Durante años los ‘sherpas’ han formado parte de las expediciones del Himalaya en silencio, cediendo la gloria a los extranjeros y siendo tratados como meros porteadores mal pagados. Pero se han plantado. Reivindican reconocimiento y sobre todo una parte del lucrativo negocio de la escalada. Un documental les da voz en una polémica en la que tampoco ellos están exentos de responsabilidad.

La mañana del 18 de abril de 2014, la cumbre más alta del mundo sufrió la peor tragedia de su historia cuando una avalancha sepultó bajo 14.000 toneladas de nieve a 16 ‘sherpas’ que se encontraban preparando las vías de ascenso para las multitudinarias expediciones comerciales que ya habían comenzado a tomar el campo base.

Aquel oscuro día para los locales supuso un punto de inflexión en la ‘industria del Everest’, cuando días después de la tragedia, a los pies de Chomolungma -como ellos llaman al pico de 8848 metros-, se desató una revolución sherpa que llevó a la cancelación de las ascensiones. Sherpa, el documental de la australiana Jennifer Peedom, que se estrena con motivo del segundo aniversario del desprendimiento, cuenta la no tan inesperada rebelión de estos héroes anónimos de las cumbres más altas del planeta.

Los sherpas reciben su paga al final de la temporada en el campamento base del Everest. Cobran según su labor y experiencia, desde 50 euros hasta 4000.

Purbha Tashi Sherpa se despide de su familia en la pequeña localidad de Khumjung como cada primavera desde 1999, cuando alcanzó por primera vez la cima del Everest. Las lágrimas apenas ocultan la estoica compostura que caracteriza a esta raza originaria del este tibetano (el término sherpa corresponde a esa etnia: no es una profesión); el miedo a que Purbha no vuelva, como tantos otros miembros de la comunidad, invade el rostro de su mujer, Karma, sus hijos y sus ancianos padres, quienes siguen manteniendo la creencia ancestral de que escalar las altas montañas del Himalaya es una falta de respeto a las divinidades que habitan en ellas. Temen algún día la ira de Chomolungma.

Es el comienzo de la temporada de ascenso al Everest y las expediciones comerciales llegan desde Katmandú al campo base ‘hambrientas de montaña’. Anualmente, no son menos de 600 las personas que intentarán hacer cumbre. Este año, sin embargo, es especial para el veterano sherpa: si corona la cumbre una vez más, y será la vigésima segunda, batirá un nuevo récord mundial, algo a lo que él parece no dar importancia.

El documental parte de ahí, pero se encuentra con algo inesperado: un plante histórico de los sherpas, que deciden luchar por sus derechos. Un hecho insólito en más de noventa años de expediciones, pero que no sorprende a quien conoce el pasado de esta etnia nepalí, valiente y orgullosa.

Los últimos años han sido especialmente duros para los trabajadores del Everest, han estado en el punto de mira de la opinión pública tras repetirse episodios de enfrentamientos con expedicionistas a los que no quieren dejar subir porque con su inexperiencia pondrían en peligro la vida de todo el grupo, o casos más mediáticos como cuando en 2013 una disputa por una cordada en una vía de ascenso a 7200 metros de altura generó una multitudinaria agresión por parte de sherpas a tres reconocidos alpinistas. Simone Moro, Ueli Steck y Jonathan Griffith. Episodios que siempre tienen una doble lectura. la de los trabajadores sherpas, una narrativa constante de dolor y pérdida, y la de los occidentales, que atisban intereses espurios detrás de la ‘rebelión’.

LA PRIMAVERA ‘SHERPA’

No es que los sherpas no tengan derecho a reclamar su parte del negocio. Los clientes extranjeros aterrizan en las faldas del Everest tras desembolsar entre 30.000 y 90.000 dólares por cabeza. Por pequeño que sea el porcentaje que los locales se llevan de esa desorbitada cifra, es suficiente para garantizar a sus familias comida, ropa y educación el resto del año, en un país donde la renta per cápita apenas supera los 700 dólares.

Pero el reparto de esa gran cantidad de dinero es lo que no está claro. No hay cifras oficiales. Lo que es un hecho es que los salarios son diferentes para un porteador que transporta fardos al campo base que para los que trabajan en los campos en altura. Los porteadores, la mayoría, cobran poco más de 50 dólares y a veces su labor incluye preparar el camino y jugarse la vida cruzando el hielo. Un sherpa de altura, en cambio, puede ganar entre 3000 y 4000 dólares por expedición, que dura un mes y medio. Si alcanzan cumbre, se les suele dar una ‘propina’ adicional.

