Adornos de oro macizo, piedras preciosas, refinada cerámica La necrópolis sagrada de El Caño se está revelando como una de las más ricas de América. Esconde cientos de tumbas de una misteriosa cultura precolombina. los guerreros dorados coclé. Nos adentramos en sus secretos.

Los conquistadores españoles que llegaron al istmo de Panamá alucinaban ante los pectorales, collares y brazaletes de oro que lucían aquellos indígenas. Ante tanta riqueza no es difícil entender por qué surgió la leyenda de El Dorado.

Fueron muchos los españoles que se hicieron ricos fundiendo los ornamentos que recogían después de los enfrentamientos bélicos con los indígenas. Estimulados por una cantidad de oro que nunca antes habían visto, alemanes, franceses e ingleses se unieron pronto a la búsqueda de la mítica ciudad dorada, donde estarían enterrados miles de tesoros de metales preciosos. Y dicha búsqueda se llevó a cabo a lo largo de siglos en diferentes lugares. Pues bien, El Caño es una de las candidatas a ser esa lengendaria ciudad.

El equipo interdisciplinar dirigido desde 2008 por la arqueóloga hispano-panameña Julia Mayo ha realizado asombrosos descubrimientos arqueológicos en El Caño, en la región de Coclé, en la parte central de Panamá. Se trata de un complejo funerario precolombino, en cuyas tumbas yacen los jefes guerreros de una misteriosa civilización bautizada como coclé, los antecesores de los indígenas que encontraron los conquistadores españoles y que, por la descripción de estos, continuaban con muchos de sus usos y costumbres. Ya han excavado siete tumbas con cientos de cuerpos y ajuares funerarios riquísimos. Los contextos funerarios están datados entre el 700 y el 1200 d. C. Los cuerpos se colocaban en las fosas extendidos y bocabajo. Al personaje principal lo sometían a un proceso de deshidratación ahumándolo hasta desecarlo. Luego lo embalsamaban con palios embadurnados en resina caliente. Hasta ahora se han recuperado más de 500 piezas de oro puro, de una exquisita elaboración. pectorales, pendientes, anillos, pulseras, orejeras, brazaletes, tobilleras y figuras que representan a sus deidades.

De momento, no se han encontrado vestigios arquitectónicos, tan solo dos alineamientos monolíticos cercanos a las tumbas. Posiblemente serían parte de la arquitectura ritual funeraria. En alguno de los monolitos aparecen esculpidos individuos con las manos atadas a la espalda, lo que hace pensar que servían quizá para atar a los que iban a ser sacrificados durante los fastos funerarios.

Sacrificios múltiplesAlgo realmente singular es la cantidad de acompañantes sacrificados que se enterraba junto a los personajes principales. La última tumba excavada era de un niño noble de unos 10 años al que añadieron 47 sacrificados. Posiblemente, algunos acompañantes se inmolarían voluntariamente. Otros serían sacrificados. Se han encontrado vasijas con espinas de pez globo. Es sabido que las espinas del pez globo contienen tetrodotoxina, un potentísimo veneno, lo que hace suponer que los acompañantes morían envenenados. Pero, ¿por qué este veneno y no otro? En Haití, los hungan de vudú utilizan la tetrodotoxina en los procesos de zombificación. En ciertas dosis, el veneno del pez globo provoca en quien lo ingiere un profundo estado de catalepsia que se mantiene durante horas, antes de que sobrevega la muerte. ¿Serían enterrados vivos los acompañantes de los jefes guerreros coclé? Esa siniestra pregunta todavía no tiene respuesta, pero es factible que sí, por la utilización de ese veneno y no de otro más fácil de conseguir.

