Vigiló obsesivamente a Kennedy, Monroe y a Luther King. Pero se resistió a investigar a la Mafia. Edgar Hoover, director del FBI durante 44 años, tenía algo que ocultar: una amistad peligrosa marcó la organización. Por Daniel Méndez / Fotos: Cordon Press y Getty Images

“Un camaleón. Podía ser muy atractivo, pero era un manipulador nato. Se metía a la gente en el bolsillo», así definía William Sullivan, ex subdirector del FBI, a Edgar Hoover. Y añadía: «Era un individuo con una inteligencia muy particular, astuto y sin escrúpulos. Nunca leyó un libro susceptible de ampliar sus miras o su pensamiento. Y lo mismo sucedía con Clyde Tolson. Ambos vivían en su propio, extraño, pequeño mundo”. La descripción no sería tan peculiar ni relevante si ese «pequeño mundo» no fuese el FBI, la policía federal más famosa y poderosa del mundo, y si Hoover no fuese El Director, con mayúsculas, el hombre que estuvo al frente de la Oficina Federal de Investigación durante 44 años.

Edgar Hoover, Clyde Tolson, FBI

Tampoco sería tan relevante la mención de Clyde Tolson si no fuese porque, además de ser el asistente de Hoover durante todos esos años fue, a juzgar por los datos, su pareja. Lo que, a su vez, no sería más que un detalle de su vida privada, si no fuese porque Hoover se dedicó durante años a atosigar a la comunidad homosexual y en público mostraba un total desprecio hacia los gays. Sin embargo, Hoover y Tolson eran inseparables: durante 40 años, además de trabajar juntos, almorzaban y cenaban juntos todos los días, iban juntos al hipódromo los domingos y hacían juntos casi todos los viajes de placer… Los rumores no tardaron en extenderse –Truman Capote los llamaba «Johnny and Clyde»- y luchar contra esos comentarios llegó a ser una obsesión de Hoover, quien sin embargo no hizo ni remotamente pública ninguna relación romántica con mujer alguna. Quienes conocieron bien a los dos afirman que su relación no era sexual. Argumentan que Hoover era una persona asexuada cuya única pasión era el FBI, que comenzó a dirigir con sólo 29 años.

Mientras trabajaba, comía, viajaba, salía de noche e iba de vacaciones con Tolson, Hoover acosaba sin descanso a la comunidad gay

Para Tolson, el FBI también era una pasión. Soltero vitalicio, solicitó el ingreso en el cuerpo nada más terminar la carrera de Derecho, pero fue rechazado. Lo intentó al año siguiente y su solicitud y su fotografía fueron a caer en manos de Hoover, que entonces era asistente del director. Fue contratado de inmediato y ascendido a asistente del director en cuanto Hoover se hizo con el cargo. Tolson tenía 30 años y era más discreto que su jefe, pero se imponía a sus subordinados con tanta autoridad y tan pocas contemplaciones como él. Hoover decía: «Clyde es mi álter ego. Puede leer mi mente».

Que de una relación así no se hablara en los medios hasta la muerte de ambos tiene que ver con varios factores, pero sin duda el más determinante es el poder que ambos tenían. Time publicó un artículo que apenas hacía referencia, con cierto doble sentido, a que estaban siempre juntos y el periodista se vio inmediatamente investigado por el FBI. Hoover sabía ser muy disuasorio. Murió en mayo de 1972 y le dejó la mayor parte de su patrimonio a Tolson, quien tras la muerte de su jefe se retiró del FBI y hasta la suya en abril de 1975, sólo salía de casa para visitar la tumba de Hoover, junto a la cual está ahora enterrado.

Pese a estos datos, la homosexualidad de Hoover sigue siendo un ‘supuesto’, del que sólo tendría pruebas fehacientes la Mafia. Cuentan los analistas que el hecho de que Hoover se negase durante años a reconocer la existencia del crimen organizado en Estados Unidos tiene que ver con su ‘supuesta’ condición sexual.

