En 2015, ISIS difundió el primer vídeo en el que un niño descerrajaba dos tiros en la nuca a dos prisioneros. Dos años después, este tipo de vídeos con niños son algo habitual. ISIS usa a los pequeños como suicidas, como ejecutores y como combatientes. Por Anthony Loyd

El prisionero es un árabe adulto. Un árabe roto, descalzo y esposado. Me fijo en que ha perdido mucho peso en los últimos 14 meses, desde que el Grupo Antiterrorista Kurdo divulgó la fotografía de su captura. Vive en una celda aislada, lo bastante larga para tumbarse y lo suficientemente ancha como para estar sentado con las piernas cruzadas. Orina en una botella situada junto a una manta en el suelo. La mayor parte del tiempo de su cautiverio lo pasa con la mirada fija en la pared.

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Imágenes de vídeos difundidos por ISIS

Ahora, sin embargo, está sentado al otro lado de un escritorio, en un cuarto desnudo junto a la galería de celdas. Un par de preguntas me han llevado a este frío rincón de la guerra. El hombre sentado ante mí fue reclutado por Al Qaeda en Irak cuando era niño. Ha crecido bajo el Estado Islámico.

-¿Alguna vez…? ¿En algún momento, antes, durante o después de matar a alguien, te entraron dudas o te arrepentiste de lo que acababas de hacer? ¿En algún momento tuviste la sospecha de que aquello no estaba bien?

Si encuentro la respuesta a estas preguntas, si consigo averiguar si en algún instante -cuando, siendo adolescente, decapitó a cinco prisioneros- tuvo dudas o remordimientos, quizá pueda entender mejor qué será de los hijos del califato el día en que su estructura termine por desmoronarse. ¿Habrá algún modo de recuperarlos y rescatarlos?

El nombre completo del prisionero es Ali Khatan Abdul Wahab Mahmud. El mayor de ocho hermanos, su padre era campesino y conserje de una escuela en Hawija, un pueblo cercano a Kirkuk.

Ali Khatan tenía 13 años cuando se integró en Al Qaeda en Irak, cuyos mandos con el tiempo se convirtieron en el núcleo del Estado Islámico. A los 15 años mató de un disparo a su primer prisionero: un policía al que habían secuestrado.

Tenía 19 cuando decapitó a cinco combatientes kurdos capturados. Apenas contaba con 21 años cuando lo vi en la cárcel en el norte de Irak en diciembre. Y, sin embargo, cada vez que he vuelto a pensar en él, la imagen que me viene a la mente tiene más que ver con la de un adolescente desorientado que con la de un miembro adulto del Estado Islámico con la sangre de muchos hombres en sus manos.

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En un vídeo con varios prisioneros a los que luego él mismo decapitó. Entonces tenía 19 años

Hay millares como Ali Khatan en Irak y Siria, jóvenes robados por el califato en cuyas mentes se ha insertado la simiente de una ideología que promete que matar es un paso para ascender por la escalera que lleva al cielo.

El Estado Islámico utiliza a los niños no solo como asesinos implacables, sino que los ha convertido en la base sobre la que construir su estrategia de expansión a largo plazo.

La magnitud del drama

La operación puesta en marcha por Estado Islámico para radicalizar a los niños no tiene paralelismo en el mundo y afecta a millares de niños y adolescentes de entre el millón y medio de menores que siguen viviendo en las tierras del califato, un territorio situado entre Irak y Siria.

Algunos, como Ali Khatan, fueron reclutados por Al Qaeda en Irak cuando eran adolescentes y pasaron a engrosar las filas de Estado Islámico después de la toma de Mosul por este grupo en junio de 2014. Otros fueron directamente seleccionados, cuando todavía eran niños, por la rama armada llamada Ashbal Al Khilafah, ‘los cachorros del califato’. Muchos más están siendo educados en la red de escuelas dirigida por el ministerio de educación de ISIS, donde son sometidos a un programa militar preñado de violencia.

