Cocaína, anfetaminas, opiáceos… Un libro recoge al detalle la ingente cantidad de drogas que consumía el Führer, así como los médicos que se las recetaban. Entre ellos, el enígmático doctor Morell que trababa a Hitler.  Por Judy Clarke

El prestigioso doctor Theo Morell, con consulta en la Kurfürstendamm de Berlín, empezó tratando a Adolf Hitler en 1937 por los excesivos gases en su organismo, que le provocaban intensos dolores, además de una molesta flatulencia.

Hitler consumía cada vez más fármacos, opiáceos incluidos, a medida que su intestino se irritaba

Morell empezó administrándole a Hitler unos preparados inofensivos; pastillas para los gases; cápsulas de Mutaflor, un cultivo de bacterias para tratar su irritación intestinal; y Vitamultin, un compuesto de vitaminas elaborado por el propio Morell. El médico anotó desde el comienzo los fármacos que administraba a Hitler, por lo que el ‘botiquín doméstico’ del Führer ha sido recogido en varios libros de historia, así como la extensa lista de sustancias de todo tipo -entre ellas, hormonas, cocaína y una larga serie de estimulantes- que le fue prescribiendo.

Una polémica en Alemania

Norman Ohler, periodista y escritor, ha indagado en el historial médico de Hitler (y de paso en el de su Ejército) con especial esmero y que ha llegado a la conclusión de que el Führer era un drogadicto, conclusión que se detalla en su libro Der totale Rausch: Drogen im Dritten Reich (‘La borrachera total. las drogas en el Tercer Reich’). El libro causó una considerable polémica en Alemania, en parte, porque Ohler arremetía contra los historiadores ‘acomodados’ y, en parte, porque al cuestionar la lucidez de Hitler abre la vía para poder cuestionar su responsabilidad en las atrocidades que cometió.

El consumo de fármacos por parte del Führer aumentó sustancialmente a partir de agosto de 1941, cuando un grave episodio de diarreas lo obligó a guardar cama. Además de los preparados vitamínicos, Morell le recetó el opiáceo dolantina. Y la administración de fármacos fue en aumento a medida que su intestino se irritaba, lo que le provocaba cólicos, flatulencia y estreñimiento, a lo que se acabó sumando la hipertensión. En 1941 aparecieron los primeros síntomas de párkinson, que se fueron haciendo cada vez más agudos con los años.

Cocaína para anestesiar

Tras el atentado con bomba del 20 de julio de 1944, esa mezcla de medicinas se hizo si cabe más variopinta. El tratamiento más singular fue a base de cocaína, administrado por el médico Erwin Giesing, un otorrinolaringólogo. La explosión de la bomba le había provocado a Hitler un pequeño desgarro en el tímpano y una inflamación de las fosas nasales. Giesing prescribió pinceladas de una disolución de cocaína sobre la mucosa nasal de Hitler con fines analgésicos. Se sabe que el tratamiento duró diez semanas y, a partir de ahí, Ohler pasa a definir a Hitler como un cocainómano. Pero lo cierto es que en octubre de 1944 el dictador interrumpió las pincelaciones. Ohler lo explica argumentando que Hitler se pasó a otra sustancia, la oxicodona, registrada en Alemania como Eucodal. “Es conocido que el dictador se inyectaba de forma habitual este analgésico opioide a finales de 1944, pero la duda reside en si de verdad se puede afirmar que Hitler ya no ‘tenía ni un solo día de lucidez’, como sostiene Norman Ohler”. Esta es la cuestión que plantea Martin Doerry en Der Spiegel, muy crítico con el nuevo libro.

Aunque reconoce la veracidad de gran parte de sus datos, califica la obra de “una literatura a la que se la puede definir como una variante historiográfica del llamado ‘nuevo periodismo’, esto es, una combinación de realidad y ficción”. Según el investigador de Der Spiegel, no hay pruebas concluyentes de que la adicción de Hitler fuese tanta como para que se le pudiese calificar de yonqui, sin negar su elevado consumo de fármacos. Lo que molesta a Doerry y a gran parte de los historiadores alemanes es que se pueda ‘justificar’ la actuación de Hitler a partir de su excesivo consumo de drogas.

La polémica surge porque, al declarar adicto a Hitler, se sientan las bases para cuestionar su responsabilidad

Ohler señala una relación repetida entre las catástrofes militares y la medicación del dictador. Habla de la pérdida de su “equilibrio bioquímico” , de un alejamiento de la realidad espoleado por las drogas. “En este punto, Norman Ohler recurre -de forma no premeditada, seguramente- a una argumentación con la que viejos nazis han intentado explicar la derrota” , explica Doerry. El antiguo médico militar de las SS Hans-Heinrich Röhrs afirmó en su libro La enfermedad de Hitler, de 1966, que Morell le recetó a Hitler un tratamiento estimulante que lo habría llevado a un “estado de euforia”, y que el dictador habría sido intoxicado con pervitina. La conclusión de Röhrs es que, si el Führer no se hubiese visto incapacitado para dirigir el combate, probablemente “Alemania habría ganado la guerra” .

¿Fueron las drogas o el párkinson? 

Esta tesis es también rechazada por expertos como el historiador Henrik Eberle, que en su libro ¿Estaba Hitler enfermo? sostiene que es cierto que a Hitler se le administraron demasiados fármacos, pero que no habría indicios de una dependencia al Eucadol y que el comportamiento del dictador “no estuvo influido por las drogas”, es decir, que “Hitler sabía lo que hacía”. Según ellos, “su progresivo deterioro físico y mental fue consecuencia de una arteriosclerosis y del párkinson”. Sea como fuere, queda otro asunto curioso sobre las recetas del doctor Morell a Hitler. Cuando mejoraba de sus problemas intestinales, le recetaba Prostakrinum, un extracto de vesículas seminales de toros jóvenes, y Testoviron, un derivado de la testosterona.

Los soldados y la droga de la euforia

Que los soldados de la Wehrmacht, sobre todo los oficiales, consumieron millones de pastillas de pervitina en la guerra está ampliamente documentado. Desarrollada en 1937 por un químico alemán, pasó a ser de consumo popular gracias a una campaña de publicidad. Su principio activo es la metanfetamina. Eso sí, en una dosis baja.

Ohler ha estudiado el diario de guerra de Otto Ranke, un profesor de Fisiología en Berlín y ferviente partidario de la pervitina, de la que llevó grandes cantidades al frente. Las campañas contra Polonia y Francia parecieron confirmar la eficacia de este estimulante. “Euforia, aumento de la capacidad de atención, evidente mejora del rendimiento” , apuntó un soldado de la Tercera División Panzer.

Es incuestionable que miles de soldados alemanes tomaron pervitina. Pero los otros ejércitos también recurrían al consumo de anfetaminas, así que no es fácil determinar su eficacia real en el campo de batalla para decidir la victoria.

El uso de la pervitina, cree Ohler, resultó especialmente eficaz en la guerra relámpago lanzada contra Francia en 1940. La explicación habitual del éxito de la estrategia es que los alemanes lanzaron sus ataques en lugares inesperados. Para Ohler, la explicación real se encuentra en la pervitina.