Hasta los años 50 negó vehementemente su existencia, aunque no pudo más que rendirse a la evidencia cuando la Policía de Nueva York denunció una reunión de 60 cabecillas mafiosos. Pero durante estos años de inactividad del FBI, la Mafia tuvo tiempo de organizar una sólida red de extorsión, contrabando, asesinatos… ¿Por qué Hoover no hizo nada? Para algunos, porque el crimen organizado tenía unas fotos en las que se veía al flamante Director manteniendo relaciones con otro hombre. La Mafia también sabe ser disuasoria.

Julius Rosenberg FBI detencion

Pero no todo son críticas. Por aquello de dar al César lo que es del César, hay que reconocer que Hoover -el hombre que más tiempo ha pasado al frente del cuerpo federal (tomo posesión en 1928 y sólo abandonó el cargo el día en que murió, en 1972) –fue quien hizo de la criminología una ciencia; él fundó el FBI Laboratory, donde sus hombres buscaban -y buscan- el modo de aplicar los últimos avances científicos a la lucha contra las bandas organizadas, los asesinatos o el espionaje. De allí salieron algunas prácticas que después han pasado a formar parte del día a día policial -y del imaginario popular- como el análisis de ADN para identificar sospechosos o los bancos de huellas dactilares. Hoover es también el responsable de llevar al FBI a la gran pantalla. No le bastaba con haber creado un ejército de investigadores de traje y corbata; quería que se supiera, que los medios hablaran de sus triunfos y las películas reflejaran, sin un ápice de crítica, su labor. Quería ser recordado como un héroe nacional. Y lo consiguió. Hasta la fecha de su muerte.

Es cierto que cuando asumió el cargo, El Director heredó una estructura plagada de corruptelas e ineficiencia. Fundada el 26 de julio de 1908 a instancias del presidente Roosevelt, la entonces conocida como Oficina de Investigación (BOI, en sus siglas inglesas) se limitaba inicialmente a tres decenas de agentes especiales dedicados a la lucha contra la trata de blancas. Cuando Hoover murió contaba con más de 5.000 agentes y era uno de los ejes del poder norteamericano. Su lema: Fidelidad, Valentía, Integridad (palabras cuyas iniciales coinciden, en inglés, con la sigla FBI). Pero El Director no siempre siguió sus estrictas reglas morales.

Edgar Hoover, Clyde Tolson FBIEdgar Hover y Clyde Tolson lo compartían todo, hasta el gusto por un tipo de trajes. Era frecuente verlos vistiendo los mismos tonos

Tras su muerte salieron a la luz cosas peores que su hipócrita actitud ante la homosexualidad; anecdóticas algunas como su proverbial tacañería, contada en detalle por la revista Time. Durante 20 años, Tolson y él cenaron casi todas las noches en Harveys, un lujoso restaurante de Washington en el que nunca pagaron, aunque dejaban una propina en metálico. Tras el cambio de propietarios del establecimiento, los dos amigos regresaron a su mesa reservada, pero el dueño osó pasarles la cuenta. No volvieron. No sólo eso. Hoover cobró los suculentos derechos de autor de un best seller sobre el comunismo estadounidense, Maestros del engaño, aunque el libro fue escrito por varios agentes del FBI. Hoover incluso creó una fundación sin ánimo de lucro que, al menos en dos ocasiones, lo galardonó a él con premios de cinco mil dólares en reconocimiento a su trayectoria personal.

El enorme ego del personaje se reflejaba también en la decoración de su casa. En el recibidor siempre había una fotografía en la que aparecía charlando con el presidente de turno. En el descansillo, un gran retrato de Hoover; en lo alto de las escaleras, un busto suyo; y en las cuatro paredes del salón de la planta baja, fotos de Hoover con personajes famosos. Pero cuando empezaron a saberse algunos detalles de su vida privada, salieron a la luz también las maneras despóticas de dirigir su fortín.

