Es conocida por ser la droga de las ‘raves’, pero nuevos estudios han convertido la ketamina en una esperanza para tratar casos extremos de depresión. Por Carlos Manuel Sánchez

Es una apuesta arriesgada que abre, sin embargo, un campo de investigación que merece la pena explorar.

Si se pregunta a un inversor de Wall Street cuál será el próximo bombazo de la industria farmacéutica -un medicamento tan lucrativo como la Viagra o la aspirina, lo que se conoce como un blockbuster (‘superventas’)-, apostará por algún derivado de la ketamina, una droga alucinógena con unas, de pronto, sorprendentes y esperanzadoras propiedades para combatir la depresión.

A nivel mundial se facturan 12.000 millones de euros en antidepresivos. De ahí la carrera frenética de los laboratorios

Los laboratorios lo han entendido así y han emprendido una carrera frenética por comercializar su propia molécula ‘inspirada’ en la ketamina. Si están invirtiendo cientos de millones en una nueva generación de antidepresivos, es porque les merece la pena. A nivel mundial se facturan 12.000 millones de euros, y serán 14.000 en 2020. Dos compañías han tomado la delantera -Johnson & Johnson y Allergan-, bendecidas por el sello de ‘terapia revolucionaria’ que les ha otorgado la FDA, la agencia del Gobierno de Estados Unidos encargada de aprobar los nuevos medicamentos. En la práctica, esta condición acelera unos trámites que, por el cauce habitual, pueden demorarse más de una década. Los ensayos clínicos están en la última fase y el año que viene, o en 2019, ya podrían someterse al veredicto de la FDA.

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En España hay 2,4 millones de personas diagnosticadas con depresión. En el mundo, 322 millones. Es una de las tres causas principales de discapacidad. Y en 2030 será la primera. Según la OMS, unas 788.000 personas se suicidan al año por depresión en el mundo.

Pero muchos no están dispuestos a esperar tanto. Decenas de clínicas privadas en Estados Unidos ya administran ketamina, sobre todo en el área metropolitana de Los Ángeles y San Francisco. El gotero dura unos 50 minutos y puede causar alucinaciones. No es un tratamiento barato, cada dosis cuesta unos 750 dólares (625 euros), pero está de moda, sobre todo entre los informáticos de la playa de Santa Mónica, conocida como Silicon Beach, donde hay unas 500 empresas tecnológicas. Ha influido una reciente oleada de suicidios por depresión con gran resonancia mediática, como el de Edward Thomas Mackoviak, un ingeniero de Apple; Joseph Thomas, programador de Uber; Austen Hewinz, fundador de la start-up Cambrian Genomics; Autumn Radke, presidente de una compañía de pagos en bitcoins; entre otros…

Los psiquiatras conocen sus efectos antidepresivos desde 2006, pero también su poder adictivo y sus efectos secundarios

Ante la inminencia de un uso masivo de ketamina, psiquiatras del Reino Unido han pedido que se lleve un registro nacional de aquellos a los que se les prescriba para monitorizar los resultados y evitar el abuso. Pero qué ventajas, y también qué riesgos, implicaría su comercialización a gran escala?

UNA VIEJA CONOCIDA… MUY PELIGROSA

Para los químicos, la ketamina es una vieja conocida. Se trata de un compuesto sintetizado por primera vez en 1962. Es un potente analgésico que ha sido utilizado por los médicos militares en zona de combate. Y también por los veterinarios para anestesiar a los caballos. Por si fuera poco, su uso ilegal como droga recreativa -llamada Polvo K, CK o Kit Kat, debido a un efecto psicodélico de desdoblamiento bautizado como ‘agujero K’, que hace sentir al que se la inyecta la impresión de que abandona su cuerpo- la convierte en una candidata de mala reputación. Produce alucinaciones y embriaguez, estados oníricos y experiencias místicas que se asemejan a la agonía. Y las consecuencias de una sobredosis pueden ser muy graves: coma, insuficiencia cardiorrespiratoria e incluso la muerte. Está prohibida en muchos países, entre ellos España (desde 2010).

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Conviene aclarar que el uso terapéutico de la ketamina (de momento, en fase experimental) se realiza con dosis mucho más bajas que las que suelen tomar quienes la consumen peligrosamente, de un modo lúdico, por sus efectos psicotrópicos sin medir las consecuencias, muchas veces, mortales

Sin embargo, los psiquiatras conocen sus efectos antidepresivos desde 2006. Pero también su poder adictivo. Y otros efectos secundarios, como daños en la vejiga, palpitaciones, problemas cognitivos… Y todavía hay que estudiar cuáles pueden ser las consecuencias de su uso a largo plazo. «Sabemos que la ketamina es segura como anestesia, pero por regla general una persona solo es anestesiada una vez, no recibe anestesia (de manera periódica) durante meses o años. No tenemos idea de lo que puede hacer», reconoce la doctora Cristina Cusin, del Hospital General de Massachusetts, a la revista Time.

MÁXIMA EXPECTACIÓN

La expectación es máxima, en especial, desde abril, cuando la prestigiosa Asociación Americana de Psiquiatría publicó una declaración de consenso en la que afirma que «existen pruebas concluyentes de los efectos antidepresivos de la ketamina aplicada por gotero y de que estos son rápidos y robustos, aunque transitorios».

