Tradiciones ancestrales: este muerto está muy vivo

En la isla indonesia de Sulawesi los muertos, en realidad, nunca mueren. Siguen presentes entre los vivos, hasta el punto de que estos pueden tardar años en enterrarlos. Después, cada cierto tiempo los sacan de sus tumbas para que vuelvan a estar con los suyos. Una asombrosa tradición que estos indonesios viven con total naturalidad. Por Judy Clarke/Fotos Agung Parameswara.

En Tana Toraja no es raro que alguien te invite a visitar a su abuelo. El gesto, más allá de su insólita familiaridad, no resulta chocante para un occidental. Lo sorprendente es descubrir, cuando se llega al lugar de la cita, que el abuelo en cuestión está muerto.

Y no es que acabe de morir. Puede llevar años fallecido. Pero ahí sigue, en su casa, sentado a la mesa, frente a una taza de té, esperando a que la familia tenga suficiente dinero para celebrar los fastos que acompañan al enterramiento.

La imagen resulta desconcertante, pero es un hábito muy extendido en esta región de Sulawesi, la segunda isla más grande del archipiélago indonesio, después de Borneo.

En Tana Toraja viven 300.000 personas, que practican su propia religión -el aluk tadolo- y, aunque la mayoría se ha convertido al cristianismo, siguen obsesionadas con la muerte y la celebran de forma única.

Para ellos, los muertos no dejan nunca de estar presentes. No solo los mantienen en casa hasta que pueden recibir un funeral adecuado, sino que, una vez enterrados, los cadáveres vuelven a ‘ver’ a sus familiares cada tres años. En agosto, después de la cosecha y antes de la siembra, en numerosas aldeas de Toraja tiene lugar un ritual llamado Ma’Nene -o “limpieza de cadáveres” , en el que las familias exhuman los cuerpos de sus muertos para limpiarlos, vestirlos con ropas nuevas y reparar sus ataúdes.

De cuerpo presente

Para los torayanos, la vida gira en torno a la muerte. Así que un funeral es en realidad una gran celebración de la existencia; una fiesta de despedida en la que participan todos los parientes del fallecido y habitantes de la aldea. El convite se festeja por todo lo alto y resulta caro, muy caro. Y no todos pueden organizarlo en el momento en el que el ser querido fallece. Así que, si no hay dinero para fiestas, al difunto se lo embalsama y ‘convive’ con la familia en la casa. Los parientes le sirven comida y agua tres veces al día y le cuentan con naturalidad los acontecimientos y cotilleos de la aldea. Hasta que los funerales no comienzan, no se considera que el finado está realmente muerto, sino ‘gravemente enfermo’.

A las familias no les incomoda la presencia del cadáver y ni siquiera el olor que despide, pese al proceso de embalsamado. Mientras la familia ahorra para las costosas honras funerarias que le permitirán reunirse con los dioses, una bandera blanca hace saber que en la casa vive un muerto.

Cuando se ha ahorrado lo suficiente y comienzan los fastos funerarios, estos pueden durar hasta una semana. Obviamente el convite variará según el nivel social y económico de la familia. Un funeral pequeño contará con unas 200 personas, pero los de familias importantes concitan a miles. Llegan de todas partes del país. Hasta tal punto que se construyen alojamientos temporales de bambú para la ocasión, que luego se desmontarán.

Muchas familias mantienen el cuerpo momificado en casa durante meses hasta que pueden costear los funerales

Para hacer honor al difunto y que este pueda iniciar su viaje, se sacrifican animales. Pueden ser búfalos o cerdos. Si la familia es de clase alta, matarán 24 búfalos. Los de clase inferior se conforman con uno o incluso con solo un cerdo. Un búfalo puede costar unos 3000 euros. Un cerdo, en cambio, 150.

Los animales se cocinan para dar de comer a los invitados. El funeral se convierte en un festín que se riega con cuantioso vino de palma. Únicamente los más allegados deben conservar la compostura, visten de negro y comen arroz. Y solo ellos acuden luego al entierro del difunto en una roca o en un panteón familiar.

La leyenda del cazador

El ritual del Ma’Nene se remonta a la leyenda del cazador Pong Rumasek. Cuentan que el trampero un día se adentró en las montañas y tropezó con un cadáver en malas condiciones. Decidió llevarlo a su pueblo, vestirlo con ropas nuevas y enterrarlo en un lugar seguro. Desde entonces, Pong gozó de la bendición divina. El espíritu del muerto le orientaba en la selva cuando iba de caza y sus cultivos eran los más prósperos. Moraleja. hay que honrar a los fallecidos.

Aunque los jóvenes torayanos hoy siguen la tradición, bromean sobre ella, especialmente por la ruina que pueden suponer los funerales: “Cuando estamos interesados en una chica, lo primero que hacemos es preguntarle si sus padres y abuelos todavía están vivos. Si viven, es mejor salir corriendo”


 

PARA SABER MÁS.

Archeology, indonesian perspective, de R. P. Soejono. Editorial Indonesian Institute of Sciences, 2006.