Hoover estableció tantas normas de conducta personal y tantos procedimientos específicos en el FBI que no había agente capaz de ajustarse por entero a la normativa. Era particularmente maniático con la presencia física de sus agentes, quienes estaban obligados a llevar camisa blanca, corbata oscura, americana y el pelo corto.

La extraña atmósfera de trabajo aparece descrita en el libro No Left Turns (prohibido girar a la izquierda) de Joseph L. Schott, que trabajó en el FBI durante 23 años. El título tiene su explicación: la limusina de Hoover chocó en una ocasión con otro coche al efectuar un giro a la izquierda. Tras el pequeño accidente, los agentes recibieron instrucciones de planear los itinerarios de su jefe de tal forma que la limusina no se viera en la necesidad de girar a la izquierda. Schott afirma que los agentes vivían tan atemorizados que ni se atrevían a preguntarle por el significado preciso de algunos de sus impulsivos comentarios. Cuenta que un día Hoover comentó de pasada en una reunión de altos cargos del FBI: «He estado investigando a los supervisores del distrito de Columbia. Algunos de ellos son unos mentecatos sin remedio. Quítenlos de en medio». En lugar de preguntarle directamente a quiénes se estaba refiriendo, los hombres del FBI formaron un comité especial (apodado “la brigada antimentecatos”) y terminaron por dar con uno o dos supervisores hastiados que se prestaron a ser trasladados, lo que sirvió para apaciguar al mandamás. Schott narra decenas de situaciones absurdas, como agentes midiendo los sombreros de las taquillas para encontrar a «un cabeza de mosquito» al que había hecho referencia Hoover. Pero hay algo mucho más relevante en todos los libros que hacen referencia al Director: su sutil, silenciosa y eficaz labor de extorsión.

Egar Hoover FBI Marilyn Monroe
El Director entendió pronto el poder de las estrellas, a quienes no dudó en invstigar. Estaba tanto en Hollwood como en Washington

Pocos niegan la coacción que Hoover, personalmente, realizó sobre la clase política norteamericana y sobre el mundo del espectáculo, cuyo poder para crear opinión él supo ver muy pronto. Durante todo su mandato, el Gran Hermano en que se convirtió el FBI tuvo constantemente un pie en Washington y otro en Hollywood. Ni Marilyn ni Elvis ni Sinatra escaparían a sus concienzudos informes. Pero tampoco lo haría Martin Luther King, a quien persiguió con especial inquina, ni la familia Kennedy, otra de sus obsesiones. Los agentes tenían órdenes de informar de todo: de quiénes eran sus amigos, con quién se iban a la cama, a qué fiestas iban, y qué bebían.

Cuando al presidente Kennedy le preguntaron por qué no se deshacía de Hoover, respondió lacónicamente: “No puedes despedir a Dios”

Hoover fue, a su manera, sutil. Jamás mandaba una carta a un congresista o un presidente de la nación para exigirle favores; pero utilizaba otras maneras de obtener lo que quería. Por ejemplo, avisaba de que siempre por casualidad, o en el curso de una investigación paralela había llegado al cuerpo el conocimiento de una relación extramarital, una actitud indecorosa, un cobro irregular…

Kennedy Edgar Hoover
Los Kennedy eran una obsesión de Hoover antes de llegar al Gobierno. De hecho, JFK (a la izda) fue el presidente que más problemas le causó, o, más exactamente, su hermano Robert (a la dcha), como fiscal general (de quien depende el FBI)

Así fue como logró mantenerse tanto tiempo al mando del FBI, creen muchos. Y, también fue así como consiguió que, incluso en épocas de crisis económicas, crecieran siempre los fondos destinados a sus agentes. Así se explica también por qué cuando a Kennedy le preguntaron, al comienzo de su mandato, por qué no se deshacía de Hoover, él respondió lacónicamente: «No puedes despedir a Dios».


PARA SABER MÁS

FBI 100 years: An unofficial history, de Henry M. Holden.

The Bureau, the secret history of the FBI, de Ronald Kessler.