitud, Chavín de Huántar se edificó en varias fases. El acarreo de piedras de granito blanco, caliza y cuarcita, de hasta diez toneladas de peso, tuvo que suponer la movilización de un número ingente de personas. Chavín muestra el grado de desarrollo tecnológico al que llegaron en esa época. Los edificios han sobrevivido a terremotos y avalanchas que los dejaron casi totalmente sepultados. Pero lo más sorprendente y misterioso son los canales de agua. Los planificaron y construyeron antes de edificar encima de ellos las enormes pirámides truncadas. Los hay estrechos; otros son anchos y altos. Todos tienen requiebros, desniveles, represas y trampillas que servían para manipular el sonido del agua. Podían provocar verdaderos estruendos que quebrarían el ánimo de los peregrinos que permanecían a oscuras en las galerías de iniciación.

Los alucinógenos.

Pero no solo del sonido se valían los chamanes. En las estelas de piedra vemos a sacerdotes que caminan llevando cactus de San Pedro en sus manos, la planta sagrada del culto religioso. En el norte del Perú, los curanderos aún emplean el jugo de este cactus en sus ceremonias de invocación y sanación. Los hay de varios tipos según las estrías que tienen. Los más apreciados son los que tienen cuatro. Los llaman de los Cuatro Vientos, porque abren caminos en las cuatro direcciones geográficas. Tras cocerlos durante seis o siete horas obtienen la mezcalina, el alcaloide visionario que beben en las ceremonias nocturnas para experimentar los vuelos psicodélicos.

*El sonido que emitían con las caracolas Strombus era un poderoso ‘efecto especial’.

Maestros de los efectos especiales.

Los chavinos, además, mantenían contacto con grupos selváticos del Amazonas, que les aportaban animales, pieles, plumas y lo más importante. habas negras de yopo y cortezas de virola, con las que preparaban rapes alucinógenos para ser inhalados por las fosas nasales. Elaboraban distintos cócteles alucinógenos. En cada situación utilizaban los más adecuados para conseguir los efectos visionarios que pretendían.

Daban alucinógenos a los peregrinos. Después, ya en los corredores, los desorientaban juganco con la luz en espejos de antracita y emitiendo sonidos de caracola.

Los sacerdotes provocaban diferentes efectos en los peregrinos para inducir sus visiones. Mediante espejos de antracita, de los que se han encontrado muchos en las excavaciones, lograban reflejar la luz solar en el interior de los corredores. Utilizaban inciensos para sosegar a los que se estaban iniciando, pero luego los llevaban al estrés mediante los estruendos producidos por la irrupción del agua en los canales y el sonido de los pututus, las caracolas Strombus, que eran el principal instrumento religioso.

En las piedras se representaba a los sacerdotes como hombres transformados en bestias, con colmillos felinos, garras en manos y pies, y serpientes en la cabeza. Eran atributos de poder que los definían como seres extraordinarios

Los estudios de arqueoacústica realizados en el interior de las galerías demuestran que la forma en que el sonido se propaga en cada corredor es diferente, lo que provoca una singular desorientación. Hay espacios que discriminan todos los sonidos, excepto la nota nativa del pututu, la cual amplifican y transmiten con una extraordinaria resonancia.

El lanzón: solo para iniciados.

Según John Rick, profesor de Arqueología de la Universidad de Stanford y director de las actuales excavaciones arqueológicas en Chavín, cada galería subterránea se utilizaría para un nivel distinto de iniciación. Probablemente, los devotos tardarían años en llegar al último nivel y en convertirse en miembros del culto. Solo los elegidos llegaban hasta la cripta del Lanzón, una angosta cámara en la que se encuentra un monolito esculpido, de granito blanco, de cuatro metros de alto. Su imagen es aterradora. Siempre se ha pensado que se trataba de la representación de un dios: el dios sonriente de los Andes; pero actualmente estudiosos como John Rick opinan que es la representación de un hombre transformado, un ser zoomorfo con grandes colmillos de felino, serpientes y garras. Llegar al Lanzón era la prueba final. En profunda enajenación mental por la ingestión de sustancias tenía que enfrentarse en soledad a la pavorosa imagen del Lanzón.

La cerámica Chavín era muy refinada.Las tallas en piedra representaban conceptos abstractos, que solo los iniciados podían entender. Era un lenguaje encriptado que separaba a los que conocían los secretos del culto de los que los ignoraban

Pese a las excavaciones arqueológicas que se vienen realizando, Chavín de Huántar sigue constituyendo el gran enigma de los Andes. Todavía no se ha encontrado ningún contexto funerario. No se sabe qué hacían con sus difuntos. Tampoco está clara la evolución tecnológica que tuvieron los chavinos hasta llegar a construir esta colosal obra. ¿De qué fuentes bebieron? No se han encontrado otras construcciones anteriores que lo expliquen. Sin duda, las excavaciones arqueológicas desvelarán en los próximos años muchos de los secretos que todavía permanecen enterrados entre sus ciclópeos muros.