Arqueóloga y arabista, Gertrude Bell fue también una eficaz espía británica y una gran geopolítica. Ella dibujó el mapa de Irak tras la Primera Guerra Mundial que ha marcado dramáticamente la historia de Oriente Medio. Por Silvia Font

En la madrugada del 12 de julio de 1926, apenas dos días antes de su 58º cumpleaños, la Reina del Desierto yace en la cama de su residencia de Bagdad, junto a un frasco vacío de somníferos, según atestigua el certificado de defunción, de lo que nunca se ha confirmado oficialmente como un suicidio. Lo que ocurrió en aquella calurosa noche estival iraquí ha trascendido hasta hoy como un misterio más de esta aristócrata británica a quien su pasión por la arqueología y su dominio de la cultura árabe llevó a convertirse en la mujer más influyente del Imperio británico, hasta el punto de que fue la encargada de dibujar las controvertidas fronteras del Irak moderno.

Gertrude Bell estaba destinada a convertirse en una respetable dama británica acorde a los estándares victorianos de la época. Nació en el seno de una familia con una de las seis mayores fortunas de Inglaterra gracias al negocio iniciado por su abuelo en el sector del metal. Sin embargo, ella nunca encajó en este ambiente de la alta sociedad donde toda ‘señorita de bien’ había de casarse cuanto antes con un buen marido. Ella, que había logrado ser la primera mujer en culminar con honores los estudios de Historia Moderna en la Universidad de Oxford, encontró en sus viajes alrededor del mundo una vía de escape a una sociedad que la constreñía más que los corsés de la época.

Con 24 años, Gertrude tiene su primer contacto con Oriente Próximo cuando convence a su padre -por quien siente un profundo respeto- para visitar a unos familiares destinados en la Embajada británica en Teherán. Este viaje a Persia cambiará su vida, despertando su hambre aventurera y transformando su interés por la arqueología en una auténtica pasión.

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Gertrude Bell siempre viajaba con sus hombres de confianza

A su vuelta a Inglaterra recopila todas las notas y fotografías para el que será su primer libro Persian pictures (1894), en cuya publicación ejerce gran influencia la segunda mujer de su padre, Florence Olliffe, una brillante escritora que llega a la vida de Gertrude cuando, a los tres años, perdió a su madre.

En los años posteriores, entre 1900 y 1918, Gertrude aprovecha el poder adquisitivo de su familia para cumplir sus sueños de trotamundos. Completa dos vueltas al mundo y visita a influyentes amigos de la familia en todas las embajadas. Prepara las expediciones con sumo detalle. contactos, mapas, libros. Redacta detallados diarios y toma más de 7000 fotos, que se conservan ahora en el Archivo Gertrude Bell de la Universidad de Newscatle. En sus viajes no escatima en lujos; pese a cruzar los parajes más inhóspitos siempre viajará con una corte de varios camellos portando sus baúles-armario repletos de vestidos, vajilla de porcelana y una bañera portátil.

LA DAMA DE ESTADO

La intrépida Bell se siente tan cómoda con los arqueólogos británicos como compartiendo té y fumando cigarrillos egipcios con los jefes de las tribus locales y alternando con las mujeres de los harenes de los jeques. Su presencia femenina despierta la curiosidad de los líderes locales. «¡En este país soy alguien!», relata la propia Bell.

Tras la Primera Guerra Mundial, el Gobierno británico solicita su colaboración en la Oficina Árabe de El Cairo, desde donde la Corona planea acabar con el Imperio otomano, contando con la ayuda de los árabes, para así mantener un control sobre los territorios que riegan los ríos Éufrates y Tigris, ricos en petróleo y una estratégica al golfo Pérsico.

Pese a viajar por parajes inhóspitos llevaba decenas de vestidos, vajilla de porcelana y una bañera

La versátil aventurera se convierte en la primera mujer en trabajar para los servicios de inteligencia militar británicos, lo que ha contribuido a alimentar la leyenda de la ‘Bell espía’. Si bien ninguna documentación oficial confirma su labor de espionaje, está claro que su dominio de las lenguas tribales le abrió las puertas en sus sucesivas misiones de Estado y le ganó el apodo entre los locales de Al Khatun, traducido como ‘la dama del Estado’.

Más allá de sus concienzudos informes para el Gobierno, cuando uno accede a leer la versión no oficial de sus investigaciones -la que comparte con su familia por carta-, descubre el verdadero conflicto que vivía la propia Bell: una mujer al servicio de su país, del Imperio británico, pero que por otro lado es crítica y consciente de las problemáticas decisiones que están tomando los dirigentes de su país y de los errores que está cometiendo la Corona. «Habíamos prometido un Gobierno árabe con asesores británicos, y hemos establecido un Gobierno británico con asesores árabes», lamenta en su correspondencia.

La pasión reprimida

Bell acatará las decisiones de la Corona británica, pero en 1921 defenderá una reducción de su presencia en Irak y que sea creada una nueva monarquía iraquí, con el príncipe Faisal al frente. Solo una vez estabilizado el trono del rey Faisal en Irak, de quien durante unos años es consejera, la dama británica se retira de la escena política. Siente entonces un vacío en su vida que tratará de colmar volcada en un último sueño: la creación de un museo para conservar el patrimonio arqueológico de la región, al que añadiría la creación de la Biblioteca Nacional. Esos mismos ‘templos de la cultura’ que fueron bochornosamente saqueados en 2003 durante y tras la ocupación del país por un eje de fuerzas internacionales con Estados Unidos al frente.
Pero no parece que su dedicación a la arqueología fuera suficiente para satisfacerla al final de su vida.

