El doctor Allan Ropper es uno de los mayores especialistas del mundo en temas del cerebro. Entre sus pacientes se encuentran famosos como el actor Michael J. Fox y el cantante Ozzy Osbourne. Por Will Pavia.

Los diagnósticos de este neurólogo se basan en un método detectivesco y de deducción que ha revolucionado su especialidad.

Son las siete de la mañana, y el cerebro de una mujer muerta descansa sobre una mesa de acero, envuelto en un paño blanco.

Un grupo de neurocirujanos y neurólogos forma un semicírculo en torno al cerebro. En su momento perteneció a una mujer de ochenta y tantos años que una tarde se tumbó a dormir la siesta y a quien después se encontró en el suelo, inconsciente y cubierta de vómitos.

Estamos en el sótano del Brigham Hospital de Boston, en Massachusetts. Liderando el grupo de neurólogos se encuentra Allan Ropper, de 64 años. Este especialista fue quien en 1979 creó los cuidados intensivos neurológicos; una disciplina en la que los médicos trabajan como detectives para diagnosticar y tratar las dolencias cerebrales más serias. Un cuerpo de élite especializado en casos críticos.

Hasta entonces, los neurólogos estaban considerados como unos individuos más bien fatalistas: eran capaces de decirte qué problema exacto tenías, pero luego no podían hacer nada para resolverlo. Comas, embolias, lesiones cerebrales traumáticas… Lo único que hacían después de uno de estos diagnósticos era rehabilitar lo que quedaba del paciente. Pero a finales de los años setenta estaban empezando a aparecer tratamientos, y parecía claro que era posible hacer mucho, siempre que se actuara con rapidez.

BUSCAR PISTAS MÁS ALLÁ DE LAS PRUEBAS MÉDICAS.

Ropper escribió el primer manual sobre los cuidados intensivos neurológicos en 1983. Comenzó a dar clases en la Harvard Medical School, y sus alumnos establecieron unidades de cuidados intensivos neurológicos por todo Estados Unidos.

Ropper enseña a sus alumnos a usar la lógica, a interrogar las mentes enfermas de sus pacientes, a preguntar a los familiares y buscar pistas más allá de las que proporciona la resonancia magnética. Su autobiografía, Reaching down the rabbit hole (‘En la madriguera del conejo’), hace gala de un estilo áspero y directo, propio de una novela de Raymond Chandler. Cierta vez, mientras hablaba por teléfono con un colega cuya paciente había empezado a revolverse y a soltar espumarajos por la boca, Ropper diagnosticó correctamente que sufría un raro tumor en los ovarios que estaba bombardeando los receptores en el cerebro y replicando los efectos del PCP, la droga conocida como ‘polvo de ángel’. Otro arrebato de intuición le sirvió para salvar la vida de una mujer que tenía una descomunal cavidad llena de agua en el cerebro. “¡Emergencia!” , gritó mientras insertaba un catéter en el cráneo de la paciente, por el que salió un gran chorro de agua que fue a salpicar una de las paredes.

EL PACTO SECRETO CON MICHAEL J. FOX.

Ropper se hizo famoso por ser el médico que trató a Michael J. Fox de párkinson. “Doctor, ha de ayudarme a arreglar esto que tengo -le dijo Fox en 1991-. Haga que siga saliendo en televisión un par de años más. Si lo consigue, le compro un Ferrari”.

“Doctor, haga que siga saliendo en televisión”, le pidió Michael J. Fox a principios de los años noventa

Durante mucho tiempo, la enfermedad de Fox fue un secreto celosamente guardado gracias al cuidado cóctel de medicamentos que Ropper le suministraba al actor. Una fuerte dosis podía causar frenéticas gesticulaciones y giros repentinos de la cabeza, pero al cabo de 20 minutos lo que provocaba era “un estado de torpor; daba la impresión de que el paciente estaba medio congelado”, escribe.

Más tarde, Ropper supervisó la operación que se le practicó a Fox en el centro del cerebro. El actor estuvo plenamente consciente durante la intervención. al cabo de cuatro horas, el cirujano le pidió que reprodujera el temblor de su brazo izquierdo. “Visiblemente frustrado, Michael respondió: ‘No puedo’ -escribe Ropper-. Al día siguiente Michael se marchó andando del hospital, cubriéndose la cabeza con la capucha de una sudadera, y volvió a Nueva York convertido en un hombre nuevo”.

Tras aquella intervención le llovieron las críticas de sus colegas. Según Ropper, este es el problema de tratar a los famosos: sus enfermedades terminan por convertirse en propiedad pública. Según agrega, la operación, junto con la sostenida receptividad de Fox a la medicación, resultó decisiva para que el actor pudiera seguir trabajando en el mundo del espectáculo.

