La preocupación por alimentarse de la mejor forma posible ha llenado las ciudades de huertos urbanos y ha visto nacer a una generación de gurús del ‘wellness‘, pero también está generando fanáticos. La obsesión por la comida sana tiene nombre: ortorexia. Por Ixone Díaz Landaluce / Fotografía: Valerie Rizzo

Las azoteas de Nueva York ya no son lo que eran… Donde antes se amontonaban antenas de televisión o los emblemáticos depósitos de agua ahora también crecen lechugas, tomates o coles rizadas.

Hace tiempo que los huertos urbanos se mimetizaron con las calles de la ciudad hasta convertirse en parte del paisaje urbano. Algunos pertenecen a comunidades de vecinos o son espacios abiertos a los residentes de un barrio y, generalmente, suelen regirse por normas muy estrictas. hasta el último tomate tiene que ser de cultivo biológico y los pesticidas están terminantemente prohibidos. Y, a pesar de todo, muchos de estos huertos comunitarios cuentan con interminables listas de espera para hacerse con un trocito de tierra donde plantar una pequeña huerta. Pero también existen explotaciones urbanas a gran escala. Brooklyn Grange, por ejemplo, acumula 6000 metros cuadrados entre varias azoteas de Brooklyn y Queens donde se producen 25 toneladas de verduras y frutas al año. Pero este no es un fenómeno únicamente neoyorquino. Los huertos urbanos proliferan de costa a costa en ciudades como Los Ángeles, Washington, San Francisco, Seattle…

Vuelta al paleolítico

Detrás de esta nueva cultura agrícola para urbanitas está la fiebre por la comida sana, un auténtico fenómeno de masas en Estados Unidos. Las masas, en este caso, están formadas por jóvenes treintañeros, generalmente con estudios universitarios, con buenos trabajos y sueldos nada despreciables, que en las últimas primarias demócratas quizá apoyaron a Bernie Sanders, que a veces coquetean con la cultura anticapitalista, simpatizan con los derechos de los animales y se preocupan por el cambio climático y el medio ambiente. Pero, sobre todo, se preocupan por lo que comen. En algunos casos hasta alcanzar posturas radicales. O, como ya se les empieza a conocer, foodamentalistas.

Comer bien se ha convertido en un estilo de vida para algunos de ellos, y directamente en una especie de religión para otros. Eso sí, no se ponen necesariamente de acuerdo en cuál es la mejor filosofía nutricional. Están quienes piensan que el hombre del Paleolítico se alimentaba mejor que nosotros y le han declarado la guerra a los carbohidratos mientras se atiborran de verdura y carne roja, quienes solo consumen productos vegetales y crudos, quienes sobreviven a base de dietas depurativas de zumos o batidos… Puede que la estrategia sea diferente, pero el fin último siempre es el mismo. alimentarse de la manera más sana posible.

Los gurús de la alimentación sana

La tendencia ha contagiado incluso a la cadena de fast food por excelencia. McDonald’s ha renunciado a utilizar carne o leche de animales tratados con antibióticos y hormonas en sus comidas. Aun así, ningún foodamentalista de pedigrí pisaría jamás una de sus hamburgueserías. Lo que de verdad triunfa ahora es el fast good. Cadenas como Sweetgreen o Lyfe Kitchen no paran de abrir sucursales por todo Estados Unidos. Su reclamo son los menús saludables en los que todos los ingredientes vegetales son de cultivo biológico y, a poder ser, han sido producidos en granjas locales. Y los animales han crecido en granjas donde se les proporciona un trato ético.

