Los traperos de El Cairo llevan más de un siglo reciclando basura. Reutilizan cada día el 80 por ciento de los desechos que recogen, 16.000 toneladas. Por Olivier Michel 

Detrás de esas cifras, únicas en el mundo, hay miseria absoluta, trabajo infantil, discriminación Bienvenidos al inframundo.

Como Pekín, Bombay o Lagos, El Cairo se ha ganado hace tiempo el calificativo de megalópolis. acosados por la contaminación, sus 17 millones de habitantes, más que vivir, sobreviven y, más que respirar, tosen en gigantescos barrios del tamaño de ciudades.

Aquí, cada día, antes del amanecer, decenas de miles de traperos (zabbâlin en árabe) invaden todos esos barrios para recoger, vaciar y separar el contenido de los cubos de basura. En una carrera desenfrenada -hay mucho en juego y la competencia es alta- asaltan los edificios por las escaleras de servicio, se sumergen en contenedores rebosantes o llaman con insistencia a las puertas de las viviendas acomodadas. Horas más tarde regresan a sus casas, en el barrio de Manshiet Nasser, un inmenso centro de reciclaje sin comparación en el mundo, carente de alcantarillado donde escasea el agua corriente y la electricidad, para descargar sus camiones, furgonetas o simples carretas tiradas por burros y extender ante la puerta o en el patio su cotidiano botín.

Empieza el ritual

Miles de familias, incluidos los niños, se juntan entonces y comienzan a separar cartones, metales, vidrio, plástico o lo que sea que se encuentren entre las bolsas de la basura de los millones de cairotas. Las condiciones laborales son infrahumanas, pero es esta organización lo que permite a la capital egipcia seguir limpia y a los basureros municipales, desbordados, conservar su reputación. Más eficaces que los empleados de la basura de Nueva York, Londres o París, los zabbâlin reutilizan cada día el 80 por ciento de los desechos que recogen. unas 16.000 toneladas.

Familias enteras se dedican al reciclaje. Son cristianos coptos, una minoría marginada en Egipto

Gracias a su labor se entierra menos basura en el desierto, y Egipto exporta politereftalato de etileno, vidrio y aluminio a China, Taiwán y Europa. Por eso, en los barrios de los basureros convive una inmensa mayoría en la miseria absoluta con grandes empresarios que se desplazan en todoterrenos y que emplean a decenas de personas.

Descubrir Manshiet Nasser, con sus 700 talleres de separación de residuos, es una aventura para la cual no se está nunca preparado. En cuanto se entra, se quiere salir de inmediato. Demasiado ruido, demasiados olores. Los camiones que atraviesan la barriada desbordan de cartones, plásticos y metales, y nunca frenan, balanceándose de forma peligrosa por los baches, a riesgo de atropellar a quien se ponga por delante.

Cerdos, ratas y el olor

En los patios de edificios a medio terminar, perros desconfiados, tumbados sobre montañas de basura, aúllan día y noche. En las callejuelas vecinas, ratas nada temerosas se comen rollos de tela amontonados. También hay cerdos negros, animales fetiche de los zabbâlin, alimentados con la basura orgánica que recogen sus dueños. Y, por último, está ese olor que ni siquiera el viento o las imágenes de san Simón colgadas por todas partes consiguen diluir.

En el corazón del barrio tiene su hogar Nasif Barakat, hijo de un agricultor que se ha especializado en recolectar latas de aluminio que funde y recicla en forma de lingotes. El piso donde vive con su esposa y sus ocho hijos es grande y presenta una limpieza sin mácula, un oasis en Manshiet Nasser. Sus cinco hijas, de aspecto pulcro y educadas por las hermanas de San Vicente de Paúl, hablan todas francés. Dos son novias de hijos de traperos diplomados en chino y japonés. Otra estudia Farmacia. Los chicos van al colegio, tienen cuenta en Facebook y manejan con virtuosismo sus smartphones. En el salón, con muebles imponentes, reina un televisor de pantalla extragrande. Todo un contraste con las calles del exterior invadidas por la basura.

El trabajo de trapero es muy duro -explica Barakat-. Te levantas al amanecer y pasas el día entre deshechos. Hay que trabajar deprisa, hay mucha competencia. Después de horas de trabajo regresas a casa y toda tu familia participa en la separación. Imagínese cuando se trata de residuos hospitalarios . Para él, sin embargo, todo eso forma parte del pasado.

A sus 50 años, Barakat ya no recolecta latas de aluminio. Se las compra a los traperos por un euro el kilo. Sus seis empleados trabajan seis días por semana en dos hornos pegados a la falda de la montaña por 500 euros al mes. Un buen salario comparado con el de los zabbâlin que trabajan a pie de calle. 62 euros.

La competencia es dura y hay que trabajar deprisa. Por cada kilo de latas ganarán un euro

Hornos artesanales como los de Barakat recuperan una tonelada de latas al día, que se transforman en 125 lingotes de ocho kilos. De cada hornada de una hora -explican los empleados de Barakat- se extrae un 75 por ciento de aluminio y un 25 de tourab, desechos que alimentan de nuevo el fuego de los hornos.

Potentados de la basura

Un poco más allá están los talleres de Milad Shakel, un zabbâlin convertido en magnate del aluminio. Es el dueño de ocho hornos en Manshiet Nasser y de otros 28 en las afueras de El Cairo, que funcionan 24 horas al día. Utiliza máquinas de último modelo; comprime las latas antes de fundirlas; produce lingotes, discos, láminas y paneles. Trata al día 30 toneladas de latas que llegan en sacos de 100 kilos y que darán como resultado 75 lingotes cada uno. Luego los vende directamente a las fábricas de las ciudades o los envía en contenedores al extranjero.

Pese a su eficacia, a los traperos no les faltan enemigos. Mubarak quiso privarlos definitivamente de sus cerdos, los Hermanos Musulmanes no los miran con buenos ojos y los salafistas han multiplicado los ataques en Manshiet Nasser, aunque lo único que les preocupa de verdad es perder su único, aunque precario, medio de vida y ser enviados a la papelera de la Historia, poco a poco, hasta ser sustituidos por miles de basureros embarcados en camiones, como pretende el Gobierno egipcio.


PARA SABER MÁS

Garbage dreams, documental de la directora de origen egipcio Mai Iskander sobre la vida y el trabajo en el barrio cairota de Manshiet Nasser