Y bien, ¿dónde está el Ferrari?

“Aquí lo tiene” , dice, echando mano a un cochecito de juguete que hay en uno de los estantes

. Pero está autografiado , ríe.

En ese mismo estante se encuentra la autobiografía de Ozzy Osbourne, a quien en su momento Ropper trató de unos temblores.

Durante nuestra entrevista acompañamos a Ropper y a sus colegas por la unidad. “Este es un caso muy interesante”, informa uno de ellos cuando entramos en la siguiente habitación.

Puede dar la impresión de que los neurólogos son un tanto fríos y distantes. Su entusiasmo por los “casos interesantes” recuerda al júbilo de Sherlock Holmes al saber que se ha cometido un nuevo crimen atroz. Ropper reconoce durante nuestra conversación que a veces se queda junto a un paciente al que ha sido imposible reanimar porque “me interesa ver el tamaño de las pupilas justo después de la muerte. Se produce una especie de pequeño ballet” .

NEURÓLOGO POR ACCIDENTE.

Allan Ropper es hijo de un matrimonio judío polaco, superviviente del Holocausto, que consiguió escapar de la Europa de la posguerra. Nacido una semana después de que sus padres llegaran a América, creció en Brooklyn. De joven quería estudiar Ingeniería, pero la guerra de Vietnam lo llevó a la Medicina. “Me llamaron a filas, pero mi tutor de la universidad me dijo que si ese verano me matriculaba en Bioquímica podrían reclasificarme como estudiante de Medicina y librarme así de ir a Vietnam. De forma que soy médico por accidente”.

Ropper empezó a interesarse por la neurología gracias a un viejo doctor “que se las sabía todas”. Aquel maestro se acercaba a la cama de un paciente comatoso, cuyo estado resultaba incomprensible para los especialistas en corazón y riñón, y era capaz de diagnosticar una embolia, así como su localización precisa, después de un breve reconocimiento médico. A Ropper le fascinó aquel método deductivo, heredaduela médica más antigua.

LOS QUE DECIDEN MORIR Y LOS QUE NO

Unas puertas pasillo más abajo, un hombre con un tumor cerebral acaba de decidir que quiere renunciar al ventilador y a los tubos que siguen manteniéndolo con vida. Ropper abre la cortina de golpe, dejando al descubierto al paciente y a sus llorosos familiares, y entra con tan poca delicadeza como un tornado. En el exterior, los neurocirujanos, los neurólogos y las enfermeras forman corrillos, menean la cabeza y murmuran. “Al final ha tirado la toalla”, observa uno de los médicos jóvenes.

“Todos creemos que no querremos seguir viviendo incapacitados, pero a la hora de la verdad mucho cambian de opinión”

Ropper reaparece diez minutos después. “Lo que este hombre quiere está perfectamente claro -anuncia-. No está deprimido; dice que no está hundido. Sencillamente ha tenido bastante. No deja de ser interesante la forma en que las personas llegan a tomar esta decisión”.

“Y muchas personas cambian de idea en el último momento. En el plano teórico, todos podemos estar de acuerdo en que la mayoría de las personas no quieren vivir incapacitadas. Pero cuando hablas con ellas y les explicas con claridad lo que supone el siguiente paso, el paso que lleva a la muerte… entonces muchas se lo piensan dos veces”.

Uno de los pacientes de Ropper sufre la enfermedad de las neuronas motoras y sigue vivo 12 años después del diagnóstico. Esta enfermedad causa la progresiva paralización del cuerpo, aunque la mente del enfermo siga estando tan clara y lúcida como siempre. Ropper explica. “La enfermedad de las neuronas motoras no suele ser mortal, pero el paciente no puede respirar ni tragar”.

Aunque hoy está privado de todo movimiento que no sea el parpadear y cierta, ligera, fuerza en una rodilla, este hombre decidió “seguir viviendo tanto tiempo como pudiera, en cualquier estado que le permitiera ver a su hija crecer, profundizar en la relación con su mujer, mantener la amistad de las personas a quienes quería”.

La mayoría opta por seguir otro camino. En su libro, Ropper describe la ‘orquestación’ de una muerte: tras quitar el tubo endotraqueal que permite la respiración, lo que sigue es administrar morfina a la paciente, para que no sufra por la falta de aire.

Incluso hoy, gran parte de las jornadas de Ropper están llenas de momentos durísimos como este, en el que el paciente ha decidido no seguir adelante.

