Revolucionario y controvertido en sus ideas, pocos discuten que fue el economista más brillante del siglo XX y un oráculo en tiempos de crisis

Los representantes británicos en la Conferencia de Versalles de 1920 trataban de calmar a sus colegas franceses, que hervían de indignación. ¿Cómo se atrevía aquel jovenzuelo inglés a contradecir a los políticos vencedores? ¿Con qué raras teorías trataba de impedir que se le impusiera a Alemania una indemnización de guerra de 33.000 millones de dólares? Esa cifra, aunque inmensa, no superaba los daños ocasionados por la Primera Guerra Mundial y Alemania debería asumirla puesto que había sido declarada única nación responsable del conflicto. Aunque con ciertas dudas -en Estados Unidos tampoco estaban de acuerdo con las sanciones- la delegación británica, presidida por Lloyd George, aceptó la tozuda postura francesa, encabezada por Clemenceau, un político al que apodaban Tigre.

Profecías demostradas

El disidente era un joven de 36 años, distinguido economista y profesor en la Universidad de Cambridge, que se oponía con firmeza a las sanciones porque intuía una inflación incontrolable. «En Alemania se desincentivará la inversión y el empleo.» Vista la inutilidad de sus esfuerzos para evitar el disparate revanchista, el profesor firmó su dimisión. John Maynard Keynes regresó a Cambridge, donde debatió el caso con otro economista del máximo prestigio, John Neville Keynes, su padre. «Creo que el tiempo te dará la razón. ¿Por qué no lo expones en un libro?», le dijo.

Así nació una de sus primeras obras –Consecuencias económicas de la paz-, que le haría célebre porque, punto por punto, se cumplieron sus predicciones: cinco años después se propuso la reducción de las indemnizaciones a un 20 por ciento de la cifra original… Aquel triunfo le compensó de su marginación política a causa de su pública oposición a las indemnizaciones.

Keynes nació en Cambridge (5 de junio de 1883), en una familia económicamente acomodada y relevante dentro de la Universidad; su padre era un eminente economista y un prestigioso profesor y su madre, también universitaria. John Maynard se educó en los prestigiosos Eton, King’s College y Cambridge. A los 26 años ya era profesor de esa universidad, a los 28 se hacía cargo de la dirección del Economic Journal. Simultáneamente integraba el consejo económico de la Universidad, ingresaba en la Royal Economic Society y formaba parte de lo más distinguido de la intelectualidad británica. Acababa de cumplir 31 años cuando estalló la Gran Guerra y el Gobierno le convirtió en asesor de su política económica.

Un análisis nuevo

Era el economista joven más brillante e influyente y ya se le veía como futuro ministro. Pero esa carrera -si es que alguna vez le interesó- se truncó por su decidida oposición a la política revanchista de Versalles (en 1922 escribió la obra Una revisión del tratado). Y un año después se desmarcaba de la política considerada clásica y arremetía contra el patrón oro, usado hasta entonces como indicador del valor del dinero de cada país, al que calificaba como «bárbara reliquia del pasado» en su libro Un tratado de reforma monetaria. Dos años más tarde atacó directamente la política del ministro de Hacienda del momento, en Consecuencias económicas de Winston Churchill, por volver al patrón oro.

Muchas medidas que ayudaron a la arruinada Europa de posguerra procedían de su ideario para las crisis. Por eso se le recuerda cuando algún seísmo sacude la economía.

Aparte de la confrontación política, Keynes debía defenderse de las críticas de los especialistas que tachaban su doctrina de inflacionista, al menos indirectamente. Por esta época estuvo en España, donde dio una celebrada conferencia en la Residencia de Estudiantes de Madrid. En su intervención, titulada Posible situación económica de nuestros nietos, predijo cosas esperables dado el signo de los tiempos, como que el esfuerzo humano se reduciría a una cuarta parte en la industria, la minería y la agricultura para conseguir los mismos resultados. Menos acertado estuvo al referirse a las convicciones morales que caracterizarían el último tercio de siglo, para el que esperaba que la humanidad en libertad volviera a ciertos principios básicos de la religión y la virtud. Creía en un hombre nuevo que consideraría la avaricia como un vicio, la usura como un delito, el afán de dinero, un vicio detestable. Desde luego, Keynes no demostró en este caso sus dotes proféticas.

Cirujano de la crisis.

Tras el Crack de 1929 y de la Gran Depresión que sacudió a EE.UU. primero y luego a Europa, el Gobierno requirió sus servicios. Sus críticas al sistema económico clásico se habían demostrado certeras. Sus recetas consistieron en la intervención estatal mediante la planificación, la política fiscal y monetaria y la inversión pública como modo único de paliar el desempleo que azotaba la sociedad. Las razones que Keynes hallaba para el desempleo eran el descenso del consumo debido a la desigualdad en el reparto de las rentas y la falta de alicientes del capital, debido a la falta de consumo (si los tipos de interés son elevados, se ahorra, pues los intereses del capital pueden ser más altos en el mercado de valores que en la industria.). El intervencionismo estatal bajaría los tipos de interés, incrementaría las inversiones públicas y el consumo -mediante una redistribución de las rentas vía impuestos- y establecería protecciones aduaneras.

Sus ideas sobre la creación de un superbanco mundial están reflejadas en el Fondo Monetario Internacional

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Churchill logró que el economista fuera su asesor. Ante el peligro de inflación, escribió Cómo pagar una guerra y luego, escandalizado por el desorden que advertía en las cuentas estatales, ideó un sistema para llevar la contabilidad del país. A partir de 1943, el Gobierno le encargó que estudiara la organización de la economía de la posguerra. Desde la década de 1930 hasta su muerte, fue el economista más prestigioso, consultado y escuchado del mundo occidental.

LUCES

  • Supo ver la aberración que suponían para el futuro las sanciones económicas contra Alemania tras la Primera Guerra Mundial.
  • Aportó recetas acertadas para solucionar los problemas generados por el Crash de 1929 y la
    Gran Depresión en Gran Bretaña.
  • Su continua preocupación por el empleo le granjeó las simpatías de la izquierda, por más que
    él fuese un liberal en sus ideas.

SOMBRAS

  • Sus críticos le acusan de propugnar un arriesgado dirigismo estatal y de bordear peligrosamente
    el abismo de la inflación.
  • Fue un experto en ofrecer recetas a corto plazo y en aconsejar medidas proteccionistas, olvidándose de los problemas futuros
  • Sus ideas y recetas económicas fueron un tanto exclusivistas y británicas, olvidando medidas más generales y universales.