Sebastián Álvaro, que dirigió el programa de TVE Al filo de lo imposible durante 27 años, estima que el próspero valle del Khumbu mueve cada primavera cerca de 20 millones de dólares, de los cuales entre 5 y 7 millones van a las arcas del Gobierno nepalí concepto de permisos. Una parte se destina a infraestructura, es decir, alojamiento, porteadores y sherpas, pero el grueso -entre 10 y 13 millones- son ganancias para las agencias. Empresas principalmente locales que en connivencia con el Gobierno se han hecho con el control del negocio , apunta el escalador español. La cantidad ingente de dinero que ha entrado lo ha cambiado todo, el Himalaya se ha convertido en un circo de las vanidades y los sherpas no están libres de codicia . Álvaro sospecha que lo que quieren los locales es adueñarse de la montaña y controlar el acceso.

Desde el lado sherpa, el asunto no se ve igual. Un dato significativo que alegan como muestra de la desproporción en el negocio es que mientras el Gobierno nepalí se embolsa 360 millones de dólares por temporada de turismo en todo el país, pretendía pagar a las familias de las víctimas de la avalancha 400 dólares de compensación. Eso desató la ira.

“Cancelar la temporada de ascenso al Everest fue toda una declaración de intenciones” , explica Norbu Tenzing Norgay, hijo de quien fuera reconocido como el primer sherpa en alcanzar la cumbre del monte Everest, Tenzing Norgay Sherpa, junto con el neozelandés Sir Edmund Hillary en 1953.

Tenzing Norgay con Edmund Hillary tras coronar el Everest. Su fraternal travesía alimentó una imagen del sherpa que poco tiene que ver con la actual. La relación se ha tornado comercial.

Para Norbu, la tragedia en la que murieron 16 compañeros fue la gota que colmó el vaso y explica el plante de los trabajadores locales como uo por la pérdida de los compañeros, la frustración acumulada a lo largo de los años y la unión entre todos para hablar, por primera vez, con una sola voz .l

La montaña, a su medida

“Yo subí al Everest en 1992 y entonces ya empezaba a masificarse. Hasta entonces, para subir a la cima del mundo por la cara sur, había que ser alpinista; pero en esos años se produce un cambio brutal y empieza a llegar gente sin preparación pero con dinero” , explica Ramón Portilla, primer español en coronar las siete cumbres más altas del planeta.

El gran cambio se produce a mediados de los noventa con la aparición de las primeras agencias occidentales, que comienzan a vender la posibilidad de subir al Everest , sin que el cliente tenga que preocuparse de nada, ni gestionar un permiso ni tirar una cuerda. El interés de esta gente ajena a la montaña por llegar a la cima, cueste lo que cueste, hace que tanto agencias como sherpas se den cuenta de que lo que tienen que hacer es poner la montaña a la altura del cliente: “dime cuánto estás dispuesto a pagar que bajamos los ocho mil metros a tus pies”.

Un sherpa haciendo huella , es decir, abriendo ruta para las expediciones comerciales. Esta arriesgada actividad es la menos remunerada.

¿Cómo? Utilizando más sherpas para ayudar portear y asistir a los clientes, siendo otros los que se arriesgan preparando el camino y las cuerdas, utilizando botellas de oxígeno El esperpento ha llegado a un punto en el que en los últimos años se pueden juntar más de 600 personas en el campo base, las colas se suceden a pocos metros de la cima y hay que esperar turno para coronarla. Aunque lo peor de todo es el impacto ambiental. desechos químicos, vertidos de residuos e incluso la deforestación del valle para utilizar la madera como combustible y que los occidentales puedan darse así una ducha caliente.

Norbu cree que el plante de los sherpas servirá de poco, teniendo en cuenta que aquellos con capacidad para cambiar las cosas -los gobernantes nepalíes- son los mismos que controlan las empresas que dan vida a este lucrativo negocio en Nepal. El Everest es ahora el patio de recreo de la gente con dinero .

Esto es lo irónico del asunto. Nepal necesita el turismo de montaña para sobrevivir. Tras dos años oscuros de cierre de temporada, en 2014 por la huelga de los sherpas y en 2015 por el terremoto, muchos sherpas están arruinados. La temporada que se inicia ahora será determinante para el devenir de la comunidad.

Y el mundo estará observando. “Al menos eso ha cambiado -concluye Norbu-. De pronto, escalar el Everest ya no es tan cool como antes”. Y eso puede hacer que se ‘racionalice’ el turismo en la zona. En 2003, el propio Hillary hacía un llamamiento a dejar descansar a la montaña , que se unía al de algunas voces de la comunidad sherpa, devota del budismo, para las que Chomolungma -uno de los lugares sagrados de la Tierra- estaba siendo profanado. La madre naturaleza dijo hasta aquí .

PARA SABER MÁS

Sherpa. Documental de Jennifer Peedom. Se emite el 18 de abril en Discovery Channel.