La represa de Belo Monte, que se está construyendo en el río Xingú, en el estado de Pará (Brasil), inundará más de 500 kilómetros cuadrados de selva virgen en una de las áreas de mayor biodiversidad del mundo. Por Fernando González Sitges

En noviembre de 2015, tras años de protestas y bloqueos, el agua del Xingú se empezó a represar. El Gobierno alega que es una enorme ganancia para el país. Los conservacionistas, que es una pérdida incalculable para el planeta.

La peor de sus pesadillas se había hecho realidad. Los Hombres Termita habían vuelto para devorar su mundo. Levantaban una monstruosa montaña en el Xingú, el río de la vida, el que llevaba agua y salud a la selva, a los animales, a su pueblo.

Los peores presagios llenaron la mente de Kamato, un anciano xingú. El río apenas tenía ahora un tercio de su caudal y sus aguas bajaban sucias, revueltas, violadas por vertidos de aquel ejército de Hombres Termita. El indio dio media vuelta y desapareció en la selva sin que ningún trabajador de la enorme presa se diera cuenta. Con el pesar lastrando su paso se internó en el feraz mundo de sus antepasados para llevar un mensaje de desesperanza a su pueblo. La obra de los Hombres Termita se había reactivado. Su mundo tenía los días contados.

Desde su planteamiento en los años ochenta, la presa hidroeléctrica de Belo Monte lleva dos décadas levantando polémicas por los intentos desesperados de los conservacionistas e indigenistas para parar una obra faraónica que devastará la cuenca del río Xingú, en el Amazonas brasileño. La presa será la tercera mayor del mundo con una capacidad teórica de 11.000 megavatios; lo que representa el 11 por ciento de toda la potencia eléctrica del país. Pero si se pone en funcionamiento inundará más de 500 kilómetros cuadrados de selva virgen en una de las áreas de mayor biodiversidad del planeta. Se alcanzaría un buen rendimiento energético, pero se deforestaría, inundaría y, aguas abajo, se desecaría una región de vital importancia para el resto del mundo; hablamos de herir el ‘pulmón’ del planeta en una época en la que el calentamiento global está poniendo en jaque el futuro de nuestras sociedades tal y como las entendemos hoy en día.

El proyecto se detuvo en la década de 1990 gracias a las protestas de organismos nacionales e internacionales que alertaban de la destrucción que acarrearía la presa. No solo destruiría la cuenca del río, sus plantas y animales, sino que afectaría directamente a las diferentes tribus indígenas que viven desde sus orígenes en las inmediaciones del Xingú.

Desde aquella primera cancelación de finales del siglo XX, la presa ha ido levantándose de forma intermitente. Bajo el Programa de Aceleración del Crecimiento del Gobierno brasileño, el proyecto ha ido avanzando a trompicones frenado por las leyes nacionales e internacionales. La propia Oficina del Fiscal General pidió, bajo el Gobierno de Lula da Silva, que se suspendiera la licencia alegando que los estudios de impacto ambiental no se habían completado y que las personas afectadas no habían sido consultadas conforme dicta la ley brasileña. Pero los intereses creados por esta obra, que supera los 9000 millones de euros en costes, y el ansia de desarrollo del Gobierno brasileño parecen invencibles.

Los otros refugiados

Aun con las distintas paralizaciones del proyecto que se vienen sucediendo desde la década de 1990, más de 40.000 personas muchas de ellas, indígenas del Xingú ya han sido desplazadas o lo serán próximamente. En las ciudades cercanas, como Altamira, la población se ha triplicado sin que nadie haya controlado esta desordenada expansión demográfica. El tráfico de drogas, la prostitución y la violencia han aumentado exponencialmente, y muchos de los recién llegados portan enfermedades que pueden resultar definitivas en las poblaciones de indios no contactados; indígenas que jamás han tenido contacto con nuestra civilización y cuyas defensas no están preparadas para luchar contra las bacterias y virus de los invasores. Las selvas que rodean estas poblaciones desaparecen por la necesidad de madera, suelo y algún precario cultivo.

Y, en medio de tanta destrucción ecológica, la presidenta del Instituto Brasileño del Medio Ambiente (Ibama) se ha pronunciado sobre la presa diciendo. Postergar la licencia de funcionamiento sería castigar a Brasil.

En la peor sequía

El pasado mes de marzo la presidenta, Dilma Vana Rousseff, dio el permiso a la construcción de la represa hidroeléctrica de Belo Monte. Las obras se reemprendieron y en noviembre, hace apenas unas semanas, el agua del Xingú se empezó a represar. Y lo hace cuando la región pasa por una de las peores sequías que se recuerdan. Hasta hace poco una resolución de la Agencia Nacional de Aguas (ANA) prohibía el llenado de los embalses en la estación seca. Hoy, en pleno verano del año más seco del siglo, Belo Monte se está llenando. Y algunos técnicos recuerdan que, para que la presa pueda rendir energéticamente como se tiene previsto, necesitaría de otras represas aguas arriba, lo que supondría una mayor destrucción ecológica.

Apoyados por organismos internacionales y famosos como Sting o el director de cine James Cameron, los jefes indígenas de las tribus afectadas luchan para intentar evitar la desaparición de su mundo. En una carta a la Presidencia, un jefe kayapó escribió. No queremos que esta presa destruya los ecosistemas y la biodiversidad que nosotros hemos cuidado durante milenios. El mundo debe comprender que destruir las selvas destruye el mundo entero . Pero la presa sigue llenándose.

Obra faraónica. La central hidroeléctrica, gestionada por la compañía eléctrica estatal Eletronorte, logró que el Gobierno brasileño le concediese la licencia ambiental, válida inicialmente durante seis años, el pasado 25 de noviembre. Está previsto que empiece a generar energía en marzo de 2016.

Romper el río. Las obras de la hidroeléctrica se han paralizado en varias ocasiones por huelgas y protestas, pero finalmente ‘partirá’ el río Xingú.

La mano del hombre. La construcción de la presa ha dado trabajo a unas 40 mil personas, directa o indirectamente. El proyecto empezó a considerarse, como idea, en 1975.

Los afectados. Kayapós, parakanâs, xikrines, arawetés, araras, asurinis y jurunas necesitan el río para sobrevivir. Son los verdaderos dueños de estas tierras. Y son solo parte de los indígenas que pueblan el Xingú.

Crimen y castigo. En las ciudades que rodean la presa, la población se ha trip, pero sin que se hayan contemplado las necesidades de la sobrepoblación. La violencia se ha disparado y las autoridades se sienten desbordadas.

Ni un árbol en pie. Más de 400.000 hectáreas de selva serán destruidas cuando acabe la construcción de la presa. Solo en 2014 se talaron en la zona árboles como para cargar 13.000 camiones madereros.

La condena. La presa condenará a pueblos enteros. Aguas abajo, el llamado Big Bend un área de afloramientos rocosos y rápidos con una biodiversidad que asombra a los científicos se está quedando sin agua.

Víctimas del etnocidio. Los defensores de las causas indígenas hablan de un etnocidio . El objeto del crimen no es la vida, sino la cultura, pero el objetivo es el mismo. destruir un pueblo, aseguran.


PARA SABER MÁS

The fate of the forest. Developers, destroyers and defenders of the Amazon. Susanna Hecht and Alexander Cockburn. Editorial University of Chicago Press.