Su siguiente visita es a un hombre joven que de pronto se ha sumido en un coma que ha dejado anonadados a los médicos de otro hospital. Su madre y su hermano se encuentran en estado de shock; todo ha sucedido de golpe. Ropper cree haber diagnosticado el problema, pero las perspectivas son malas.

“Me preguntan qué es lo que ellos pueden hacer. Tienen la impresión de que toda la responsabilidad es suya, pero no lo es en absoluto”.

¿Qué les ha dicho?

“Les he dicho que…” Una pausa.

“Que es mejor que vayan haciéndose a la idea”.


 

“La capacidad médica para mantener a una persona con vida no es ilimitada, pero sí prolongada”

El doctor Ropper detalla en su libro el duro momento de poner fin a un tratamiento médico.

Un centro para enfermedades respiratorias es un mundo aparte, una suerte de purgatorio, un lugar en el que las mañanas se suceden a ritmo lentísimo y mezquino. Sentado en una silla, dándole la espalda a la cama, el marido de Louise deja de mirar por la ventana y se gira hacia mí lentamente.

“Doctor, mi mujer quiere que esto se acabe de una vez”. “Louise, ¿ha pensado en lo que todos van a sentir cuando usted se haya ido?”.Asiente con la cabeza, sin rastro de lágrimas esta vez. Veo que tiene la mirada clara y entiendo que tiene la mente clara.

“Louise, ¿se siente deprimida?”. Hace acopio de energía y respira hondo, superando el movimiento pectoral provocado por el ventilador. Sus ojos van al tablero de plexiglás que está sobre la silla. Cojo el tablero y lo levanto en el aire. Al momento va a señalar la letra ‘N’.

“¿Está diciéndome que no se siente deprimida?”.Vuelve a respirar hondo. Y a continuación, subrayando sus gestos con unos movimientos de los ojos rápidos y enfáticos, va de una letra a la otra. N-O-E-S-T-O-Y-D-E-P-R-I-M-I-D-A. “Muy bien” .

Al día siguiente deletrea: HE TENIDO BASTANTE. Y después: NUNCA PENSÉ QUE SE PUDIERA SUFRIR TANTO.

La capacidad médica para mantener a una persona con vida no es ilimitada, pero sí que es prolongada. Hay una serie de medidas extremas a disposición del paciente que sufre una enfermedad de las neuronas motoras [trastornos que destruyen las células que controlan la actividad muscular que permite hablar, caminar, respirar y tragar], pero ninguna de ellas cambia el hecho de la enfermedad. Y la cuestión pasa a ser la siguiente: si deniegas a una paciente todo cuanto la medicina puede ofrecerle, ¿estás ayudándola a morir?

Lo que Louise y su esposo habían decidido era que le quitáramos el tubo de la traqueostomía. Louise tenía ese derecho. A fin de evitar la resultante horrorosa ansia de aire, yo iba a administrarle sucesivas dosis de morfina antes y después de quitarle el tubo.

Me proponía llevarla a un umbral en el que estuviera lo bastante despierta para hablar, pero sin sufrir. Podría pronunciar unas pocas palabras mientras siguiera teniendo aliento. Y decirle unas últimas palabras a su marido, que estaba sentado en una silla al lado de la cama, con las manos en las sábanas, unidas como si estuviera rezando.

Asentí con la cabeza, y ella parpadeó para darme su consentimiento. Cerró los ojos. Aumenté la dosis de morfina, para que se aletargara un poco. Movió las pestañas arriba y abajo.

“¿Está despierta, Louise?”. Se revolvió y asintió con la cabeza. “¿Se encuentra bien? ¿Le llega suficiente aire?”. Volvió a asentir con la cabeza.

“Bien. Ahora voy a quitarle el tubo y seguramente podrá musitar unas cuantas frases. Pero no voy a dejar que sufra. Si tengo la impresión de que le cuesta demasiado respirar, incrementaré la dosis, y en tal caso es posible que no tenga la oportunidad”.

El ventilador indicaba que estaba inhalando una pequeña cantidad de aire cuando lo desconecté del tubo y corté el suministro. Oí que algo de aire se movía a través de sus cuerdas vocales. Quité el tubo poco a poco.

Cuando alguien está a punto de morir, te das cuenta. Los vasos sanguíneos se comprimen a medida que va bajando la presión arterial. Las rodillas se tornan un poco azuladas. Louise soltó unas tosecitas furtivas, que apenas resonaron. Y entonces oí un ruido, un silbido, y susurró. “Yo… te quiero. Adiós”.


 

PARA SABER MÁS

Reaching down the rabbit hole. Extraordinary journeys into the human brain, de Allan Ropper y BD Burrell. En inglés.