En marzo de 2015, un niño francés ejecutaba a un presunto espía; en mayo, un pequeño ruso hacía lo mismo; en junio, 25 adolescentes fueron filmados mientras cada uno mataba de un tiro a un soldado sirio

Hoy, el califato parece que se viene abajo -el Estado Islámico perdió el 16 por ciento de su territorio en 2016- y estos jóvenes, adoctrinados y muchas veces brutalizados, están a punto de integrarse en la ‘vida corriente’ de Irak, Siria, Jordania, Turquía y Europa.

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A pesar de que los especialistas internacionales en desmovilización de niños soldados subrayan la existencia de un problema sin precedentes en el caso de ISIS para su reinserción en la sociedad, las autoridades en la región apenas han tomado medidas.

El caso de Mohammed

En diciembre visité un centro para menores en Kirkuk que alberga a 22 presos a la espera de juicio por terrorismo y a 32 reclusos niños o adolescentes. Allí entrevisté a Mohammed Ahmed Ismael, alias Abu Musab, de 15 años, originario de Mosul, adoctrinado por Estado Islámico para morir como terrorista suicida.

“Nos amenazaban , nos pegaban, nos elegían para misiones suicidas…No teníamos elección”. Mohammed Ahmed Ismael (15 años)

La noche del 22 de agosto del año pasado, Mohammed se hizo famoso por la expresión de angustia animal (captada por una cámara de la televisión local) que distorsionó su cara cuando la Policía de Kirkuk le agarró sus manos para evitar que activara la bomba que llevaba amarrada a la cintura. Otro cachorro de ISIS, un primo de Mohammed de 15 años, se hizo estallar por los aires en otro punto de Kirkuk esa misma noche.

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Mohammed me describió los dos meses de ardua formación militar y religiosa que siguió junto con otros 60 niños en un campo al sur de Mosul. Al final del curso, lo seleccionaron a él y a otros 20 chicos para misiones suicidas.

«No era cuestión de elección -insistía Mohammed-. Una vez que tomaron la decisión por nosotros, los 20 seleccionados para las misiones suicidas recibimos una formación religiosa aún más intensiva; los sentimientos personales no tenían que nada que ver».

Los funcionarios del centro de detención de menores donde está recluido Mohammed lo describieron como peligroso y no arrepentido. Nada más ingresar, reunió a los demás menores presos, les dio charlas sobre el islam radical y trató de dirigir los rezos.

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Mohammed Ahmed Ismael, de 15 años, fue detenido cuando intentaba activar en Kirkuk una bomba atada al cuerpo, pudo ser arrestado porque dudó

«Estoy absolutamente seguro de que, si lo dejáramos en libertad, volvería con los de ISIS sin pensárselo un segundo», dice el director. En el centro no existe ningún programa de rehabilitación para tratar a Mohammed. Está a la espera de juicio y se estima que lo condenarán a por lo menos 10 años de cárcel.

Sin piedad

Los cachorros asesinos compañeros de Mohammed empezaron a acaparar titulares de prensa por una serie de atrocidades cometidas en 2015. En enero de ese año grabaron en vídeo a un niño kazajo de corta edad mientras ejecutaba a dos prisioneros con sendos tiros en la nuca en Siria. Era la primera vez que un niño aparecía ejecutando a alguien en un vídeo de Estado Islámico.

Dos meses después apareció otro vídeo en el que un niño francés ejecutaba a un palestino acusado de espiar para los israelíes. En mayo, ISIS mostró cómo un niño pequeño ruso ejecutaba a otro supuesto espía.

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A medida que iban sucediéndose más asesinatos cometidos por niños, la escala y la coreografía fueron haciéndose mayores. En junio de 2015, 25 cachorros adolescentes fueron filmados mientras cada uno de ellos mataba de un tiro a un soldado del régimen de Asad en el teatro romano de Palmira. Llegado 2016, los vídeos con menores asesinos se habían convertido en la norma. A la vez, los cachorros también estaban empezando a hacerse notar como combatientes sobre el terreno. El año pasado, el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos informó de que más de 300 menores habían muerto en la batalla de Mosul. Según el quinceañero Mohammed, sus cortas vidas seguramente fueron miserables.

«No puedo decir que fuéramos felices. Muchas veces teníamos miedo y nos pegaban -recordaba este muchacho, que en ningún momento sonreía-. Pero nos reconfortaba la idea de que podíamos alcanzar el cielo como mártires».

