Temidos por sus erupciones y adorados por las tierras fértiles que se extienden a sus pies, durante siglos los hombres han convivido con la furia y el sueño de estos gigantes: los volcanes. Por Rodrigo Padilla

Hoy la ciencia predice sus ataques y controla sus efectos. Pero no todos los países pueden invertir en la tecnología precisa para cercar a semejantes colosos.

En Occidente vivimos de espaldas a los volcanes aunque habitemos en sus faldas. En la otra punta del mundo, las cosas son diferentes. Indonesia descansa sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, 72 volcanes potencialmente activos amenazan sus islas. De hecho, en los últimos 400 años se han registrado aquí más erupciones que en ningún otro lugar, las víctimas se cuentan por millares pero los habitantes se sienten agradecidos a estos gigantes. Les organizan ofrendas y fiestas y los han convertido en la encarnación de las fuerzas del bien porque a sus pies se hallan las tierras más fértiles, abonadas por la ceniza volcánica y ricas en sales minerales que los ríos depositan sobre los campos de arroz. Gracias a estas cenizas, los campesinos recogen tres cosechas al año.

Volcan erupcion Indonesia

Para los griegos y romanos, las erupciones eran el resultado de las luchas entre dioses y titanes. Esta visión es compartida por mayas, aztecas e incas, que calmaban a los volcanes con sacrificios. En Japón, el monstruo Oni habitaba en los cráteres y se agitaba durante las erupciones; en Hawai, aún hoy se sigue apaciguando con rituales a Pelé, la diosa que vive en el volcán Kilauea y que, cuando se enfada, hace brotar la lava.

Pero el cráter de un volcán no es sólo lugar para dioses o vulcanólogos, el Kawa Ijen, en la isla de Java, recibe cada día una procesión de buscadores de azufre, que el volcán produce a razón de cuatro toneladas al año. Éstos cortan y cargan en cestos placas de azufre solidificadas y con unos 80 kilos al hombro ascienden las paredes del cráter. Es un trabajo rentable pero peligroso: los gases del volcán son dañinos y estos trabajadores no superan los 40 años de vida.

Pero además de vivir de él y de morir en él, el hombre lleva siglos preguntándose por la razón de estas erupciones. Y la realidad es que el origen está en el baile de placas sólidas sobre un manto más fluido. En los Andes, por ejemplo, la placa oceánica se está hundiendo bajo el bloque continental americano y da lugar a terremotos y a erupciones como las del Nevado del Ruiz (1985) o la del Chichón mexicano (1982). Otras placas se enfrentan de forma violenta y se deforman en las zonas de colisión, como ocurre al sur de Asia, donde la placa continental india se está incrustando bajo la asiática: su manifestación es la cadena del Himalaya.

Volcan erupcion Nevada

También dos cortezas pueden deslizarse una frente a otra y dar lugar a una falla como la de San Andrés, la célebre amenaza que se cierne sobre California. Dos tercios de la actividad volcánica se concentra a lo largo de las zonas donde las placas litosféricas se separan la una de la otra. La dorsal oceánica más importante es la medioatlántica, que se extiende del polo Norte al Sur formando una cadena volcánica en pleno océano Atlántico responsable de que sus aguas se ensanchen a un ritmo de entre tres y cuatro centímetros anuales. De hecho más del 80 por ciento de la actividad volcánica se produce aquí, pero pasa desapercibida al ocurrir bajo el agua.

Luchar contra un titán

Desde el año 1600, los volcanes han causado la muerte a 280.000 personas. Hoy se estima que alrededor de 500 millones de personas viven expuestas a los riesgos volcánicos: cerca del Merapi, Indonesia, viven tres millones de personas, cuatro al pie del mexicano volcán Popocatepetl y tres millones de habitantes parecen haber olvidado la furia del Vesubio. Para minimizar estos riesgos se ha acudido a los avances tecnológicos que actúan en la vigilancia y la prevención. La primera se basa en una red de observatorios coordinados por un organismo internacional, el WOVO (World Organization Of Volcano Observatory), situados cerca de los principales volcanes activos. Allí estudian qué está sucediendo, dónde sucederá y cuándo. Lo hacen con técnicas de medición del ascenso del magma o de los desplazamientos de las laderas del volcán, así como con redes de vigilancia sísmica o por satélite. La segunda faceta es la prevención. Hay que estar preparados para cuando los vulcanólogos den la señal de alarma.

Japón, un país habituado a vivir con la actividad volcánica, es un buen ejemplo. Allí les preocupaba especialmente el volcán Tokachi, en cuyos pies se encuentra la ciudad de Furano. Pues bien, a lo largo del valle que baja a la ciudad han construido gigantescos diques que actúan como filtros. El primero, de gruesos tubos de acero, detiene las rocas, más abajo diversos diques filtran los materiales más pequeños. Además numerosas cámaras vigilan el estado del volcán y existen refugios para contener a miles de personas. Pero medidas como éstas sólo se pueden adoptar en un país rico. En Indonesia, en la base del Merapi, han intentado imitar a los nipones pero con medios más rudimentarios: sus diques están hechos con las rocas arrastradas por otras erupciones y con troncos de bambú. Poca cosa para escapar de la furia de un volcán.

Hijos de un choque de placas

Las zonas donde se concentran los volcanes se corresponden con lugares de contacto entre placas litosféricas, que se mueven debido a los deslizamientos de material producidos en el manto como consecuencia de diferencias de presión y temperatura.

volcan Etna erupcion Sicilia

En ocasiones, estas placas colisionan y dan lugar, por ejemplo, a los volcanes mediterráneos como el Etna o el Stromboli, que se deben al choque entre la placa africana y la euroasiática. La línea de volcanes andinos se debe a que la placa oceánica del Pacífico se está introduciendo bajo la americana, dando lugar a gigantes como el Nevado del Ruiz, que en 1985 acabó con la vida de 25.000 personas. Algo similar ocurre en el Cinturón de Fuego del Pacífico, lo que se aprecia en la concentración volcánica de Indonesia, Filipinas y Japón..

Así funcionan estas ‘ollas’ a presión

Un volcán es una válvula de escape por la que afloran al exterior materiales fundidos del manto terrestre. Este magma incandescente se acumula en la cámara magmática, una auténtica olla a presión. La baja densidad y la presión de los gases disueltos en él le llevan a ascender por fisuras que va abriendo en la roca o por grietas de otras erupciones. El volcán presenta frecuentemente una estructura cónica creada por el cúmulo de las sucesivas coladas de lava, y es por el interior de esta especie de pirámide por donde asciende el magma hacia la superficie. En la parte más alta se abre el cráter, la salida de ese material fundido que, en las erupciones, es expulsado en forma de lava, cenizas, rocas ígneas y gases. Es la culminación de un largo proceso iniciado a muchos kilómetros de profundidad.