La fascinación que provocan quienes pueden o dicen que pueden adentrarse en nuestro cerebro viene avalada por la cantidad de series de televisión que lo tratan. Vale, el mentalismo tiene truco, pero es mucho más que magia. Por Isabel Navarro

Hace 150 años, cuando un mago hacía aparecer una paloma de su chistera, el público creía realmente que acababa de traer una vida de la nada: hoy, ya no. El ser humano occidental, que ha perdido la fe en casi todo y sabe que el mago tiene la paloma escondida en alguna parte, no necesita que le expliquen que sacarla es “sólo” una cuestión de habilidad. Sin embargo, hasta el más escéptico se estremece cuando un ilusionista le adivina un pensamiento. Todos aceptamos que la magia es puro truco, pero ¿cómo es posible que otro controle mi propia voluntad y me diga qué es lo que debo pensar? Sencillamente, porque me ha manipulado.

Un mentalista puede hacer que elijamos una palabra de entre las 80.000 que tiene un libro

La manipulación y el control de la voluntad no es nada nuevo: los grandes líderes, las personas carismáticas y los ideólogos de la publicidad siempre la han ejercido, pero todos nos hemos creído libres y autónomos de su influencia. Sin embargo, un mentalista puede hacer que elijamos una palabra de entre las 80.000 que tiene un libro. Él sabe que hay rendijas que nos hacen vulnerables, además de que siempre hay gestos que nos delatan. Tener la capacidad para leerlos puede ser tomado por clarividencia, pero no se trata de un don divino, sino de una habilidad adquirida, un truco, aunque ellos detesten esa palabra porque les hace parecer embaucadores.

Y en cierto modo lo son, o lo han sido, porque en las raíces del mentalismo están los espiritistas, los médiums y los tarotistas, muchos de ellos más duchos en el timo que en la predicción. Desde el principio, magia y mentalismo fueron las dos caras de una misma moneda: si a veces un mago espía la esquina de una carta para saber cuál es, el mentalista necesita captar leves gesticulaciones del otro para adivinar respuestas. La diferencia sutil es que, en el momento de revelar, los magos dicen: «¿Es ésta tu carta?», mientras los mentalistas preguntan: «¿Es éste tu pensamiento?».

Hoy en día, igual que en el siglo XIX, los mentalistas con más experiencia son también los más implacables a la hora de desenmascarar a los farsantes que se atribuyen verdaderos poderes. Luis Pardo, Premio Nacional de Mentalismo 2004, reconoce que «cada noche al salir al escenario le digo al público que todo lo que van a ver se basa en la psicología, la sugestión y las técnicas del ilusionismo, pero cuando salgo del teatro siempre alguien me pregunta si puedo contactar con los muertos o ayudarlo con una enfermedad o un problema económico». Esa desesperada necesidad de fe en lo mágico contrasta con otra actitud, igualmente visceral: la del espectador que trata al mentalista como si fuera un timador y está obsesionado con desvelar la técnica que se oculta detrás del “truco”.

La hipnosis no es más que un estado alterado de conciencia donde trabajas con el subconsciente

En Estados Unidos, donde la magia es la tercera afición por detrás de la pesca y los sellos, el éxito de la serie El mentalista ha vuelto a poner de moda esta rama del ilusionismo. En la ficción, Patrick Jane es un médium televisivo caído en desgracia y consiguiente drama familiar­ tras quedar en evidencia que sus poderes son un fraude. Sin embargo, su carisma y sus habilidades para observar, deducir y manipular son auténticas y le resultan especialmente útiles para resolver casos de asesinato.

El mago español Manolo Talman considera exageradas «las pseudofacultades del protagonista», pero en realidad son las habilidades que todo buen mentalista ha de cultivar para seducir a su público. Además, la formación de un buen mentalista necesita pasar por la psicología.

Luis Pardo estudió un máster especializado en hipnosis clínica para introducirlo con seriedad en su espectáculo, pero hay mucha gente para la que este tipo de efectos sigue sin tener credibilidad. La razón, según el mentalista, es que «desgraciadamente se ha maltratado la técnica haciendo hipnosis con ganchos en espectáculos y ridiculizando a la gente con cosas como “haz de gallina”, pero en realidad la hipnosis no es más que un estado alterado de conciencia donde trabajas con el subconsciente.