Los otros cachorros

Si el adoctrinamiento que hace el ISIS de los niños estuviera confinado a los mortíferos cachorros del califato, quizá sería posible contener el fenómeno. Incluso si este fuera ampliado al total de los niños educados en tierras del califato, el número total todavía podría ser manejable.

Sin embargo, en el seno del califato existe una tercera categoría de niños ‘radicalizados’. es el incontable número de niños traumatizados que están comenzando a emerger a la vida tras el yugo de ISIS. Muchos de ellos están convencidos de que la violencia ya no solo resulta normal, sino que hasta es deseable.

“Nos seleccionaron a mí y a otros 20 niños para las misiones suicidad… Pero en el último momento dudé”. Mohammed no se vio capaz de saltar por los aires

Qasim es ejemplo de este grupo. Lo vi por primera vez en el campamento de Hasansham, en Irak, que acoge a familias que huyen de Mosul. Qasim era uno de los 1500 niños registrados en el campo. Ninguno de sus familiares había sido miembro de Estado Islámico; nunca había asistido a una escuela de ISIS.

Y, sin embargo, crecer día a día en el Mosul ocupado por ISIS había perturbado tanto a Qasim que era propenso a ataques de rabia; en esos momentos echaba mano de un cuchillo y perseguía a los otros niños amenazándolos con «cortarles la cabeza».

Dos de sus tíos habían sido ejecutados por ISIS. Había visto cómo a un hombre lo empujaban desde lo alto de un tejado, se supone que por su condición de gay. También había contemplado cinco decapitaciones y dos ejecuciones a tiros en una gran pantalla de plasma, una de las tantas instaladas en lugares públicos para mostrar las ejecuciones del día.

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Y un día de 2015, un grupo de combatientes de ISIS entró en su casa buscando a su padre, un antiguo policía. No lo encontraron, pero, cuando se marcharon, algo había cedido en la mente del aterrado pequeño. «Qasim de pronto musitó: volverán y nos cortarán la cabeza a todos -me explicó su madre-. Nunca más volvió a ser el mismo. De golpe se volvió agresivo. Una mañana tiró a su hermanita escaleras abajo. Se obsesionó con los cuchillos, amenazaba a sus amigos… Ya no podemos dejarlo salir, porque tenemos claro que tratará de hacerle daño a alguien -agregó-. Es como si los terroristas le hubieran robado la mente a mi hijo».

Los trabajadores sociales del campo afirman que el caso de Qasim no tiene nada de excepcional; la mitad de los pequeños, dicen, necesita ayuda psicológica urgente.

Los niños que huyen de ISIS llegan a los campos de refugiados traumatizados. Unicef trabaja en un proyecto para prestar ayuda psicológica a más de 160.000 menores

Unicef está trabajando en una estrategia para atenderlos. En su versión más simple, esta ayuda se traduce en «primeros auxilios psicológicos». En el campamento de Hasansham, por ejemplo, los trabajadores sociales proporcionan una sesión de 30 minutos a las familias nada más llegar al campo. La primera tarea es convencer a los niños de que se encuentran a salvo y que su pesadilla ha terminado. Pero la escala del problema es tal que ya amenaza con consumir los recursos. Los 12 trabajadores sociales destacados en Hasansham en diciembre estaban llevando más de 30 casos a la vez. Además, muchos de ellos también han sufrido traumas graves. Rasha Moayed, la joven iraquí que coordina el trabajo psicosocial en Hasansham, procede de Anbar. Dos años atrás, antes de escapar al control de ISIS, vio cómo una vecina amiga suya era lapidada hasta la muerte. La mujer era esteticista y aplicaba maquillaje a las novias antes de las bodas, algo prohibido por ISIS. La enterraron hasta la cintura y la apedrearon hasta matarla delante de todo el mundo. ISIS obligó a sus familiares a presenciar la macabra ceremonia. «Entre los presentes estuvieron sus dos hijos pequeños y su hija de 6 años», me contó Moayed con lágrimas en los ojos.

La posibilidad de arrepentimiento

Pese a este terrible escenario y por sorprendente que resulte, algunos niños radicalizados se deshacen del adoctrinamiento con mayor rapidez de la esperada, según me explicó un destacado psicoterapeuta sirio.