Bell está cómoda con los líderes tribales. A ellos les provoca curiosidad. “¡En este país soy alguien!”, relata ella

Gertrude Bell murió sola, tras ingerir muchos somníferos, sin llegar nunca a superar el cruel desenlace del que fue su más apasionado idilio: la muerte del mayor Charles Doughty-Wylie, un veterano de guerra casado, con el corazón dividido, que acabó perdiendo la vida en el desembarco de Galípoli en 1915 y del que Gertrude estaba tan enamorada que llegó a amenazarlo con quitarse la vida si no abandonaba a su mujer. «Es eso o nada. No puedo vivir sin ti».

Fue nada. Él murió y ella no volvió a tener una relación amorosa. Bell falleció nueve años después en Irak, donde fue despedida multitudinariamente y con honores militares. Aún descansa enterrada en el cementerio cristiano de Bagdad. Hoy su leyenda cobra más vida que nunca, porque como ella misma escribió a su padre. «Nuri Said dice que solo hay una Khatun… Que en los próximos se hablará de la Khatun que pasaba montada a caballo. Y creo que así será».

¿Cómo se hizo el reparto de Irak?

Durante la Primera Guerra Mundial, Gertrude Bell trabajó para la Inteligencia británica. Medió con los líderes árabes para que estos se levantasen contra los turcos (enemigos de los ingleses) y así acabar con el Imperio otomano. A cambio, los británicos les prometieron un estado árabe independiente, pero de la promesa no quedó nada. Un acuerdo secreto anglofrancés hizo que los restos del Imperio otomano se los repartieran entre ambas potencias.

Al final de la guerra, Bell -defensora de la teoría de la ‘construcción de naciones’- recibió el encargo de configurar los límites del nuevo Irak, bajo dominio británico. Durante días se encerró en su despacho rodeada de mapas y documentos, trazando con lápiz y regla las fronteras que han perdurado hasta hoy.
Bell quería «unir a todos bajo a una misma bandera», pero asegurándose de responder a los intereses británicos. Para ello, Irak debía abarcar las zonas ricas en petróleo del Kurdistán, las fértiles tierras bañadas por los ríos Tigris y Éufrates y garantizar la salida al golfo Pérsico (de gran interés para la India). Para ello incluyó en las lindes la región norteña de Mosul, de mayoría kurda; la zona central de Bagdad, de mayoría suní; y al sur, Basora, de mayoría chií; regiones donde también había y hay minorías de yazidíes y de cristianos. Este «equilibrio impuesto» de etnias, entre las cuales se privilegió a los suníes, y la decisión de impedir un estado del Kurdistán independiente, por el hecho de ser una zona rica en petróleo pero sin considerar a la población kurda (que nada tenía que ver con los árabes), siguen hoy pesando sobre la memoria de Bell. Y sobre la geopolítica internacional actual.

Bell creía en ‘construir naciones’ y trazó con lápiz y regla las fronteras de Irak pensando en el interés británico

Y es que, pese a la pasión que mostraba por Oriente, en Bell primaba el espíritu imperialista y no dudaba en asegurar que «el árabe era como un niño muy viejo» que no podía gobernarse solo. Fue su amigo Lawrence de Arabia quien acabó convenciéndola de defender para los iraquíes un Gobierno árabe. En la Conferencia de El Cairo, convocada en 1921 por el nuevo secretario de Colonias, Winston Churchill, Lawrence y Bell harán todo lo posible para que el príncipe Faisal sea aceptado como primer rey de la nueva monarquía iraquí (pese a ser un emir hachemita que no había pisado nunca Irak). Faisal I fue entronizado en 1921 y llevó al país a su independencia total de Inglaterra en 1932. El estado ‘creado’ por Bell no gozó de estabilidad. Golpes de Estado, una ofensiva nazi, la toma de poder del Partido Baas -suní- en 1968 y el ascenso dentro de él de Sadam Huseín hasta ser presidente en 1979. Se aferrará al puesto hasta su derrocamiento, en 2003. Su caída tampoco trajo el ansiado Gobierno estable, unificado y en paz que soñó Gertrude Bell, pero que no supo trazar sobre la arena del desierto.

Una mujer de recursos

Bell pertenecía a una de las familias más ricas de Inglaterra, pero escapó a las imposiciones de la sociedad victoriana. A la izquierda, con T. H. Lawrence y Winston Churchill en El Cairo en 1921, cuando se decidió el futuro de Irak, con un monarca hachemita al frente, tutelado por los británicos.

En un reino de hombres

Siempre viajaba acompañada de algunos hombres de confianza, un rifle y su inseparable cámara Kodak. Era una mujer extraordinaria, pero ‘hija de su época’. Por ejemplo, no estaba a favor de que las mujeres votasen, por carecer la mayoría -argumentaba- de la educación necesaria para decidir sobre cuestiones políticas.

La tristeza de la Khatun

Al final de su vida, Gertrude Bell se sentía sola. De joven tuvo que renunciar a un pretendiente, un empleado de una Embajada árabe a quien su padre no aprobaba por no tener fortuna. Ya madura e independiente, se enamoró de un hombre casado, que murió en la guerra.


PARA SABER MÁS

La hija del desierto. Por Georgina Howell. Editorial Lumen.