Si yo cojo una fotografía con multitud de detalles, te la enseño durante cinco segundos y dentro de un rato te pregunto qué recuerdas, seguramente me podrás decir algunas cosas, pero si te hipnotizo y llevo tu subconsciente al momento en que estabas viendo la foto, la describirás de principio a fin porque en tu mente se ha quedado grabada». La técnica no es infalible y a veces no funciona porque, como reconoce el mentalista, «no existe el poder de hipnotizar a alguien, siempre es autohipnosis, y para que tú lleves tu mente a un estado alterado de inconsciencia yo sólo te guío y, si tú no quieres ser hipnotizado, nunca podré conseguirlo». ¿Lo ha intentado en su vida privada? «Con mi mujer lo intenté y no pude, aunque tampoco me puse muy en serio, pero con los amigos no tengo problemas porque están acostumbrados a ser mis conejillos de Indias.»

Pardo no cree que existan los “poderes paranormales”. «Yo, de joven, creía en ellos, pero cuando entras en el mundo del mentalismo y te das cuenta de que todo tiene una explicación, de que el lenguaje no verbal te está dando información de la otra persona, con lo cual no le estás leyendo la mente, sino que le estás leyendo el cuerpo, la mirada, el gesto… te das cuenta de que no hay nada más».

Al fin y al cabo, el mentalista es un manipulador y cualquiera, con un estudio profundo y una práctica obsesiva, puede tener “poderes”. Pero no todo es magia. A la ciencia le interesa tanto o más que a los ilusionistas llegar a “leer la mente”. De momento, los recientes avances científicos que usan tal expresión son, en puridad, sofisticados escaneos que permiten saber cómo se mueve nuestro cerebro.

Hace unos años, un grupo de científicos del instituto alemán de neurología Max Planck y de la Universidad de Oxford anunciaron que eran capaces de predecir los pensamientos de las personas a través de un complejo sistema de escaneo de sus cerebros. Identificaron en el escáner determinados patrones de actividad cerebral previos a la aparición de los pensamientos. Poco después, investigadores de la Universidad de Berkeley (EE.UU.) informaban de sus avances en este campo y aseguraron que algún día será posible que veamos lo que otras personas están viendo a través de un dispositivo que descodifique sus señales cerebrales, que hoy ya pueden registrarse con la llamada resonancia magnética funcional (FMRI, en sus siglas en inglés) y las transforme en una imagen real.

Hay tantas investigaciones en marcha en esta línea que hay quienes reclaman ya una regulación de neuroética para evitar el llamado “efecto Minority report”, aludiendo a la película de Tom Cruise en la que los crímenes se detienen antes de que ocurran basándose en “visiones” psicológicas. Mientras la ciencia avanza, seguimos fascinados por los fenómenos del poder mental, la telepatía y el espiritismo.

HÁGALO USTED MISMO

1. Doblar metales a lo Uri Geller

El efecto se basa en una ilusión óptica, pero sólo se puede lograr ante una sola persona o ante una única cámara porque la diferencia de alturas entre dos espectadores delata el truco. Primero hay que doblar un poco la varilla cuando nadie esté mirando. Es imprescindible no sobrepasar los diez grados porque sería muy difícil disimular el doblez. En el instante del engaño se mantiene la varilla doblada paralelamente al suelo, a la misma altura de los ojos del observador. Si se mantiene la flexión de perfil, será muy difícil que la detecte. En este punto se frota suave, pero rápidamente, la zona doblada al mismo tiempo que se hace rotar poco a poco la varilla sobre su eje. Esta rotación hace que la mitad doblada de la varilla comience a bajar y dé la impresión al espectador de que la varilla se va doblando ante sus propios ojos.

2. En qué mano está la moneda

El clásico juego de esconder una moneda en la mano se resuelve con observación. «Cuando la persona se lleva las manos hacia atrás para esconderla explica el mentalista Luis Pardo, siempre hay un momento en que mira hacia abajo pensando dónde se la lleva. Al terminar, levanta la vista para mirarte y hay una milésima de segundo en que sus ojos te indican dónde está la moneda. Otras veces te lo dice con la inclinación de la cabeza, que delata la dirección que se ha elegido.»