“Los prisioneros eran enemigos del islam. Era una orden. No tuve más que empuñar el cuchillo y rebanrles la cabeza. Fue fácil”, dice Ali Khatan

Incluso entre los casos más extremos se encuentra una oculta resistencia al adoctrinamiento. Pensemos, por ejemplo, en Mohammed, el quinceañero que se disponía a suicidarse con explosivos en Kirkuk. Mohammed era un yihadista ‘estrella’. Tanto su padre como su tío estaban combatiendo con ISIS y recibió una formación intensiva. Un tutor de ISIS, Dureed, lo condujo hasta su objetivo: el gentío apiñado junto a un estadio de fútbol. Pero cuando llegó el momento de hacerse saltar por los aires, el adolescente no fue capaz.

«Dudé -me contó-. Dureed seguía insistiendo: ve hacia ellos de una vez, métete por medio y activa los explosivos. Pero algo en mi interior se resistía. No podía hacerlo».

Ali Khatan, en cambio, no tuvo esta clase de dudas. La decapitación que llevó a cabo cuando tenía 19 años no le supuso ningún trauma. Cuenta que mientras los diez prisioneros estaban en el suelo, el mulá le entregó un cuchillo de caza y le indicó que cortara la cabeza a cinco de ellos. Había sido entrenado para ello.

«En primer lugar, se trataba de una orden -dijo-. Yo sabía que estaba haciéndolo por la yihad y que los prisioneros eran murtad (‘enemigos del islam’). No tuve más que empuñar el cuchillo y rebanarles la cabeza. Fue fácil».

Según dice, le llevó 30 minutos ejecutar a los cinco hombres, dejando caer la cabeza en el torso antes de pasar al siguiente. Los prisioneros no dijeron una sola palabra mientras esperaban que les llegara el turno de ser masacrados.

Tal era su devoción por la yihad que a los 19 años, mientras cortaba cabezas, estaba seguro de que obraba correctamente. «Nos sentíamos orgullosos de lo que hacíamos -me contó-. No hacíamos más que pensar en la yihad, y ni por un segundo se nos ocurrió que estuviéramos haciendo algo malo».
Ali Khatan fue detenido finalmente en Kirkuk a finales de 2015.

«¿Te torturaron?», le pregunté. «Al principio de mi captura, me negué a hablar y, sí, me hicieron algunas cosas -respondió-. Me hicieron hablar».

Su voz carecía de entonación. Tan solo expresó emoción cuando pregunté si volvería a unirse al Estado Islámico.

«¡Eso es imposible!», dijo, con un repentino brillo desvalido en la mirada, como el de quien ha perdido un amor para siempre. Y, sin embargo, hacia el final de la entrevista me dijo que sí que sentía remordimientos.

«Ahora tengo dudas. Ahora me arrepiento -comentó mirando al suelo-. Entiendo que lo que hice estuvo mal hecho. Me digo que he matado a todos esos hombres para nada. He tenido tiempo de meditar sobre lo que he hecho».

¿Sus palabras eran sinceras? No lo sé. Estuve con él durante poco más de 50 minutos. Al final, cuando ya iban a llevárselo, le pregunté si quería hacerme alguna pregunta. No era el caso. Nada de lo que yo pudiera decir iba a cambiar su situación. Me marché de allí dándome cuenta de que Ali Khatan, casi con toda seguridad, sería sentenciado a muerte. Al salir, una nueva pregunta acudió a mi mente. Pero ya era tarde para hacerla: «¿Hasta qué punto tuviste la oportunidad de hacer alguna otra cosa?».

EDUCADOS PARA MATAR POR LA YIHAD

ISIS ha diseñado el reclutamiento y la educación de miles de niños para asegurarse que la próxima generación de jóvenes yihadistas -que posiblemente no van a recordar otro sistema que el que el Estado Islámico les inculcó- siga con la lucha del califato, aunque pierdan las ciudades conquistadas. Hay cientos de casos terribles. El director de una cárcel de Kirkuk cuenta que entre los últimos detenidos de ISIS está un niño de 10 años que se ha quedado ciego y sin manos y ha matado a sus padres al estallar antes de tiempo la bomba que manipulaba. El niño se enfrenta a 5 años de reclusión.