La necrópolis de El Caño es similar a la del Sitio Conte, situada a pocos kilómetros de distancia. Fue excavada a principio de los años 30. Encontraron más de 80 tumbas, algunas de personajes relevantes ricamente ataviados. El Caño puede albergar más de un centenar de tumbas. El Sitio Conte y El Caño eran dos complejos funerarios de la élite coclé independientes y coetáneos. Al parecer, estos lugares fueron abandonados por la llegada de una pertinaz sequía generada por el fenómeno climatológico que ahora conocemos como El Niño. Pero los coclé no desaparecieron, cambiaron de hábitat. Se trasladaron a las montañas y, desde allí, sus descendientes se expandieron hasta la llegada de los conquistadores españoles.

Un tesoro por descubrir

El arqueólogo Carlos Mayo, especialista en cerámica y hermano de Julia Mayo, directora del proyecto, en la excavación de El Caño, que ha despertado gran interés internacional. En el círculo, uno de los pectorales de oro encontrados.

Restos de leyenda

Un ojo para los dioses

Figura que representa a un hombre autolesionándose. Se cree que se arrancaba los ojos para ofrecerlos en sacrificio a los dioses. En el pecho lleva una piedra preciosa. La presencia de grandes esmeraldas implica que los coclé intercambiaban riqueza y recursos con otras culturas.

Colores limitados

Representación antropomorfa en cerámica de un guerrero con sus pinturas faciales y corporales. Básicamente utilizaban los colores negro y rojo, que obtenían del carbón vegetal y las semillas de achote. Una singularidad es el color morado, muy poco utilizado en la cerámica precolombina.

Cuentas y dientes

Cinturón de cuentas esfé cuentas con dientes que se usaban como collares. A los conquistadores españoles les llamó mucho la atención que se adornasen con dientes de cocodrilo, de mono, de tiburón y hasta de humanos.

El oro mágico

Adornos de oro martillados y repujados. El oro tenía un carácter religioso, como en otras culturas precolombinas. Por su color y reflejos, se le atribuían cualidades mágicas. Era el metal de los dioses. Las técnicas del trabajo de los metales se transmitieron desde Perú hasta Centroamérica.

Alimento para el más allá

Utilizaban una gran cantidad de platos de cerámica, ricamente decorados, para tapar los fardos funerarios de los difuntos. También colocaban vasijas con alimentos entre los cuerpos. La mayoría de los objetos de cerámica representan personajes míticos antropomorfos profusamente decorados con diseños geométricos

La pieza Maestra

El Hombre Pájaro, espectacular pieza de oro macizo fabricada con el método de la cera perdida que se utiliza todavía en orfebrería. Se modelaba una figura en cera de abeja. Luego se le adhería arcilla para fabricar un molde. Cuando la arcilla se secaba se metía en el fuego y la cera se derretía. Después se introducía el metal líquido en el molde de arcilla.

Trabajar atrincherados

Imagen de la necrópolis en la que podría haber más de un centenar de tumbas y cuya exploración tiene que hacer frente a periódicas inundaciones.

Oro entre los cadáveres

A la izquierda, la arqueologa Mercedes Guinea, de la Universidad Complutense, y a la derecha, Julia Mayo, directora del proyecto de El Caño, desenterrando los restos de un jefe guerrero

Dificultades ‘terrenales’

Los trabajos de excavación en El Caño son titánicos por la propia morfología del lugar. Se encuentra muy cerca de las orillas del río Grande. Todos los años, en la época de lluvias, el nivel freático asciende unos 7 metros. El agua inunda completamente la excavación, que permanece sumergida desde junio hasta enero. Las campañas arqueológicas duran solo cuatro meses. A finales de abril, el grupo de Julia Mayo vuelve a apuntalar las paredes de la gran fosa con sacos terreros para evitar que el agua las desplome y destruyan el trabajo realizado. Cuando cesan las lluvias, por el mes de diciembre, los arqueólogos regresan al sitio y comienzan a extraer el agua con bombas. Luego quitan los pesados sacos que protegieron las tumbas durante 8 meses y ponen en marcha una nueva campaña, que tan solo se prolongará durante cuatro meses, antes de que regresen nuevamente las lluvias.