Y, claro, como cualquier otra tendencia, ya tiene sus propios gurús y prescriptores de masas. Ella Woodward, una bloguera británica de 24 años, maneja un pequeño imperio dedicado a la comida sana. Además de su web, Deliciously Ella, ha desarrollado su propia app, ha abierto un café en Londres y también ha publicado un libro con sus recetas veganas. Su historia ha atraído a miles de fans. Creció en una familia británica más que acomodada (su madre es millonaria y su padre político) y estudiaba Historia del Arte cuando le diagnosticaron una enfermedad crónica rara. el síndrome de taquicardia postural ortostática. Decidida a buscar una alternativa a los tratamientos farmacéuticos que la tenían postrada en una cama, apostó por la dieta vegana y decidió desterrar el gluten, los lácteos y el azúcar de su alimentación. Sus nuevos hábitos le ayudaron a controlar mejor su enfermedad y le animaron a cocinar sus propios platos. Empezó a publicar sus recetas en un blog y, de pronto, se convirtió en una gurú a imagen y semejanza de su ídolo, Kris Carr, quien después de ser diagnosticada de un cáncer incurable de estadio cuatro (pero de desarrollo lento) se convirtió en una activista del wellness gracias a un libro y un documental del mismo nombre. Crazy Sexy Cancer. Ahora, es autora de cinco best sellers, da conferencias y es dueña de un lucrativo imperio.

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Huertos urbanos

Aunque el ejemplo de Woodward y Carr es positivo y seguir una alimentación saludable siempre es una buena idea, en la era de los hashtags y los trending topics también se ha convertido en un motivo de exhibición en las redes sociales. En un símbolo de estatus. Y, por qué no decirlo, en una tendencia algo esnob. Una cosa es comprar en mercados de agricultores locales los ya archifamosos farmer markets, renunciar a la comida procesada o empaquetada o preguntarse de dónde viene exactamente un tomate o cómo fue criado el pollo que estás a punto de comerte, y otra muy diferente es ocupar las trincheras. Internet está lleno blogs y páginas dedicadas a la alimentación sana que juzgan, desde su ciberpúlpito, a quienes «descuidan su alimentación», caen en la tentación de una hamburguesa grasienta o, simplemente, cambian de opinión.

El caso de Jordan Younger resulta paradigmático. Hasta 2014, Younger, una estudiante universitaria de 23 años, se había hecho un nombre gracias a su blog The Blonde Vegan (la rubia vegana). Sus posts sobre yoga, mindfulness y dieta crudo-vegetariana (que además de evitar la carne no admite ningún alimento cocinado) tenían más de 300.000 seguidores y Younger estaba amasando, de paso, una pequeña fortuna vendiendo dietas depurativas a base de zumos y comercializando su propia línea de ropa deportiva. En apenas nueve meses, se convirtió en una voz autorizada del estilo de vida saludable. Ahora, Younger es una traidora para la comunidad vegana.

El lado oscuro

En su obsesión por la alimentación sana, Younger quiso ir más allá y se empeñó en sobrevivir 30 días únicamente a base de zumos, sin comer fruta ni ensaladas. El resultado fue desastroso. se le amarilleó la piel, los dientes se le pusieron grises, el pelo se le empezó a caer a mechones…

Navegando por Internet dio con un trastorno cuyo nombre no había escuchado nunca: ortorexia, la obsesión enfermiza por alimentarse de forma sana. Y decidió salir públicamente del armario anunciando en su blog por qué había decidido abandonar la dieta vegana. La reacción de sus fans fue furibunda: la tacharon de traidora, la insultaron, pusieron en duda que fuera vegana, incluso que fuera realmente rubia… Younger empezó a acudir a terapia, a intentar mejorar poco a poco sus hábitos y rebautizó su blog como The Balanced Blonde (la rubia equilibrada). Y a pesar de la desbandada general de sus seguidores más fundamentalistas, su marca es ahora más fuerte que nunca.

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Por mis verduras: Anastasia Cole Plakias, co-fundadora de Brooklyn Grange Rooftop Farm, la mayor iniciativa de huertos urbanos en azoteas de Nueva York.

PARA SABER MÁS

Breaking Vegan, Jordan Younger (Fair Winds Press). El libro de la bloguera explica los peligros que conllevan los malos hábitos alimenticios y habla sobre la ortorexia.