Esta efectividad se refiere a la depresión grave, a la ideación suicida y al trastorno por estrés postraumático. Y está basada en dos datos estadísticos asombrosos. La primera es la rapidez. El efecto de la ketamina empieza a notarse en cuestión de horas, cuando los antidepresivos tradicionales tardan semanas o meses. La segunda es la tasa de éxito. Que alcanza un brutal 60-70 por ciento con pacientes que ya no responden (o nunca han respondido) a ningún otro tratamiento. La transitoriedad, no obstante, es una pega. El efecto de la ketamina se desvanece en unos pocos días o semanas, y esto significa que los pacientes necesitan nuevas dosis para mantener la enfermedad a raya.

La ketamina involucra a las células gliales del cerebro, una especie de pegamento del tejido nervioso. Por eso actúa tan rápido

Y nadie está salvo de sentirse abrumado por ese cóctel paralizante de futilidad, tristeza y desgana infinitas que es la depresión. Puedes llamarte Brad Pitt, Bruce Springsteen o J. K. Rowling. Puedes ser un triunfador y tenerlo todo. Estar en la flor de la vida, en la cresta de la ola… Da igual. «De repente, uno empieza a encontrarse mal. No sabe por qué, pero un día está mal. Y al siguiente también. Y así, día tras día, no mejoras. El problema es que no sabes lo que realmente está pasándote», contaba el futbolista Andrés Iniesta en su autobiografía.

Se trata, además, de una afección recurrente, de manera que más de la mitad de quienes han tenido un episodio depresivo va a recaer. Y es difícil de curar. Una de cada tres personas no responde a los antidepresivos.

EL NUEVO PROZAC

¿Se convertirá la ketamina en el nuevo Prozac? El antidepresivo más famoso del mundo se descubrió en 1987, hizo de oro al laboratorio Lilly y pasó a ser genérico (la fluoxetina) en 2001. Desde entonces, no ha habido ningún avance importante en el tratamiento de la depresión grave. Treinta años sin buenas noticias son demasiados… Y, de repente, se suceden los estudios alentadores sobre la ketamina. La revista Nature ha publicado dos que pueden ser decisivos. Uno de la Universidad de Illinois, este mismo año, en el que se demuestra que la ketamina involucra a las células gliales del cerebro, una especie de pegamento del tejido nervioso. Las células gliales actúan como ‘secretarias’ de las neuronas, pasándoles los recados sin dilación y usando como ‘telefonillo’ el glutamato, un neurotransmisor. Esto explicaría por qué el efecto de la ketamina es tan rápido. En comparación, los antidepresivos habituales, que actúan sobre los niveles de la serotonina, en el circuito del placer del cerebro, utilizan un camino mucho más alambicado, como si tuvieran que presentar una instancia oficial para pedir cita previa.

El tratamiento de ketamina para la depresión se prolonga durante 50 minutos y cada dosis cuesta 625 euros

El otro estudio, en ratones, de la Universidad de Maryland (el año pasado), señala que la mejora del estado de ánimo la produce, al parecer, una molécula más pequeña extraída de la propia ketamina, cuando esta es descompuesta por el hígado. Cuando esta molécula es aislada y se administra purificada, no se aprecian efectos secundarios ni adicción. Por ahí van los tiros de las farmacéuticas, empeñadas en encontrar una molécula parecida a la ketamina, pero que esté libre de sus efectos secundarios. Los laboratorios quieren encontrar una variante, patentarla y comercializarla cuanto antes. Pero hay investigadores que creen que algunos de los efectos psicotrópicos de la ketamina, como el del desdoblamiento, podrían estar relacionados con sus propiedades antidepresivas. Las sinapsis (conexiones neuronales) se modifican, unos circuitos se encienden, otros se apagan… Y el paciente se ‘reconecta’ y reconcilia con el mundo de una manera misteriosa que no llegamos a entender.

DESDE LOS GRIEGOS HASTA HOY

La depresión también es un misterio. Acompaña a la humanidad desde el principio de los tiempos. Los griegos la llamaban ‘melancolía’. Hoy en día se la considera una enfermedad multifactorial. Y se echa mano del big data y la genética para estudiarla. Pero muchos expertos reconocen que no hemos avanzado demasiado desde que Hipócrates, allá por el siglo V antes de Cristo, la atribuyese a una bilis negra… En la Edad Media se pensaba que el causante era el demonio. Y que las mujeres deprimidas eran brujas y, por lo tanto, podían acabar en la hoguera. El estigma de los que la padecen sigue vigente. Se esconde, se niega… A veces, la depresión tiene detrás una razón evidente -una pérdida, un duelo, una decepción…-, pero otras muchas nos asalta cuando menos lo esperamos. «Yo la busco y no la encuentro, la alegría de vivir», cantaba Ray Heredia. Para vivir con alegría, razonan los filósofos, las personas deben hacer una pirueta mental de la que muchas veces ni se dan cuenta: la de ignorar que nuestros días están contados.